Representar la guerra moderna: diarios del frente (1914 – 1918)

Ernst Jünger (1895 – 1998) fue un soldado, escritor, novelista e historiador alemán que, especialmente en ‘Tempestades de Acero’ narra la crudeza de la guerra. La Primera Guerra Mundial (1914 – 1918) ha sido generalmente olvidada, silenciosamente apartada debido a su segunda parte entre los años 1939 y 1945. La especial inclemencia que se vivió durante la Segunda Guerra Mundial y su desprecio por el valor de la vida humana fue dejando a la primera gran contienda europea del siglo XX en un capítulo arrinconado.

No obstante, con los escritos de Jünger podemos comprobar cómo la crueldad de las batallas no eran nada nuevo en 1914.

Las causas de enfrentamiento entre las potencias centrales (Imperio Alemán, Austria – Hungría y como aliado principal el Imperio Otomano) y la Triple Entente (Inglaterra, Francia, Rusia, e Italia, esta última desde 1915, junto a otras naciones importantes que serían aliados como los EEUU) tienen que ver con un sistema de alianzas, nacionalismos radicales, imperialismo, ambiciones coloniales e intereses económicos que estallaría con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa, Sofía Chotek, en Sarajevo el 28 de junio de 1914. Todo ello inmerso en el mundo de la segunda revolución industrial (1850 – 1914) que permitiría desarrollar una guerra especialmente cruel como nunca antes se había visto.

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Además, el catedrático José Emilio Castelló apunta a otros tres factores importantes para el conflicto: la rivalidad entre Francia y Alemania, las diferencias entre esta y Gran Bretaña por dominar el mar y la situación de los Balcanes, cuyos intereses estaban amenazados por Rusia y Austria – Hungría.

Con este telón de fondo tenemos a nuestro protagonista Jünger como un polémico testigo e intérprete de las dos guerras que azotaron a Europa, “no se le perdonan sus dos guerras mundiales en el ejército alemán ni su conservadurismo y nula crítica a los nazis” como señala el doctor en filosofía Luis Fernando Moreno Claros. Su visión patriótica y elitista de la vida va tender hacia la Konservative Revolution – Movimiento Revolucionario Conservador – con un ideario de organicismo nacional opuesto al liberalismo democrático moderno y a las ideas del materialismo histórico del marxismo. Esta corriente tuvo un gran éxito entre la juventud aristocrática y la clase de los junkers (nobleza terrateniente de Prusia que dominó Alemania a lo largo del siglo XIX y principios del siglo XX). Además, ingresó en las filas de la Legión Extranjera Francesa para incorporarse más tarde como voluntario en el ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial para “librarse del instituto” (como indica el periodista José Andrés Rojo), teniendo que sobrevivir en el frente ruso durante la lucha contra la URSS.

Sin embargo, no podemos encasillarlo dentro del nacionalsocialismo alemán por su oposición al antisemitismo y a las políticas de Hitler, de las que pensaba que llevarían a Alemania al abismo como de hecho sucedió con la derrota de 1945 del Tercer Reich. Dependiendo del autor que analice su figura vemos más o menos cargas ideológicas para su revisión histórica, siendo en cualquier caso un cúmulo de contradicciones.

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Los párrafos de Jünger son extrañamente fríos y observadores, propios de una persona calculadora que ve la guerra como un desastre a veces ajeno a él mismo, con la mentalidad de indiferencia del viejo soldado que ya no teme a la muerte, tal y como parece autodefinirse en un pasaje literario. De este hilo podemos tirar para comprender cómo describe la muerte en las trincheras como si de un fenómeno atmosférico inevitable se tratara, como si lloviera porque tiene que llover.

En ‘Tempestades de Acero’ nos acercamos a la vida cotidiana en las trincheras, periodos fatigosos con pequeños descansos en la retaguardia. El binomio frente – retaguardia es una constante en la vida militar de su obra.

El día a día se desarrollaba entre balas, lecturas, tabaco, alcohol, barro y montículos de camaradas caídos – cuando se tenía la ocasión de enterrarlos -.

Describe con un espíritu literario los largos atardeceres y el ambiente de trinchera contrastando con un desapego emocional hacia los heridos, mutilados y muertos en el frente. También refleja la monotonía de los abrigos y galerías que se rompen con las cartas o extraños juegos de guerra como el de amontonar grandes proyectiles los días de niebla para después acumularlos como diana y jugar a acertar, haciendo que explotaran.

De igual modo podemos ver la vida en la retaguardia como un oasis entre la guerra. Las autoridades militares allí tienen un gran control sobre la población civil e incluso los cargos al frente de pueblos se hacen llamar reyes, jactándose de su autoridad. Así encontramos al pequeño rey de Quéant y al pequeño rey de Inchy, luchando del mismo bando pero que tuvieron un enfrentamiento que se saldó con hacer prisionero al segundo, y entregando al primero un grueso tonel de cerveza por su libertad. Una atmosfera extraña de tomarse la guerra como un juego donde el alcohol va a ser siempre un escape de la realidad.

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Esto no solo afectará a los altos mandos, sino que incluso entre alemanes e ingleses, enfrentados en trincheras, van a tener redes de contrabando para intercambiar vinos, cigarrillos, botones, alimentos y todo lo que un soldado pudiera comerciar con el consentimiento de oficiales.

Por otra parte, se destacan las condiciones en las que vivían los soldados con un barro continuo cuando llovía, techos que gotean y ratas que acompañaban las trincheras. Respecto a esto se ha quedado en el imaginario colectivo la primera Guerra Mundial como una contienda librada principalmente en trincheras mugrientas, con precariedad frente a disparos enemigos a 30 metros, pero Carlos Canales y Miguel del Rey recuerdan que solo una parte relativamente pequeña de los ejércitos estuvo destinada a ellas, destacando la importancia de líneas de suministros, centros de formación, almacenes, talleres, oficinas centrales y la guerra en el aire y en el mar.

Ernst Jünger también tiene una peculiar visión de la guerra que no tiene que ver con el exterminio total de la Segunda Guerra Mundial, tiene respeto por sus enemigos – los cuales, como denuncia, solían tener más recursos – con una rivalidad casi deportiva que a veces roza lo absurdo al querer hasta hacerse regalos y beber juntos para declararse después solemnemente la guerra. Conserva en general un enfoque casi decimonónico y gélido ante los asesinatos como cuando por ejemplo compara el ajetreo de un pueblo donde sufre un bombardeo con un hormiguero alborotado, de una manera un tanto grotesca.

Sus relatos de la guerra son en cambio imprescindibles para entender cómo la humanidad perdió una vez más la cabeza en la locura armamentística y beligerante. Citando al escritor y filósofo Paul Valéry: “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen, pero no se masacran”.

@hectorbraojos

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