La brujería en la España Moderna. El caso de Zugarramurdi

Brujería, un capítulo oscuro de nuestro pasado

  • ¡Tenemos una bruja! – grita enfurecida la población medieval inglesa ante su señor feudal, vestida ella ridículamente con un grotesco disfraz de hechicera.
  • ¡Hemos encontrado una bruja! ¿Podemos quemarla? – pregunta un campesino.
  • ¡Silencio! ¿Cómo sabéis que es una bruja? – pregunta el señor.
  • Parece una bruja. Porque se le nota ¿no lo veis?
  • Mostrádmela – ordena el caballero.
  • ¡No soy una bruja, no soy una bruja! – grita desesperada la mujer.
  • Estáis vestida de bruja – comenta mientras la observa.
  • ¡Ellos me vistieron así! – exclama la pobre acusada.

Esta escena de Los Caballeros de la Mesa Cuadrada[1], de los Monty Python, aunque de forma divertida y con un diálogo más extenso de refinado humor, es el perfecto ejemplo de cómo la sociedad vistió a la bruja con todos sus enseres, incluida la proverbial escoba; estamos ante la manifestación de la fobia colectiva a cualquier sentir espiritual diferente que no siguiera la ortodoxia religiosa o simplemente, cuando la histeria colectiva se institucionalizó, fue un modo más de opresión sobre la mujer en cuanto a su cuerpo y alma. El diálogo es arquetípico de cuan disparatadas pudieron ser tantas ordalías o juicios de Dios, ya que los rumores y la imaginación desbordante fue construyendo en la cultura popular la figura de la bruja, sus secretos, ceremonias, poderes y crímenes.

A día de hoy, más allá de todo el morbo que siempre producen los temas de misterio y la brujería como instrumento diabólico según el relato oficial, sigue siendo un espinoso apartado dentro de la historia europea que instauró siglos de terror, denuncias, torturas, asesinatos e intolerancia. Un periodo espantoso especialmente para el género femenino que sufrió innumerables tormentos y estigmas.

En este estudio vamos a introducirnos poco a poco en este episodio de la historia negra de Europa con absoluto respeto, lejos de las fantasías de quienes testificaron contra estas mujeres y poniendo en valor el choque cultural del catolicismo contra el paganismo en la era de la Contrarreforma. Descendiendo de Europa hasta Zugarramurdi, pasando por la importancia de la historia cristiana en la Península y el papel de la mujer en la Edad Moderna, investigando sobre el perfil de la bruja en el catolicismo español a partir de un caso concreto, señalando las principales líneas de investigación de historiadores profesionales. Presentando así metodología bibliográfica y trabajo de campo.

Veremos cómo en el reino de Felipe III la Santa Inquisición procedió en el norte a la cruel represión de un grupo acusado de practicar un culto satánico, utilizando para ello todo el instrumental judicial y coercitivo a su alcance. No obstante, el auto de fe de Logroño de 1610 marcaría un punto de inflexión en la represión de la brujería, siendo una historia en la que merece la pena detenerse para reflexionar.

La brujería en Europa

Será a partir de mediados del siglo XV cuando empiece en el Viejo continente la persecución colectiva de la brujería. La fecha del inicio de cazas inquisitoriales y civiles ha sido variada y polémica. Las referencias a centurias anteriores han demostrado ser dudosas cuando no falsas, si bien muchas de ellas han sido repetidas a lo largo de la historia en manuales y libros históricos[2].

Los especialistas nos han ofrecido una visión documentada de la caza de brujas inquisitorial entre 1450 y 1750. Serían tres siglos de torturas, paranoias colectivas, control social, misticismo religioso y asesinatos masivos.

Lo cierto es que la injusticia, el terror y la histeria se adueñaron de Europa; la cifra total de la magnitud de la cacería es imposible de conocer de forma exacta debido a la destrucción o pérdida de actas judiciales y a que, en muchas ocasiones, los procesos y ejecuciones ni siquiera fueron registrados de manera oficial. Los cálculos han sido polémicos y han oscilado desde nueve millones de ejecuciones[3] (algo criticado por investigadores), pasando incluso por un millón[4], si bien la cifra debió oscilar entre 50.000 y 200.000, mujeres en su inmensa mayoría[5]. Estos datos abultados se debían entre otras cosas a las pesquisas que querían subrayar la gravedad de la situación, inflando los números, así como a los cazadores de brujas que deseaban alcanzar la fama presumiendo del gran número de hechiceras que habían capturado.

Hay que tener presente la importancia de diferenciar entre el número de juicios y ejecuciones. En la mayoría de las regiones, la tasa de las condenas a muerte en la Edad Moderna fue menor del 70%, y en algunas zonas como el condado de Essex, Ostrobotnia y Ginebra no llegó al 25 por ciento. A la vez, en centenares de ocasiones se desconoce el destino final del reo a pesar de la documentación conservada.

Teniendo presentes los casos de extravío de actas judiciales, el historiador americano Brian P. Levack, tras un meticuloso estudio, estima que las víctimas  de los procesos por brujería en la Europa moderna no superarían las 110.000, viviendo un gran número de ellas en los principados del Sacro Imperio Romano, Suiza y los reinos escandinavos (ver cuadro número 1).

Índice regional de ejecuciones en juicios por brujería.[6]

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Por otra parte, alejándonos del norte y mirando hacia el Mediterráneo, en los reinos hispánicos y los Estados Italianos hubo unos 10.000 procesos en este mismo periodo. En muchos de estos juicios los encausados no llegaron a ser acusados de   brujería; además en la Europa meridional fueron pocas las ejecuciones en comparación con la septentrional y, en especial, con los territorios protestantes.
Todas ellas fueron en realidad víctimas de su tiempo, son el reflejo de la construcción de la identidad de Europa frente a la figura del “otro” como apunta el catedrático Josep Fontana, creando fronteras exteriores, mirándose ante el espejo del bárbaro o del pagano (en referencia especialmente al mundo islámico) y estableciendo otras interiores con el infiel o el hereje, todos instrumentos del Diablo que es lo opuesto de Dios. Todos estos enemigos serían combatidos mediante la lucha armada que impulsó el desarrollo de cruzadas y aparatos inquisitoriales. Las creencias espirituales no eran cuestiones privadas sino públicas que pertenecían al campo político en la Edad Moderna, donde solía haber en cada reino una única confesión para facilitar la integración de los súbditos, pero también para justificar la dominación sobre las minorías y los excluidos.Por otra parte, alejándonos del norte y mirando hacia el Mediterráneo, en los reinos hispánicos y los Estados Italianos hubo unos 10.000 procesos en este mismo periodo. En muchos de estos juicios los encausados no llegaron a ser acusados de   brujería; además en la Europa meridional fueron pocas las ejecuciones en comparación con la septentrional y, en especial, con los territorios protestantes.
El historiador británico Geoffrey Parker da la cifra de 3.687 personas juzgadas en España entre 1560 y 1700[7], si bien  ésta no incluye a las encausadas en tribunales civiles.

La brujería en España: Inquisición y mujer en la Edad Moderna

La religión en España siempre ha tenido un componente esencial para la organización del Estado como columna vertebral de la moralidad, cultura popular, expresiones intelectuales, políticas del reino y conductas que llegaba hasta la más absoluta intimidad de los vasallos.

El cristianismo en la Península ibérica tiene profundas raíces, desde su hegemonía en el Imperio Romano, pasando por las invasiones bárbaras, que traerían su propia versión cristiana arriana, llegando a la Península ibérica suevos, alanos, visigodos y vándalos, que se asentaron de forma definitiva en el siglo V[8]. Llegando más tarde el rey visigodo Recaredo, que asumiría en el 589 el catolicismo como religión oficial.

Con la conquista del califato Omeya y los reinos de taifas, la Reconquista fue considerada cruzada especialmente en su etapa final desde la batalla de las Navas de Tolosa (1212) hasta la Guerra de Granada (1482-1492), la religión católica desempeñaría un papel absolutamente esencial, legitimando el nacimiento del Estado moderno en la España de los siglos XV y XVI.

En suma, desde la fase de expansión de los reinos cristianos en la Península ibérica, la fusión del poder civil y religioso fue de capital importancia para el desarrollo de una monarquía fuerte que acabaría denominándose  católica. Asociada a esta idea de conexión entre las creencias cristianas y la sociedad aparecería desde fechas muy tempranas una secular intolerancia con respecto al resto de religiones. Después conquistar toda la península para la verdadera fe, las autoridades de la Corona descubrieron con pavor que el enemigo se encontraba dentro de casa.

En la creación del Santo Oficio tuvo asimismo un peso decisivo el fortalecimiento del poder real. De hecho, es sabido que la Inquisición española surgió por iniciativa de los Reyes Católicos gracias a una bula otorgada por el pontífice Sixto IV[9].

La Inquisición[10] llegaría a la península relativamente tarde en comparación con el resto de Europa. Las primeras noticias sobre ella en el continente tienen su origen embrionario en 1228 con la Inquisitio hereticae pravitate, privada y secular, apoyada en un documento papal de Lucio III (1097-1185) que declaraba a los cátaros, valdenses y arnaldistas herejes, llegando a ofrecer dos marcos por cada uno de los que se capturasen. El tribunal eclesiástico en manos de obispos se fortalece en 1229 con el Concilio de Tolosa (Francia), teniendo carta blanca para actuar en regiones influidas por el catarismo; finalmente, sería en 1231 cuando el papa Gregorio IX le dio un carácter general con el nombre de Inquisición Pontificia, dejándola en manos de dominicos y franciscanos.

Esta institución se extendió rápidamente por Europa a excepción de Inglaterra donde solo se actuó en el siglo XIV contra la Orden del Temple,  a pesar de que también hubo persecuciones contra otros disidentes religiosos. Se instaló con fuerza en Francia, Alemania e Italia, con menos arraigo en otros reinos como por ejemplo Hungría, con los correspondientes celos de carácter jurisdiccional entre el mundo civil y religioso como señala José Antonio López Escudero, director del Instituto de Historia de la Inquisición.

En España, las comunidades monoteístas del judaísmo, islam y cristianismo, a pesar de sus diferencias, recelos y enfrentamientos, dejarían en el siglo XIV de convivir con una meridiana normalidad. Los primeros años del reinado de los Reyes Católicos se siguió manteniendo una actitud tradicional de tolerancia con los judíos. El propio rey Fernando llevaba sangre judía, según se rumoreaba, pero un número cada vez mayor de conversos, una vez bautizados, volvía de nuevo a observar clandestinamente la religión y las tradiciones de sus antepasados. Por esta razón, el tribunal se encargó en un principio de perseguir no a los moriscos o a los judíos, sobre los cuales no tenía jurisdicción,  sino a los cristianos nuevos de los que se sospechaba que no creían en su nueva fe. Fernando e Isabel solicitaron a Roma la autorización para constituir en Castilla una institución inquisitorial en 1478. Fernando consiguió extenderla a su reino,  Aragón, donde había ya una propia pero poco activa. De este modo, bajo el control de los monarcas, el aparato encargado de velar por la pureza ideológica de los reinos hispanos adquirió el rango de consejo en 1483, cuando recibió su denominación definitiva de Consejo Real de la Suprema y General Inquisición; siendo de facto la única institución común a todos los habitantes del reino, habilitándose como organismo unificador[11].

El catolicismo fue el estandarte del reino de  España, cuyos gobernantes cada vez se mostraron más hostiles con respecto a otras confesiones religiosas. Aparecen obras que fomentan el odio al judaísmo como la Fortalicium fidei de Fray Alonso de Espina o Historia de los Reyes Católicos, escrita por el bachiller Medina, cura de los Palacios (Sevilla) y en 1492 se expulsarían a todos los judíos excepto a los que se convirtieran[12]. La Inquisición solo tenía en un principio autoridad sobre los católicos. El 6 de febrero de 1481 se celebra el primer auto de fe y se queman a 6 personas en el ambiente represivo que se iba normalizando.

Los tribunales inquisitoriales se extienden en un primer momento desde Sevilla a Jaén, Córdoba, Ciudad Real, Ávila, Medina del Campo y Segovia. La unidad religiosa defendida por la Inquisición (hecha a medida por los soberanos) garantizaba la cohesión confesional y por lo tanto política de territorios diversos, que a menudo tenían más lealtad a su señor local que a la monarquía.

El Santo Oficio continuó  en la centuria siguiente con sus procesos, control social, conversiones forzosas y legislaciones duras contra sus adversarios. Con Felipe II (1527-1598) se produjo una especial persecución de los luteranos a causa de las demandas de reformas de la Iglesia del mundo protestante. El poder real se volvió a aliar con el eclesiástico para exterminar todo tipo de brote desviado de la ortodoxia[13]. El Concilio de Trento (1562-1563) tiene mucho que ver con este nuevo espíritu de la Contrarreforma para avivar la intolerancia en España, donde el rey Prudente era un ferviente defensor de la doctrina romana.

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GOYA Y LUCIENTES, Francisco de, Vuelo de Brujas (1798). Madrid, Museo del Prado.

La organización inquisitorial pasaba por toda una retahíla de cargos organizados en tribunales provinciales o de distritos, donde, de mayor a menor, estaba el Consejo de la Suprema y General Inquisición (conocida como la Suprema popularmente), el Inquisidor General, el Inquisidor Jurista, el Teólogo, el Fiscal o Procurador Fiscal, el Receptor, Calificador, Alguacil, Notario del secreto y Escribano general. Entre los cargos menores se encontraban los familiares, el comisario, alcalde y  porteros de cada circunscripción.

Su distribución, en apenas diez años, logró un control significativo en las regiones divididas por obispados, aunque no como regla inamovible. Desde el Quinientos los tribunales adquieren rasgos burocráticos bien definidos y constantes. En el siglo XVII se contabilizaban quince distritos de extensiones dispares[14].

En la Sede de Logroño, constituida en 1512, es donde se centra esta investigación. En Navarra y el País Vasco la Inquisición tuvo distintas sedes (Pamplona, Estella, Tudela y Logroño), si bien todas ellas mostraron la misma hostilidad hacia cualquier forma de heterodoxia, incluida la brujería. En 1507, como sostienen los investigadores Juan Antonio Llorente y Henry Charles Lea, fueron quemadas las primeras veintinueve brujas en Navarra y el País Vasco, aunque el historiador Menéndez Pelayo afirma que fueron treinta y una. Esta represión, junto a tantas otras, produjeron un rechazo entre los vecinos que acudían a estas personas para aliviar males que nadie más podía. La resistencia popular llegó por ejemplo a tirar al río Arga a varios inquisidores y oficiales enviados al norte en Pamplona, pero las acciones del tribunal no cesaron en su tarea.

A diferencia de las iglesias reformadas, empero, la Inquisición española, estaba más ocupada en perseguir a herejes y heterodoxos que en reprimir la brujería[15]. De hecho, junto a Italia y Portugal, España fue el reino que menos sufrió esta guerra sin cuartel contra el culto satánico[16].

Los oficios malditos eran una realidad en la sociedad de la Península ibérica desde la Edad Media, los hechiceros y hechiceras ejercían su profesión juntos a otros compañeros de extraños caminos compartidos como los adivinos, nigromantes, magos, augures, ariolos, arúspices, genetlíacos, sortílegos o salisatres, reflejados por escrito por Isidoro de Sevilla. La Celestina de Fernando de Rojas también plasma el arquetipo de hechicera como figura social de la que trataremos en breve.

La Inquisición en el norte pronto cobró fama de cruel, torturadora y oscurantista en una comunidad aislada en muchas ocasiones por la altitud de la montaña o la frondosa naturaleza, conservando tradiciones en ocasiones que se perdían en la noche de los tiempos.

De los 49.000 procesados en España entre 1550 y 1700, debido a las “causas de fe”, se deduce que los principales objetivos de los tribunales inquisitoriales fueron los moriscos y judaizantes, mientras que las ofensas al Santo Oficio (3.954), la lucha contra las supersticiones, donde estaban incluidas las prácticas de brujería (3.750), los luteranos (3.499), la bigamia (2.790) o los alumbrados (140), tuvieron una menor relevancia desde un punto de vista cuantitativo[17].

Hay que mencionar que a pesar del nombre, no solo se persiguieron a mujeres en la caza de brujas, sino que entre los encausados figuran también varones adultos, acusados de hechicería, al igual que niños y niñas. No obstante la persecución de la mujer, por lo que suponía dentro de la sociedad estamental, en general, y en las comunidades de aldea, en particular,  cobró una especial importancia, pues la hechicera parecía desafiar el rol de sumisión absoluta que desde el  patriarcado se imponía a las féminas. Desde un punto de vista discursivo, su inferioridad y dependencia frente al hombre se describía como resultado del mal que reflejaban las Sagradas Escrituras, donde la figura de Eva, nacida de una costilla de Adán y además un ser débil, que fue tentada por el Diablo para coger el fruto del árbol de la sabiduría, constituye la materialización de la “puerta del diablo” por la que éste entra en contacto con la humanidad, como escribiría San Clemente de Alejandría.

La misoginia estaba en la propia esencia de las grandes religiones, relegando a la mujer a un segundo plano, cuando no se la condenaba por las culpas del género humano, a imagen de Pandora abriendo la caja y dejando escapar todos los males del mundo. Este ataque continuo queda retratado en el Malleus Malleficarum[18] con frases como “Toda brujería proviene del apetito carnal que en las mujeres es insaciable” o “la mayor de las herejías consiste en no creer en las brujas”, contribuyendo a la idea de la mujer como un ser por naturaleza maligno, débil y relegado al espacio del oikos, del hogar, condenada a ser usada como un objeto necesario para tener descendencia.

La Inquisición española se valió del desprecio social a la mujer para dar rienda suelta a una persecución legitimada por las leyes, especialmente tras publicarse el 5 de diciembre de 1484 la bula Summis desiderantis affectibus del Papa Inocencio VIII, que derogaba el Canon Episcopi, reconociendo oficialmente la existencia de las brujas y variando su posición ante este fenómeno.

La doctora en Farmacia Mar Rey, experta en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, menciona al respecto: “Con la bula papal en una mano y el Malleus en la otra, los inquisidores se lanzaron a la caza indiscriminada de servidores satánicos. La bula les autorizaba a perseguirlas, el Malleus les dio el soporte teológico y el asesoramiento legal necesario para instruir la causas de brujería[19]”.

El caldo de cultivo de la histeria colectiva, avivado por la supremacía del varón frente a la mujer, daría pie a toda clase de atrocidades e injusticias que sigue a día de hoy pesando en la conciencia europea como uno de los tantos capítulos infames de su historia más oscura y ocultada. Sobre esta evidencia social Michelle Perrot, describe perfectamente la relación de las mujeres con las grandes religiones monoteístas; que hicieron de la diferencia de sexos su fundamento esencial, trazando una nítida jerarquía entre lo masculino y lo femenino. Esta prestigiosa especialista ha señalado que la religión católica legitima la dominación del hombre frente a la mujer, a la cual se la aparta del ejercicio del culto. Son los hombres quienes retienen el poder y el saber espiritual, aunque ofrece una escapatoria para la mujer pecadora, que a través de la oración o la vida monacal puede alcanzar la santidad, siendo la Virgen María el antídoto de Eva, una muestra de las contradicciones hacia el cuerpo y alma de la mujer: es la encarnación del mal pero también de la madre de Cristo, virgen y pura a los ojos de  la Iglesia. La dualidad acompañará su existencia al tener las mujeres piedad y devoción en contraposición al placer y el pecado. . Una de las notables diferencias entre los países protestantes y España fue el acceso nórdico de las niñas a la Biblia para alfabetizar mínimamente a las mujeres, otra de las grandes brechas que supuso durante mucho tiempo la Reforma frente al reinos del Mediterráneo[20]

Perrot estima que de las 100.000 víctimas de las acusaciones de brujerías y procesos inquisitoriales el 90% fueron mujeres, otra de las evidencias del protagonismo femenino en estas atrocidades, cuyo objetivo final estribaba en someter a las féminas dentro una sociedad educada en la dominación normalizada.

Así pues, durante los siglos XVI y XVII el discurso dominante presenta a la mujer como un ser inferior, cuyo destino está determinado por la naturaleza y por Dios. Este argumento llevaría a la necesidad de controlarla, al constituir una posesión, primero protegida por el padre y después por el marido, susceptible de pasar de un dueño a otro. Su educación se centra en complacer y obedecer en el matrimonio, estando destinada a dar hijos que debe criar hasta que alcancen la madurez. La descendencia será algo obsesivo para la memoria y la legitimidad, especialmente entre la nobleza, aunque en cualquier estamento la mujer será controlada y coartada su libertad. Si a estas ideas añadimos la competencia que las curanderas hacían a los médicos y la condición de pobres que tenían muchas de ellas, en un mundo cuyas elites se mostraron cada vez más hostiles frente al pauperismo, entenderemos fácilmente que en la Europa moderna la brujería se asociara al género femenino[21].

Las brujas de Zugarramurdi. Historia y localización

Durante el reinado de Felipe III, se produjo el auto de fe más importante de la historia de España en relación con la brujería. Nos movemos en un momento en el que el nuevo monarca hereda de su padre varias guerras y una crisis económica que afectaba al corazón del Imperio, Castilla.[22] No obstante, la defensa a ultranza del catolicismo contra la herejía seguía tan viva como siempre[23]. Es en este escenario histórico donde se produce el caso de las brujas de la aldea de Zugarramurdi, pueblo donde eran aliadas de lo natural y lo místico.

El modo de vida de esta pequeña localidad estaba muy ligado a la tierra y al entorno que la rodeaba, es decir, a la sabiduría tradicional, las costumbres y al cosmos ancestral del paganismo. Sus protagonistas eran personas con vínculos vitales y naturales diferentes, llamadas sorgin[24], tenían un conocimiento natural de plantas, hierbas medicinales, fertilidad y anticonceptivos o sobre la misma reproducción humana. Aunque también había hombres, en su mayoría eran mujeres. La vinculación a la tierra y sus entrañas (las cuevas) se convirtieron en el motivo ceremonial de la vivencia ritual pagana, su lugar de reunión por excelencia, donde compartían secretos, recetas o celebraban festividades prohibidas por el catolicismo ortodoxo impuesto desde las altas esferas del poder.[25]

Estamos por tanto ante personas que eran curanderas y entendidas en las relaciones amorosas/sexuales, más que brujas que rendían culto al diablo[26]; mujeres que ejercían a veces su oficio de forma legal tras haber sido aprobada su instrucción por médicos y que en otras ocasiones iban completamente por libre con la experiencia por delante de cualquier examen.

 Las personas que se vieron implicadas en el proceso inquisitorial, en un ambiente de denuncias vecinales, tenían diferentes perfiles mencionados por investigadores. Su principal rasgo estaba constituido, como señala Monter[27],  por el hecho de que fueran mujeres, poniendo en el género un énfasis especial; en cambio Thomas recalca la pobreza [28]. Por su parte, Quaife afirma que ambos se equivocan y que el indicador fundamental era la propia edad. Entre todos ellos se recrea la imagen de la bruja, sin desmerecer ninguna de las tres razones que a veces no tenían por qué ser incompatibles entre sí sino que de hecho se podían complementar[29].

A menudo, a estas mujeres mal entendidas y  peor aceptadas en una comunidad con una doble moral, ya que supuestamente eran la encarnación del  mal, pero acudían a ellas para solucionar problemas, se las relacionaba con el infanticidio, quizás por la condición de parteras que sabían aliviar los dolores o traer al mundo a niños de la manera más eficaz con remedios naturales o alejados de la ortodoxia. Es por ello que cuando se producían muertes infantiles se desataban psicosis brujeriles[30].

En Zugarramurdi también se dieron estos casos de terror colectivo en una oleada de pánico de las que ocurrían de vez en cuando en el País Vasco, extendiéndose por Navarra, rayando con Labourd[31], donde en el otro lado de la frontera se habían llevado a cabo numerosos procesos contra estas prácticas mágicas, en los que sus reas fueron acusadas de tener la complicidad del Diablo[32]. El juez francés Pierre de Lancre, que había quemado vivas a 80 personas acusadas de brujería, estaba convencido de que Labourd estaba dominada por una secta de brujos que adoraban al maligno y celebraban aquelarres, donde se entregaban a los vicios y lo prohibido.

La aldea de Zugarramurdi, rodeada de verdes prados, valles y montañas, lindaba con la frontera francesa, convirtiéndola en un lugar privilegiado para la transmisión de ideas prohibidas que llegaban del país vecino y del resto de  Europa occidental. Zugarramurdi y Urdax, pueblos de caseríos que apenas sumaban unos centenares de habitantes[33], estaban sometidos a la jurisdicción del Abad de esta última localidad, al que debían pagar sus rentas y con el que los enfrentamientos y roces vecinales habían sido frecuentes. El terrible proceso comienza con la declaración de una supuesta bruja arrepentida. En 1608, María de Ximildegui, una joven zugarramurditarra que había emigrado a Francia, regresa confesando su participación en aquelarres con todo lujo de detalles en ambos lados de la muga.

La voz fue corriendo por la localidad y pronto empezaron las sospechas entre vecinos y vecinas, generando un pavor incontrolado. Sin dar cuenta del asunto al Santo Oficio,  la justicia local empezó a indagar en la comunidad, entrando en las casas de vecinos sospechosos en busca de pruebas y acusaciones, propalando todavía más  entre los temerosos creyentes la idea de que el Diablo se paseaba realmente por las noches en la aldea en complicidad con los brujos.

La presión social era tal que algunos acusados terminaron por confesar su participación, sabedores de que la iglesia de Zugarramurdi les permitiría reconciliarse, zanjando el asunto de manera local. Sin embargo, la Inquisición ya iba de camino, abandonando todo escepticismo brujeril para limpiar del maligno aquellos lugares con la anuencia de la Corona y el obispo. Fray León de Araníbarm, el abad del monasterio de San Salvador de Urdax, había informado al Santo Oficio, aprovechando estos sucesos para vengarse de unos vecinos con los que tantos problemas había tenido en el pasado. A pesar de que en España los casos de brujería habían sido considerados en muchas ocasiones fruto de la ignorancia del pueblo, esta vez se decidió intervenir en una localidad que era presa del terror.

La Inquisición era enemiga de las costumbres y sabidurías heterodoxas, más aún cuando las practicaban en una lengua diferente. La historia oficial transformó las fiestas y rituales en aquelarres, la música en conjuros, las palabras en hechizos y todo en su totalidad en la adoración de Satanás, acusando a sus participantes de todo tipo de fechorías criminales.

El asunto se fue tornando cada vez más en algo muy peligroso. Los vecinos se espiaban, se delataban y se fue cayendo en la sistematización de denuncias absurdas que podían recaer sobre cualquiera, en un asunto en el cual las rencillas personales también tuvieron su protagonismo por las malas cosechas, los límites de los campos o las envidias.

Las prácticas denunciadas se celebraron principalmente en las Cuevas de las Brujas o Sorginen Leizea, situadas a menos de medio kilómetro del lugar, en el camino que discurre hacia el oeste, uniendo el núcleo aldeano con el vecino pueblo de Sara, rodeadas de una vegetación y belleza únicas. Las cavidades naturales van a cobrar una vital importancia en los aquelarres, su localización, estructura e historia es imprescindible para acercarnos al tema que tratamos; es ciertamente un lugar que inspira poder por su extraordinario atractivo completamente único. Hace 130 millones de años, en el periodo Cretácico, el mar cubría el lugar de las cuevas: en su interior se fueron formando las calizas arrecifales de las grutas, al igual que en las vecinas Sara y Urdazubi. Las tres son parte el flanco de un sinclinal de va  de este a oeste. Fue cuando el mar retrocedió el momento en que los ríos excavaron las grutas. El nivel cercano del mar Cantábrico sufrió altibajos durante las últimas glaciaciones haciendo que el río fuera progresivamente creando los diferentes niveles de las mismas[34].

El riachuelo que atraviesa la enorme caverna es el responsable de su impresionante formación. La Regata del Infierno o Infernuko Erreka, es la corriente caudalosa que todavía pervive cruzando la cueva, creando un efecto sonoro de agua que retumba en las paredes como ecos del pasado. Se formaría así el gran hueco de 120 metros de largo en dirección norte-sudoeste y una amplitud de 22 a 26 metros en su extremo oriental, con unos 10 – 12 metros de anchura en la salida de la boca occidental, con alturas de hasta 12 metros. A esta enorme cavidad se le suma dos galerías superiores que tienen una orientación similar a la principal. Una de ellas, en el lado oriental, de evidente mayor tamaño, es la llamada SorgiñenLeze, Akelarrearen Lezea o Cueva de los Brujos. Sería ahí donde exactamente se habrían reunido las brujas para celebrar sus reuniones. El aquelarre es una palabra procedente del euskera akelarre, compuesta por aker (macho cabrío) y larre (prado). Es el concepto de las celebraciones nocturnas en honor a Satanás según la más dura ortodoxia católica. Según la tradición popular, en ellas se oficiaban misas negras presididas por el demonio, donde había bailes, comida, cantos, orgías sexuales y se consumían sustancias alucinógenas que provocaban estados alterados de conciencia y los participantes se frotaban ungüentos naturales que también podían afectar al sistema nervioso central, creando una percepción trastornada de la realidad[35].

A los asistentes a estos supuestos oscuros festejos se les acusaba de comer carne humana de algún muerto reciente, como niños y niñas por ejemplo. Todo terminaba con un baile en círculo, formando el ouroboros, que es la serpiente que se muerde la cola, simbolizando un ciclo de evolución, además del momento en el que el Diablo elegía a sus discípulos más allegados para mantener con ellos relaciones sexuales. La figura del macho cabrío oficiando estas misas negras fue formidablemente representada por Goya cien años después, formando parte de ese subconsciente popular de la sociedad del siglo XVII que, como en Zugarramurdi, imaginaba todos estos hechos, además de otros detalles más tenebrosos, propios de  mentes desbocadas y temerosas de esta encarnación del mal.

La bruja, por tanto, sería un ser respetado por sus poderes y sabiduría, pero a la vez un elemento que inspiraba temor por su capacidad de lanzar maldiciones y males de ojo. Los rumores se disparan en todas direcciones al analizar su figura, reflejando una cultura popular muy interesante pero esencialmente atrasada por la evidente falta de educación racional de la que los gobernantes no les interesaba que salieran por otro lado, ya que en estos siglos de la Edad Moderna el conocimiento significaba poder y quedaba reservado a los estamentos superiores.

Toda la parafernalia e imaginación que acompañaban al aquelarre o sabbat[36] no eran de extrañar en una sociedad donde las apariencias eran muy importantes y el significado, simbolismo e imagen se convertían en elementos que regían la articulación social. La cueva de Zugarramurdi constituía uno de los escenarios simbólicos donde se reunían vecinos para conmemorar festividades paganas, no entendidas y víctimas de su tiempo. La maravillosa gruta tiene por todas partes cavidades, en las cuales podrían haber habido fuegos para iluminarla por la noche, además de una pequeña cavidad, no señalada en los mapas oficiales, en la salida que da hacia el reciente Puente del Infierno, donde cabe una persona, que se va estrechando cada vez más conforme penetramos en ella. La cueva es un impresionante testigo del pasado, que también sirvió de almacén de contrabando entre la frontera española y francesa, a lo que debemos añadir el hallazgo en 1935 de restos del periodo Magdaleniense.

El culto secreto de las brujas

El caso de brujería en Zugarramurdi trajo consigo un proceso de investigación inquisitorial dilatado, que ofrecía detalles elaborados de cómo eran esas reuniones de magia negra de las que fueron partícipes numerosos vecinos de la localidad según el Santo Oficio. En la documentación se establece una jerarquía dentro de este mundo mágico. Tenemos, en primer lugar, a Graciana Barrenechea, reina del aquelarre o reina bruja y al pastor Miguel de Goyburu, su marido y rey brujo, cuya casa se conserva todavía a día de hoy con una cruz protectora en la puerta y un gato negro rondando sus pasillos como no podía ser de otra forma[37]. La familia de los supuestos líderes también fue acusada de pertenencia a la secta. María y Estevanía de Iriarte, las dos hijas, fueron denunciadas como brujas, así como el hijo Joanes de Goiburu[38] y sus sobrinos, Joanes de Sansín, Juana de Teletxea, María Pérez de Berrenetxea y Estevanía de Navarcorena.

El largo y cruel proceso de la Inquisición, con sus habituales métodos de tortura psicológica y física hizo que los imputados aceptaran prácticas terribles, desbordadas por la imaginación de los torturadores, la cultura eclesiástica de la brujería y los rumores populares. La aldea quedó dividida en dos, pues un tercio fue acusado de tales prácticas[39].

De este extraño culto, en el que también se les acusó de vampirismo y necrofagia, hay una importante información documental, en la que se habla de prácticas secretas y de la familia de los “reyes brujos”, que fue publicada por Juan de Mongastón, testigo directo del Auto de Fe,  que editó una crónica del suceso, cuya divulgación favoreció que se extendieran los tópicos de la bruja “corriente y mala”, superpuesta a la espiritualidad conectada con la naturaleza en el ámbito pagano tradicional que se intenta recuperar ahora y que lleva una década poco a poco ganando cada vez fuerza entre los historiadores. El escritor Leandro Fernández de Moratín descubriría el texto y lo volvería a publicar en 1811 bajo el pseudónimo de “Bachiller Ginés de Posadilla, natural de Yébenes” con notas irónicas y críticas sobre los procesos eclesiásticos.

De las cuatro primeras brujas procesadas se conservan apenas unos cuantos fragmentos de sus confesiones, mientras que del segundo grupo de acusados tenemos una información más detallada, que el propio Gustav Henningsen califica de excelente, dado que es difícil encontrar detalles tan ricos en otros procesos de brujería como los que la misma aporta. Las confesiones de los reos concordaban entre sí en ciertos aspectos, un argumento que la Inquisición repetiría constantemente para avalar la autenticidad a estas asambleas rituales, que según investigadores como Margaret Alice Murray pueden ser explicadas como vestigios paganos de un antiguo culto a la fertilidad. El dios cornudo al que adoraban, lo nombraban los brujos como Señor o Demonio, tal y como atestiguan las actas del proceso inquisitorial.

Miguel de Goyburu lo describiría como un cuerpo humano deforme, engalanado con ropas oscuras de calidad, de voz profunda, piel negra y ojos terribles. En su cabeza tenía cuernos de macho cabrío; sus manos, huesudas, recordaban a las de aves con sus garras y tenía cola de burro. A veces se aparecía como macho cabrío, otras de la manera anteriormente descrita y en otras parecía un hombre normal sin cuernos. Llama la atención la conexión continua con la naturaleza y los animales, a los que se referencia como un elemento esencial para describir tan misteriosa figura. Graciana de Berrenechea aseguró que emanaba un fuerte olor pestilente. Su hija María de Yriarte le describía con dos grandes cuernos en la cabeza, rodeados por otros más pequeños a modo de corona. Asimismo, varios acusados señalaron que muchas veces el Demonio se sentaba en una silla con brazos torneados.

Estas descripciones, junto a las  de otros seis brujos de este grupo, solo diferían en lo relativo a la situación y en el número de cuernos, pero nada más. Las asambleas se realizaban los lunes, miércoles y viernes, desde bien entrada la noche hasta que cantaba el gallo. Los asistentes, antes de salir,  se echaban un ungüento verde por las manos, las plantas de los pies, genitales, cara y pechos mientras recitaban:

Yo soy demonio

Yo de aquí en adelante tengo de ser una misma cosa con el Demonio.

Yo he de ser demonio,

y no he de tener nada con Dios[40].

Al decir de los reos, en estos rituales estaba terminantemente prohibido mencionar a Jesús, María y los santos. Solo se nombraban para renunciar a la fe y si alguien los invocaba la reunión se disolvía, echando a correr temerosos de Dios, para posteriormente castigar al culpable de interrumpir el aquelarre. Para acceder a la secta, siempre según las confesiones, se debían tener al menos nueve años, mientras que la Inquisición estipuló edades que iban desde los doce años para las niñas a los catorce  en el caso de los niños, evidenciando nuevamente la “culpabilidad” de la mujer, más propensa a descarriarse desde una edad más temprana.

El “rey brujo” ya se había presentado al diablo antes, con cuatro años, cuando le hizo una marca en la frente con arañazos. Las marcas en el hombro, nariz u ojos eran habituales para que el maligno reconociera a sus seguidores, a los cuales llegaba a recompensar con sapos y dinero en caso de que le trajeran nuevos creyentes. Es importante mencionar los lazos familiares de los partícipes en el aquelarre, que hubiera madres con hijas, mujeres, maridos, sobrinos o tíos, todos ellos unidos por unos vínculos de sangre que aseguraban la supervivencia oculta en el tiempo de sus costumbres ancestrales.  Estos brujos tenían el poder de convertirse en animales como gatos, perros y caballos, pero –según reconocieron-  todo lo que hacían lo conseguían con la ayuda de Satanás., si bien se servían de espíritus ayudantes o “familiares” para lograr sus ambiciones personales. Estos espíritus naturales eran sapos vestidos, que el Diablo entregaba al maestro brujo durante la ceremonia iniciática del nuevo adepto, donde también tenía que adorar al siniestro Señor besándole el cuerpo, incluidos los genitales. En el momento en que el nuevo prosélito  era aceptado  por el brujo mayor, éste le entregaba un sapo para su propio uso personal, prestando sus servicios como consejero o protector del brujo[41].

El anfibio tenía su guarida oculta en la casa de su dueño, donde era alimentado con maíz, pan y vino. Tenía otra importante misión, y era que su amo o ama, después de alimentarle, le pegaba y pinchaba con un palito para molestar al animal, reaccionando éste hinchándose y tomando un color verde. Después se le pisaba con el pie sin matarlo para que expulsara sus excrementos, vomitara el alimento y pudiera recogerse todo junto para usarse como ungüento para poder “volar”[42], entre otros posibles ingredientes.

En los aquelarres, mientras las brujas bailaban y se divertían, los niños se encargaban de cuidar al rebaño de sapos para que no se escaparan, tratándoles con absoluto respeto por su simbolismo, importancia dentro de la secta y elemento primordial para fabricar venenos o pócimas. Antes celebraban ritos, donde había discursos religiosos, cánticos e ingesta de una hostia negra y el sorbo de una bebida amarga. Todo ello daba paso a las orgías desenfrenadas. De hecho, en estas reuniones la copulación con el Diablo o el macho cabrío era corriente; él elegía a su favorita o favorito del día mientras los demás practicaban sexo entre sí sin importar parentesco ni edades. El Demonio también se podía presentar ante sus seguidores a plena luz del día buscando tener relaciones carnales.

En el sumario de “Inquisición de Navarra. Cuaderno de actos comprobados de Brujos.” las celebraciones de esta naturaleza quedan reflejadas de forma detallada, presentando grandes similitudes con respecto a las descritas en los autos del proceso que nos ocupa. Se dice en él que los maestros brujos buscan nuevos seguidores, ganándose su voluntad. Para acudir al aquelarre se untan ungüentos y caminan despiertos, reconociéndose entre ellos. Si alguno quería dejar de asistir, por haber sido reconocidos por algunos vecinos, podían dejar de hacerlo a cambio de una pena de azotes. En ellos el diablo los marcaba hasta hacerlos sangrar, quedándoles señales de por vida. Después el demonio les daba el mencionado sapo, al cual los inquisidores denominan el ángel de la guarda de estos paganos satánicos[43].

El Diablo también daría dinero a los nuevos seguidores, a veces de manera real y otras en apariencia. Además, en su compañía hacían polvos y brebajes en las casas, para destruir las cosechas de panes y frutales. A veces, en la asamblea satánica consumían carne en malas condiciones, que aguantaban durante la ceremonia y que podían vomitar al día siguiente. También se les acusó en este valioso documento histórico de desenterrar los cuerpos que ingerían. Tras sostener relaciones sexuales con el Diablo, algunas mujeres quedaban embarazadas, pariendo sapos. Todo ello, por supuesto, siguiendo al pie de la letra el contenido de las actas  inquisitoriales. Esta información de valiosísima importancia nos ofrece un perfil de la bruja pobre y maligna, que ha perdurado durante siglos en la historia oficial, adornándose sus prácticas con todo tipo de horrores que legitimaban por sí solos la condena de  cualquier conducta opuesta o diferente a la sustentada por el catolicismo reformado.

 Gustav Henningsen confirma el lavado de cerebro que padecieron los acusados de Logroño, sufriendo una auténtica crisis de identidad a base de torturas y la privación de libertad. Si se negaban a admitir que eran adoradoras del Diablo irían a la hoguera, alargando su permanencia en el presidio con su brutal trato; sin embargo, si admitían su culpa, haber practicado la brujería,  podrían salvar sus vidas. Para el prestigioso investigador danés, las confesiones bien podrían evidenciar un culto relacionado con el uso de narcóticos. De hecho, su colaboración con el etnofarmacólogo Michael Harner en esta investigación terminó confirmando los efectos alucinógenos de los excrementos de sapos. Las visiones, pesadillas, recuerdos y la propia realidad, se fueron mezclando con todo lo que les iban diciendo los inquisidores a los acusados de brujería, hasta producir unas confesiones delirantes, arrebatadas a unos seres exhaustos y atemorizados mediante amenazas, torturas físicas y psicológicas Declaraciones que, por otra parte, reflejaban una realidad rural de cultos paganos ajenos al catolicismo, donde la leyenda se mezclaba con la historia de estas asambleas nocturnas regidas por los tres grados de niños, aspirantes, novicios y profesos. Y a pesar de las coincidencias de estas confesiones, es imposible determinar hasta qué punto estaban manipuladas o simplemente fueron realizadas por personas presas del pánico al dolor y a la hoguera.

El Auto de Fe de Logroño

El distrito inquisitorial del tribunal riojano lo formaban el antiguo reino de Navarra y las tres provincias vascas, así como una parte la diócesis de Calahorra y La Calzada y ciertos arcedianatos del Arzobispado de Burgos. Tras la confesión de la adolescente María de Ximildegui, las persecuciones vecinales y eclesiásticas alcanzarían su punto culminante en las localidades de Urdax y Zugarramurdi, afectando también a pueblos cercanos. En 1608, los inquisidores del tribunal eran Juan del Valle Alvarado[44] y Alonso de Becerra Holguín[45]; al año siguiente se incorporaría al mismo un tercer personaje más joven y clave para la historia de los zugarramurdiarras: Alonso de Salazar y Frías, el llamado abogado de las brujas que da título a la más extensa publicación hasta la fecha del caso que tratamos, obra de Gustav Henningsen.

Los tres inquisidores tenían el mismo rango y en principio, habían de llegar a un acuerdo antes de interrogar a los acusados con objeto de instruir correctamente el proceso; sus discusiones pronto condujeron al enfrentamiento de los dos primeros con Salazar, que tenía una perspectiva claramente adelantada a su tiempo, a pesar de formar parte del oscuro aparato de inquisitorial. Era el único de ellos licenciado en derecho canónico, habiendo disfrutado previamente de una canonjía en Jaén, que dejó para trabajar como secretario del Inquisidor General del momento, el obispo Bernardo de Sandoval y Rojas.

Durante el proceso La Inquisición de Logroño llegaría a investigar a unos dos mil brujos entre 1608 y 1614. De todos ellos, treinta y uno serían condenados en el auto de fe de 1610, sesenta y cinco reconciliados en el tribunal y seis más después del plazo de gracia. No obstante, a estas causas se añadirían las de los encausados que nunca se personaron en de juicio, sufriendo 50 la inspección del inquisidor Juan del Valle en los Pirineos, y otros 1.802 sospechosos  a los que interrogó Alonso de Salazar, tras publicarse el edicto de gracia.

Entre estas dos mil personas a las que estamos aludiendo, figuran, sin distinción, niños, ancianos y adultos. Algunos sin saberse su nombre, edad, acusación, suerte final ni procedencia[46].

Antes del Auto de Fe, las autoridades civiles, presionadas por los aldeanos que eran proclives a las creencias esotéricas, habían arrestado a diversas personas, llegando a condenar a muerte a varias de ellas antes de que la Suprema iniciase oficialmente la investigación, restando importancia a los ulteriores juicios y  la subsiguiente “reconciliación” de los reos en el pueblo[47].

Juan Valle de Alvarado pasó varios meses en Zugarramurdi, donde fueron inculpadas cerca de trescientas personas desde 1609, de las que 40 serían encarceladas  en las mazmorras de Logroño. El 8 de junio de 1610 se celebró una consulta que constataría las discrepancias de Salazar con sus colegas de oficio al pedir más pruebas, partiendo de la idea de que la mayoría de las acusaciones y declaraciones inculpatorias eran producto de la imaginación. Tras el arresto de las primeras brujas, que confesaron sin someterse a torturas a cambio de promesas de penas suaves, las sospechas y el nerviosismo ante el incierto futuro convirtieron al vecindario en un hervidero de terror, ante las posibles penas conocidas de presidios, estigmas sociales e incluso la hoguera en el peor de los casos, de modo que seis pastores, que ya habían confesado, fueron a Logroño para intentar explicar lo que ocurría realmente, intentando rebajar la gravedad del asunto. No tuvieron suerte y fueron obligados a confesar falsamente bajo violencia y amenazas, siendo dos de ellos los famosos reyes brujos, Graciana y Miguel.

José Manuel Calzada, responsable del Ayuntamiento de Logroño de la exposición de 2010 comenta al respecto de estas acusaciones, en una entrevista radiofónica en Espacio en Blanco, que eran “personas con sabiduría popular con poderes para hacer el bien y probablemente en ocasiones para hacer el mal”, defendiendo de este modo la normalidad de estos acusados, muy ligados a la naturaleza, que fueron víctimas de la superstición imperante en la época y la coacción social.

Continuaron las investigaciones, las prisiones y los brutales interrogatorios. Se  inculpó a 53 personas en un primer momento[48], de las que 31 fueron sentenciadas en el gran Auto de Fe de Logroño de los días 7 y 8 de noviembre de 1610, aunque la investigación prosiguiera tras su conclusión.

La Inquisición era más benévola con quienes confesaban sus crímenes que con los que negaban cualquier relación con la adoración del Diablo, porque el objetivo no era exterminar a los brujos y brujas, sino readmitirlos en el seno de la Iglesia católica, aunque también pudieran sufrir duros castigos pese a librarse de la hoguera. El sistema procesal,  movido por denuncias anónimas protegidas, daba al denunciante un trato de favor frente al acusado. Además, a pesar de que las pruebas debían evaluarse por comisarios eclesiásticos, los famosos calificadores, muchas veces su dictamen se demoraba, lo que hacía que el acusado se encontrase encerrado, sin saber los motivos, hasta una vez iniciada la causa inquisitorial[49]. Dos epidemias sucesivas harían acto de presencia en las cárceles secretas inquisitoriales, llevándose la vida de seis brujos en 1609 y de otros siete en 1610, debido, entre otras cosas, a las lamentables condiciones de su cautiverio. A pesar de las diferencias existentes entre los inquisidores con Salazar, llegó el día del Auto de Fe, en medio de una gran expectación: al mismo, como era costumbre en el Antiguo Régimen, asistieron miles de personas, que –en parte- quedaron defraudas por la ausencia del rey Felipe III. En él, muchos de los reos se retractaron en público para reconciliarse con la verdadera fe, pero once fueron quemados vivos, con coraza de relajados[50] y otros cinco, que ya habían fallecido, en efigie, portando igualmente los sambenitos de relajados.[51]

De los restantes, veintiuno tenían lucían insignias de penitentes, con las cabezas al aire y con una vela en la mano cada uno. Seis llevaban una soga en el cuello como referencia a que serían azotados. Los otros veintiuno iban con sambenitos[52] con aspas de reconciliados y una vela del mismo modo, llegando a suplicar con lágrimas en los ojos misericordia para salvar la vida.

A la secta de brujos se le acusó de vampirismo, necrofagia, de metamorfosis de animales, provocar tempestades y maleficios contra campos, animales y personas. Diecinueve llegaron a confesar que eran brujos, pero fue especial el caso de la anciana María de Zozaya, que no se libró de la hoguera a pesar de colaborar para salir de prisión,  debido a su fama de pertinaz proselitista que había logrado alistar nuevos seguidores en las filas del maligno. Salazar y Frías se opuso al proceso, alegando al falta de pruebas, poniendo de esta forma en entredicho las sentencias que sus colegas habían pronunciado contra aquellos infelices. La extraordinaria duración del Auto ha de vincularse con el abultado número de personas implicadas en él, pues fue necesario un día entero solo para leerlas, mientras que al siguiente se les impusieron penas definitivas, momento en que los condenados a muerte fueron entregados al brazo secular para su ejecución.[53].

En comparación con las acciones del juez francés Lancre, que quemó a 80 personas, el Auto logroñés no fue tan terrible[54], pero es de justicia señalar la crueldad ejercida no solo en el plano físico sino psicológico sobre la población. Aunque el proceso contra la brujería continuara adelante, el proceso riojano causó un gran impacto, hasta el punto de que nunca más volvería a ocurrir algo parecido en el reino de España. Ahora bien, la brujería vista como tal por las autoridades civiles y eclesiásticas no desapareció, muy al contrario: desde el valle de Baztán hubo una nueva oleada que se extendió por todo el País Vasco, afectando a más de 50 poblaciones.

La situación llegó hasta tal punto que el Consejo de la Inquisición decidió librarse de ese problema declarando una amnistía general para todos los que se autoinculpasen y delataran a sus compañeros de aquelarres o prácticas místicas. Sería en marzo de 1611 cuando la Suprema se decantó  por esta solución, estableciendo un periodo de arrepentimiento sin imposición de castigo. Para todo ello mandaría a Alonso de Salazar y Frías a investigar tales sucesos y establecer dónde debía hacerse efectivo el edicto de gracia, reconciliando a los supuestos nuevos brujos. Esto molestaría a los dos inquisidores Becerra y Valle, que creían en la existencia de la brujería sin dudas de ninguna clase, así como en la aplicación de mano dura para combatir a las huestes del maligno.

Salazar estuvo ocho meses hablando con 1.802 brujos penitentes, de los cuales 1.384 eran niños y niñas de entre doce y catorce años[55]. Aunque en sus dictámenes no negó la existencia de la brujería, las confesiones tan extrañas y sin pruebas consistentes imposibilitaron la condena de los acusados. El inquisidor llegó a recopilar un informe de cinco mil folios, divididos en cuatro apartados; vuelo nocturno, aquelarre, pruebas de brujería y testimonios para aplicar castigos. Sus sentencias fueron realmente adelantadas, tratándolas de causas médicas relacionadas con la imaginación o la fantasía, al tiempo que resaltó la responsabilidad que los clérigos habían tenido  en los casos de brujería. De esta forma, la influencia de párrocos locales, el aislamiento de las zonas, la incomunicación de presos y la violencia para arrancar confesiones, constituyeron otros tantos factores clave para entender el pánico que se desató en la zona. De la mano de Gustav Henningsen, el cambio de percepción de la realidad que provocó una psicosis colectiva en Zugarramurdi se ha convertido en la tesis maestra  que permite explicar el referido episodio de brujería. No obstante, ello suponía un gran escándalo para la ortodoxia clerical, que no tardó en cuestionar y enfrentarse a las teorías de Salazar, pero el juicio de la historia ha terminado por dar la razón al abogado de las brujas: la influencia del informe realizado en Navarra y País Vasco consiguió que se detuvieran los procesos de brujería en todo el reino de España, incluyendo -por supuesto- las quemas de numerosas mujeres inculpadas de hechicería. El Consejo de la Suprema Inquisición decretaría finalmente en 1614 la suspensión del proceso, aceptando al mismo tiempo las recomendaciones de Salazar relativas a la necesidad de recabar pruebas más sólidas para condenar a las denunciadas. Pronto se publicó un nuevo edicto, conocido por un ejemplar impreso en 1620 como Edicto de Silencio, donde los inquisidores reconocían sus propios errores en materia de brujería, algo realmente insólito para el siglo XVII.

A la vez, el caso de Zugarramurdi permitió a la Inquisición hacerse con el control absoluto de los posibles brotes de brujería, eclipsando la competencia de las autoridades civiles, que en varias ocasiones habían demostrado estar más convencidas de estos hechos, instruyendo juicios rápidos y sin garantías que acababan con estigmatizaciones sociales y ejecuciones públicas. En 1622, 1637, 1640 y 1641 todavía encontramos procesos aislados de brujería; este último año, la Suprema llegaba a instar a los inquisidores a castigar a los que apaleaban a supuestas brujas. Desde 1611 no se ejecutó a ninguna bruja más, aunque el cambio de actitud se fuera gestando en un marco donde todavía hubo pequeños focos represivos y algunas condenas por hechicería[56]: de hecho, 59 acusados de brujería, incluidos los 6 quemados  vivos de Zugarramurdi, fueron condenados a muerte en España, una cifra, que aunque dolorosa e injusta, refleja bien a las claras las consecuencias del Edicto de Silencio, cuyas conclusiones en materia de hechicería adelantarían al reino cien años en comparación con el resto de Europa[57].

Con todo este bagaje jurídico, Alonso Salazar y Frías sería nombrado Inquisidor Mayor de Logroño en 1622 para desgracia de sus numerosos detractores; seis años después ascendería a Fiscal de la Suprema y en 1631 sería  nombrado consejero de la misma. El abogado de las brujas fallecería en 1635, siendo aún miembro del Consejo de la Suprema Inquisición y canónigo de la catedral de Jaén[58].

En conjunto, la Inquisición no se mostró especialmente dura a la hora de reprimir los episodios de brujería, especialmente si comparamos las cifras generales con  las de otros reinos europeos, algo que  también contrasta vivamente con la persecución que sufrieron sus víctimas por excelencia (judeoconversos, moriscos y herejes), lo cual ha llamado la atención de numerosos especialistas que han acabado, caso de Jesús Callejo, cuestionando la leyenda negra que se propagó desde el siglo XVI por toda Europa y que tuvo precisamente uno de sus pilares esenciales en la violencia inquisitorial. Es indudable que en el siglo XIX los exiliados políticos españoles, anticlericales y afrancesados, ofrecieron cifras fantásticas relativas a la represión ejercida por la Suprema contra la herejía, en general, y la brujería, en particular, que han sido a día de hoy desmentidas a través del análisis de la evidencia empírica; pero no es menos cierto que las 125.000 personas procesadas a lo largo de la existencia de la Inquisición tampoco permiten minusvalorar la relevancia de la represión que ejerció, especialmente si consideramos que el 3,5 por ciento de las mismas fueron relajadas en persona o en efigie y que otro porcentaje imposible de establecer murió como consecuencia de la tortura a la que se vieron sometidas en sus lóbregas mazmorras[59].  Y en lo que respecta a la supuesta actitud tolerante de la Inquisición española con respecto a la hechicería, suscribimos la opinión del profesor Fontana, cuando señala que si su represión tuvo escasa incidencia en nuestro país, ello no se debió a la “sabiduría y firmeza” de hombres excepcionales como Salazar, “sino porque aquella se encontraba ocupada en perseguir y quemar protestantes, moriscos y judaizantes”, de una manera no menos bárbara y cruel que la exhibida  por sus colegas luteranos y calvinistas en la Europa septentrional durante la caza de brujas[60].

Hoy Zugarramurdi puede presumir de la historia de unos vecinos valientes que  sufrieron una persecución tenebrosa por haber conservado unas tradiciones religiosas alejadas del catolicismo ortodoxo, siendo dueños de sus cuerpos, su sexualidad, su relación con la naturaleza y otras experiencias vitales, una imagen que fue desprestigiada y manipulada hasta el extremo de conducirles a la exclusión social y la muerte. En definitiva, una tradición que los hacía libres, ni mejor ni peor que la defendida por la ortodoxia oficial. Mas la libertad aparecería recurrentemente como eterna enemiga de la Inquisición. Hoy en día,  más de 50.000 personas se acercan cada año a Zugarramurdi para conocer esta desgarradora crónica que es ciertamente una lección de historia que invita a la reflexión[61].

Zugaramurdi, una lección histórica de la injusticia

Zugarramurdi no es un pueblo cualquiera. La huella de la historia ha marcado profundamente su lugar como sitio de peregrinaje para curiosos, investigadores y turistas. Paradójicamente, la esperanza del pueblo se debe a los terribles actos acontecidos en el Auto de Fe. Su porvenir económico que atrae al año a miles de visitantes, renace de la muerte y tortura de sus habitantes. Como sostiene Koro Irazorki, historiadora local: “En el drama y en la tragedia de nuestros antepasados se ha cimentado el futuro de sus descendientes”.

El importantísimo centro cultural que es hoy en día, sigue atrayendo por la oscura historia, a la que llevan a conocer a los niños de las zonas cercanas en autobuses escolares para aprender una esclarecedora lección sobre su propia memoria.

Ahora, la bruja se ha desdramatizado en muchos sentidos, en películas, libros, series o cómics. Pertenece a la cultura popular y aunque se la sigue mirando con respeto e incluso creencia, su renovada imagen ha ayudado a este desprestigiado arquetipo femenino a ser analizado desde otro punto de vista distinto y opuesto al relato oficial que la tradición católica y represiva construyó sobre él, en buena medida a partir de los archivos de la Inquisición. De hecho sirve como símbolo de lucha en colectivos feministas, apropiándose del termino negativo para empoderarse con lemas como “Somos las nietas de las brujas que nunca pudisteis quemar” en referencia al estribillo versionado de la canción de “No somos nada”, del álbum del mismo nombre aparecido en 1987.

La bruja valía además en el siglo XVII de chivo expiatorio de la sociedad. Servía por un lado para interactuar con lo opuesto a todos los valores del bien, de los cuales constituía su negativo, lo que servía para que las autoridades eclesiásticas propagaran de los púlpitos la idea de que los miembros de la comunidad deberían esforzarse en ser unos buenos cristianos obedientes, pues de lo contrario caería sobre ellos todos el peso de las leyes divinas y humanas. Por otro lado, la presencia de brujas y hechiceros era conveniente como válvula de escape  -el enemigo interno- a la que invocar para mitigar los enfrentamientos dentro de la sociedad estamental, ya que, según este elemento de la ideología dominante, no serían los desequilibrios en el reparto de la renta o las  injusticias de los poderosos los causantes de las duras condiciones de vida del pueblo llano, sino actos individuales perpetrados por algunos de sus integrantes que vivían al margen de la sociedad y practicaban el culto satánico, la esencia opuesta a Dios.

El pueblo de Zugarramurdi tiene algo especial, lejos de las mitificaciones inquisitoriales. Paseando por sus calles de casas con tejados a dos y cuatro aguas, conociendo a algunos de sus encantadores habitantes y dejándose perder por el monte y las cuevas, es imposible no admirar con respeto el lugar que sufrió una persecución injusta. Donde antaño la fama de aquellas brujas, sentenciadas por el Santo Oficio, avergonzaba a sus moradores,  cuatro siglos después, las investigaciones históricas y antropológicas las han convertido en un icono del orgullo que suscita la solidaridad con el pasado de los encausados por causas injustas, en este caso, por tener vivencias naturales y religiosas distintas del catolicismo intolerante que dominaba la España del Antiguo Régimen.

Cuando estuve unos días en Zugarramurdi para conocer de primera mano la escena del crimen, no tuve ninguna duda de que la historia a la que me enfrentaba era algo que merecía la pena, no sólo porque me permitiría reivindicar la dignidad de los asesinados, torturados y estigmatizados en aquel proceso inquisitorial, sino también, aunque no por ello menos importante, para rescatar de nuevo la memoria de la mujer en la Edad Moderna, que fue siempre menospreciada, humillada y condenada al olvido, a ser un cuerpo esclavo con el que tener descendencia y satisfacer las necesidades masculinas de forma sumisa. Esta es sin duda una historia de mujeres libres, donde su soberanía del cuerpo, como de su alma, alejada de la estricta ortodoxia que se vivía en el reino de Felipe III, eran una amenaza para la Inquisición y, por ende, para la propia Monarquía católica. Es un ejemplo de cómo el fanatismo religioso, junto a la misoginia alimentada desde el albor de los tiempos, desencadenó miles de asesinatos en Europa durante la tristemente célebre caza de brujas, en cuyo decurso en la Confederación Helvética, el Sacro Imperio Romano Germánico, las Monarquías escandinavas, pero también en el reino de la Península ibérica, mujeres pobres y curanderas, encarnación del enemigo público, fueron quemadas vivas. Es un testimonio lleno de sufrimiento de terribles sucesos que marcaron un antes y un después dentro de los procesos de brujería en España, pues a partir de ese momento la quema de brujas en el reino se redujo de forma significativa hasta desaparecer. Una narración que merece ser recobrada del olvido para devolver una vez más la orgullosa dignidad a un pueblo castigado por pura incomprensión y exaltación fanática.

Sin embargo, la historia de la brujería en este pequeño pueblo del norte es tan solo una muestra que pone a Europa ante sí misma y va más lejos de párrafos en libros empolvados, al atesorar la esencia de la caza de brujas. Trasciende a este periodo oscuro  concreto de la Edad Moderna de nuestro subcontinente, pues afecta a la historia colectiva de la humanidad en su afán perverso por imponer al otro sus creencias e ideas. Las “cazas de brujas” que se desarrollaron desde finales de la Edad Media constituyen una valiosa prueba de cómo podemos llegar a comportarnos. De hecho, el término caza de brujas se ha convertido en sinónimo de persecución, odio y represión contra todo tipo de minorías, colectivos oprimidos o sujetos que defendieron su distinta forma de ser y de pensar a capa y espada, motivo por el cual se ha empleado para aludir a la persecución sufrida por  homosexuales, transexuales, la mujer, comunistas, libertarios, indígenas, negros, gitanos, judíos y un largo etcétera. Todo ello lo ha escrito la humanidad con sangre en las páginas de nuestra historia. No sería justo pasar por el vía crucis de las brujas de Zugarramurdi sin aprender una lección documentada sobre las terribles consecuencias pueden llegar a tener la intolerancia institucionalizada y la represión política de quienes son diferentes.

Charlando con Ainhoa Aguirre, gerente del Museo de las Brujas, que me concedió muy amablemente muchos minutos de su tiempo, mi interlocutora subrayó a propósito de las víctimas del proceso inquisitorial, dejándome sin palabras, que “nunca aprendemos de nuestros errores”. Sirvan las palabras de la presente investigación para intentar extraer lecciones del pasado, porque literalmente, como a los protagonistas de esta crónica, nos va la vida en ello.

Anexo 1. Listado de brujos sentenciados en el Auto de Fe de Logroño de 1610

Dos mil brujos fueron investigados en el curso del proceso. Treinta y uno fueron sentenciados en el histórico Auto de Fe, junto a sus principales protagonistas, mientras que sesenta y cinco fueron reconciliados por el edicto de gracia, seis tras su lectura pública y el resto despachadas en visitas locales, sin que tuvieran que personarse en Logroño: unos cincuenta a cargo del inquisidor Valle, en los Pirineos, y otros 1.802 por Alonso de Salazar y Frías, tras publicarse el referido edicto de gracia. La lista de los treinta y un brujos sentenciados en Logroño los días 7 y 8 de noviembre de 1610 ha sido extraída de Gustav Henningsen, El abogado de las brujas. Madrid: Alianza Editorial, 2010. pp. 465-469.

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Anexo 2. Material fotográfico

Todas las fotografías son originales del mismo firmante del trabajo, realizadas sin retoques, en las cuevas y localidad de Zugarramurdi, con fecha desde el 16 al 20 de marzo de 2016.

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Salida con destino al Puente del Infierno. Cuevas de Zugarramurdi.

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Galería principal. Visión desde la entrada, al comienzo de la galería superior occidental. Cuevas de Zugarramurdi.

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Vista desde dentro del Akelarrearen Lezea hacia su salida (galería superior oriental). Cuevas de Zugarramurdi.

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Pequeña gruta citada en el texto, de la que no hay constancia en los mapas oficiales de la cueva que proporciona el Ayuntamiento en colaboración con el Museo y las Cuevas de Zugarramurdi.

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Iglesia de Zugarramurdi, en el centro del pueblo.

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Museo de las brujas, inaugurado en julio de 2007. Pueblo de Zugarramurdi.

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Bibliografía

Libros:

-AGUIRRE LASA, Ainhoa, La gestión turística del patrimonio natural y cultural de Zugarramurdi: motor del desarrollo local. En Arrieta Urtizberea, Iñaki, Activaciones patrimoniales e iniciativas museísticas: ¿por quién? y ¿para qué? Bilbao: Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatearen Argitalpen Zerbitzua, 2009, pp. 223 – 237.

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Recursos online:

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El Confidencial (2014) La auténtica historia de Zugarramurdi (que da más miedo que la de ficción) http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-02-22/la-autentica-historia-de-zugarramurdi-que-da-mas-miedo-que-la-de-ficcion_91964/ [Consultado el 16 de abril de 2016]

El Confidencial (2014). Respuestas de Mikel Azurmendi (Entrevista). http://www.ecestaticos.com/file/8d4bbe3b69601fc5ce2b9f2af6d95a0a/1392901213.pdf [Consultado el 15 de abril de 2016]

Espacio en Blanco: 13/11/10 II (2010) Radio Nacional de España. Congreso de Toledo, Auto de fe de Zugarramurdi y Santo Grial de Valencia http://www.ivoox.com/espacio-blanco-13-11-10-ii-congreso-de-audios-mp3_rf_424446_1.html [Consultado el 18 de marzo de 2016]

La Mecánica del Caracol (2010) La verdadera Historia de “Las Brujas de Zugarramurdi”  Radio Euskadi. (Entrevista a Gustav Henningsen). http://www.ivoox.com/verdadera-historia-las-brujas-zugarramurdi-audios-mp3_rf_414665_1.html [Consultado el 13 de febrero de 2016]

Mitxel Casas. Euskal Telebista Las cuevas de Zugarramurdi https://www.youtube.com/watch?v=O4jA7efPauQ El pentáculo. [Consultado el 12 de abril de 2016]

Muy Historia (2015) ¿Cuántas brujas quemó la Inquisición en España? http://www.muyhistoria.es/curiosidades/preguntas-respuestas/icuantas-brujas-quemo-la-inquisicion-en-espana [Consultado el 1 de abril de 2016]

Sara Puerto (2013). Zugarramurdi. Hervidero de Brujas. La Aventura de la Historia nº 179. https://es.scribd.com/doc/249872792/Las-Brujas-de-Zugarramurdi?secret_password=inN0Uye3UuUb7WI8FDhb#fullscreen desde sarapuerto.com http://sarapuerto.com/portfolio-item/zugarramurdi-hervidero-de-brujas/ [Consultado el 2 de febrero de 2016]


Citas

[1] Texto reproducido por Jesús Callejo para explicar los prejuicios sociales sobre la brujería en su libro Breve Historia de la brujería. Madrid: Ed. Nowtilus, 2006,  pp. 17-19.

[2] Como ejemplo de ello es la datación del historiador alemán Joseph Hansen, que estima la primera quema de una bruja llamada Angela de la Barthe en 1275 en Toulouse (Francia), acusada de comer carne de niños y tener relaciones con el demonio. Según sus estudios en el siglo XIV cientos de brujos y brujas habrían sido quemados en la hoguera por la Inquisición de Toulouse y Carcasona en 1350. No obstante, esta tesis ha sido desmontada por el prestigioso historiador danés Gustav Henningsen, pues los datos de las persecuciones del sur de Francia se basan en la divulgación escrita de un novelista francés, el barón Etienne Lamothe-Langon en 1829. En 1970 dos investigaciones, una americana y otra inglesa, demostraron que las fuentes aducidas nunca existieron, sino que se debían a licencias literarias para ambientar los textos novelados. Los primeros y escasos datos de la represión contra la brujería salen a la luz en Suiza y Croacia en 1360, cuando las autoridades civiles, emprendieron su persecución.

[3] Dworking, Andrea, Woman Hating. Nueva York: Penguin Books. 1974. p. 130.

[4] Baeyer-Katte, Wanda, von, Die historischen Hexenprozesse: Der Verbürokratisierte Massenwahn, en Massenwahn in Geschichte und Gegenwar Stuttgart: W Bitter, 1965, p. 222.

[5] Fontana, Josep, Europa ante el espejo. Barcelona: Crítica, 1994, p. 90.

[6] P. Levack, Brian. La caza de brujas en la Europa Moderna. Ed. Alianza Universal, p. 48.

[7] Parker, Geoffrey“Some Recen Work on the Inquisition in Spain and Italy”. Journal of Modern History, 54. Chicago: University of Chicago Press: 1982. p. 529

[8] Haywood, Joh, Catchpole, Brian, Hall, Simon y Barrat, Edward. La Historia del Mundo en Mapas. Madrid: Ed. Susaeta, 2015,  p. 210.

[9] Fernando II de Aragón y V de Castilla (1452 – 1516) e Isabel I de Castilla (1451 – 1504) tenían asimismo  el título de Reyes Católicos por concesión del papa Alejandro VI en 1494.

[10] La palabra Insquisición es una derivación del latín inquisitio, inquisitionis, cuyo significado es inquirir debido a que sus representantes realizaban las pesquisas conducentes a esclarecer las herejías. La palabra latina a su vez procede de inquirere con el prefijo añadido a quarere que es buscar o preguntar, de tal modo que inquisitio es “interrogar”. El Tribunal tuvo una larga vida en España y no fue abolida hasta 1834 de manera formal durante la regencia de María Cristina (1833 – 1840).

[11] Elliott, J. H.,  La España Imperial. 1469 – 1716. Barcelona: Ed. Vicens Vives, 2005,  pp. 110-114.

[12] Constituyen la diáspora sefardí; la palabra Sefarad era la utilizada para referirse a España por los judíos. En 1509 se ponen en marcha medidas similares respecto a los mudéjares, prohibiendo su culto, ritos y costumbres, forzándoles a convertirse a la fe católica e identificando de esta forma a la monarquía con una única religión. Es en esta coyuntura cuando se crea el Santo Oficio para reprimir a los conversos que seguían practicando el judaísmo en secreto, como señala Joseph Pérez, La Inquisición española. Crónica negra del santo Oficio. Madrid: Martínez Roca, 2002, pp. 44-80.

[13] El cristianismo heterodoxo se vivió clandestinamente en España, siendo buena prueba de ello  los recogidos, alumbrados, erasmistas y místicos, que fueron duramente combatidos en la era de los Austrias.

[14] Huertas, Pilar, Miguel, Jesús de y Sánchez, Antonio, Historia de la Insquisición. Madrid: Ed. Libsa, 2014, pp. 215 – 221.

[15] Fontana, Josep, Europa ante el espejo. Barcelona: Crítica, p. 91.

[16] La riqueza cultural del reino hacía que hubiera supersticiones ancladas en el imaginario colectivo.

[17] Callejo, Jesús, Breve Historia de la brujería. Madrid: Ed. Nowtilus, 2006 pp. 211-229.

[18] Martillo de las Brujas. Redactado por dominicos Kraemer y Sprenger tras la aceptación del papado de la existencia del culto satánico, auténtico negativo del cristiano. Demonio. Kramer, Heinrich y Sprenger, Jacobus, Malleus Maleficarum. (El martillo de las brujas). Madrid: Orión, 1975.

[19] Apud. Callejo, Jesús, Breve Historia de la brujería. Madrid: Ed. Nowtilus, 2006, p. 156.

[20] Perrot, Michelle, Mi historia de las mujeres. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2008,  p. 109.

[21] Quaife, G. R., Magia y maleficio. Las brujas y el fanatismo religioso. Barecelona: Crítica, 1989, pp. 13-30.

[22] López García, José Miguel (dir.), El impacto de la Corte en Castilla. Madrid y su territorio en la época moderna. Madrid: EUROCIT/Siglo XXI, 1998, pp. 151-162 y Sinatti, Giacomo, Rosario Peludo Gómez, María del, España como Imperio. Madrid: Susaeta, 2014,  p. 104.

[23] La Inquisición continuaba sus procesos habituales y la política pacifista de la Corona con Inglaterra y Holanda se debía a una crisis de la economía, casi colapsada a mediados de la década 1590-1600, como señala J. H. Elliott. A su vez, se expulsó definitivamente de España a los moriscos en 1609.

[24] Sobre la palabra sorgin (brujo o bruja en euskera), hay dos significados distintos. El primero tiene que ver con sortze (nacer o crear) y egin (hacer), es decir, la que hace nacer, la partera. Otros estudios apuntan hacia zorte (suerte) y egin, que significaría la que hace la suerte en el sentido de adivinación u oráculo.

[25] Datos informativos de la Cueva de las Brujas. Zugarramurdi.

[26] Ver el trabajo de Anastasio Rojo Vegas, en de Zamora Calvo, María Jesús y Ortiz, Alberto, Espejo de Brujas. Madrid: Ed. Abada, 2012,  pp. 315 – 333.

[27] MONTER, E. William Monter, Witchcraft in France and Switzerland: the borderlands during the Reformation.  Indiana: Ithaca, 1976. p. 124.

[28] Thomas, Keith, Religion and the decline of magic, Oxford: Oxford University Press. 1971. p. 633

[29] Quaife, G. R., Magia y maleficio. Las brujas y el fanatismo religioso. Barecelona: Crítica, 1989, p. 197.

[30] Campagne, Fabián Alejandro, Strix hispánica. Demonología cristiana y cultura folklórica en la España moderna. Buenos Aires: Prometeo, 2009,  pp. 160-161.

[31] Lapurdi, parte occidental del País Vasco francés.

[32] Caro Baroja, Julio. Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza, 1995,  p. 219.

[33] Estimación basada en los documentos conservados del Archivo Histórico Provincial de Álava y el Archivo Histórico Nacional.

[34] Datos del Ayuntamiento de Zugarramurdi.

[35] Balasch Blanch, Enric y Ruiz Arranz, Yolanda, Atlas ilustrando de la Inquisición en España. Madrid: Susaeta, 2014,  p. 184.

[36] También llamado así para relacionar la festividad judía del mismo nombre con las ceremonias satánicas, emparejando la religión judía con lo opuesto a Dios.

[37] Comando Actualidad. Salir en el mapa. Zugarramurdi. http://www.rtve.es/alacarta/videos/comando-actualidad/comando-actualidad-salir-mapa-zugarramurdi/2876838/ [Consultado el 7 de abril de 2016]

[38] Acusado de ser el txistulari del aquelarre, el músico que supuestamente acompañaba la ceremonia con el chistu y el tambor.

[39] Entrevista a Mikel Azurmendi en el Confidencial, autor de Las brujas de Zugarramurdi (Almuzara).

[40] Esto no ocurría siempre, como se demuestra en el documento “Inquisición de Navarra. Cuaderno de actos comprobados de Brujos.” que lleva las firmas de los Inquisidores Álvarado y Becerra, donde se pone como ejemplo a tres mujeres de 90, 66 y 40 años que fueron al aquelarre sin ungüento, literalmente escrito. Los efectos del mismo les hacía creer que iban por el aire. Florencio Idoate, Un documento de la Inquisición sobre brujería en Navarra. Pamplona: Aranzadi, 1972, p. 58.

[41] Henningsen, Gustav,  El abogado de las brujas. Madrid: Alianza, 2010,  pp. 124 – 125.

[42] Sentencia conjunta del proceso inquisitorial, f. 390v y Méritos de Sansín, f. 173r. Apud. Henningsen, El abogado de las brujas. Madrid: Alianza, 2010, pp. 126.

[43] Como ya hicieran los dos dominicos alemanes que redactaron el Malleus Maleficarum, los inquisidores construyeron este elemento del culto satánico en contraposición con otro perteneciente a la ortodoxia católica, algo que ya apuntó Josep Fontana, Europa ante el espejo. Barcelona: Crítica, 1994, p. 91.

[44] Clérigo que había sido secretario de los obispos de Valladolid y Burgos.

[45] Monje de la orden de Alcántara, creada a mediados del siglo XII.

[46] Henningsen,  Gustav, El abogado de las brujas. Madrid: Alianza, 2010,  pp. 463 – 509.

[47] Caro Baroja, Julio, Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza, 1995,  p. 220.

[48] Callejo, Jesús, Breve Historia de la brujería. Madrid: Ed. Nowtilus, 2006,  p. 230.

[49] Puerto, Sara, “Zugarramurdi. Hervidero de brujas”. La Aventura de la Historia, 179 (2013).

[50] Los relajados eran los sentenciados a muerte y solían ir en el último lugar de la procesión de presos durante la celebración de los Autos de Fe de la Inquisición, como ocurrió en este de Logroño.

[51] Esta ejecución simbólica consistía en quemar los ataúdes con los huesos de los difuntos y sus estatuas, una manera espeluznante de enseñar al pueblo que ni después de muertos se librarían de la condena del Santo Oficio, siendo incinerados en vez de inhumados según el tradicional rito cristiano, los que les impediría resucitar el día del Juicio final. Además iban otros cinco en efigie, que lograron la reconciliación después de muertos. En total, 13 personas fueron reconciliadas o relajadas en efigie de los 31 sentenciados los días 7 y 8 de noviembre de 1610. Balasch Blanch Enric y Ruiz Arranz, Yolanda, Atlas Ilustrado de la Inquisición en España. Madrid: Susaeta, 2014. pp. 188-189.

[52] Sacos penitenciales que servían para identificar al preso y humillarle públicamente. Tras el Auto de Fe, eran colgados en las parroquias de las cuales eran feligreses sus familiares, lo que extendía el castigo infamante a las sucesivas generaciones.Pérez, Joseph, La Inquisición española. Crónica negra del santo Oficio. Madrid: Martínez Roca, 2002, pp. 351-353.

[53] Los Autos de Fe no deben relacionarse con las ejecuciones, ya que estas últimas solían producirse al día siguiente y en ellas únicamente intervenía la justicia civil. Además muchos se celebraron sin víctimas.

[54] Caro Baroja, Julio. Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza, 1995,  p. 228.

[55] Los procesos se llevaron a cabo en Fuenterrabía, San Sebastián, Tolosa, Azpeita, Rentería, Vergara, Pasajes, Deva, Oñate, Guetaria y Motrico, en Guipúzcoa; en Salvatierra y Vitoria en Álava y por último, en Berriatua y Marquina en Vizcaya.

[56] Callejo, Jesús, Breve Historia de la brujería. Madrid: Ed. Nowtilus, 2006,  p. 236.

[57] Esta cifra ha sido respaldada por una investigación de 29 especialistas durante 4 años. Muy Historia http://www.muyhistoria.es/curiosidades/preguntas-respuestas/icuantas-brujas-quemo-la-inquisicion-en-espana. [Consultado el 1 de abril de 2016]

[58] Navajas Twose, Eloísa y Sainz Varela, José Antonio, Brujas: Sorginak! : Los archivos de la Inquisición y Zugarramurdi. Secretaría General Técnica, Subdirección General de Publicaciones, Información y Documentación, 2008, p. 85.

[59] Nuestras cifras reflejan las estimaciones más fiables realizadas por Jaime Contreras y Gustav Henningsen, recogidas por Pérez, Joseph, La Inquisición española. Crónica negra del santo Oficio. Madrid: Martínez Roca, 2002, pp. 422-423.

[60] Fontana, Josep, Europa ante el espejo. Barcelona: Crítica, 1994, p. 91.

[61] Aguirre, Ainhoa Actividades patrimoniales e iniciativas museísticas: ¿por quién? y ¿para qué? Bilbao: Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatearen Argitalpen Zerbitzua, 2009, pp. 223 – 237.

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