Titanic, historia de un lujoso naufragio

Algo tiene de fascinante el Titanic cuando su historia se mantiene en el tiempo viva más de un siglo después de su hundimiento con enorme curiosidad de cómo el famoso y ostentoso buque de la White Star Line, acabó a kilómetros de profundidad bajo las aguas del Atlántico. El descomunal buque dio una impresión de total seguridad en sus tiempos, la auténtica dominación del hombre contra la naturaleza utilizando de herramientas la ciencia y las máquinas.

Toda una cultura popular de souvenirs, libros, artículos y películas han ido haciendo de comparsa al recuerdo de un sueño de la ingeniería humana que terminó naufragando en el trayecto que partía de Southampton (Inglaterra) con destino a Nueva York (Estados Unidos) el 10 de abril de 1912.

Al contrario de lo que se suele pensar, el RMS (Royal Mail Ship) Titanic no era el número 1 en la compañía naviera White Star Line, este era el Olympic, su hermano gemelo prácticamente idéntico y que tuvo la ocasión de construirse antes del Titanic, lo que le granjearía un protagonismo mayor en una época de acelerados cambios provocados por la segunda revolución industrial que arrancaba desde  mediados del siglo XIX; una era de nuevos prodigios artificiales, de la radio, el teléfono, los aviones, el telégrafo, el automóvil o el ferrocarril. La máquina, el desarrollo científico, médico y los materiales ‘nuevos’ repensados y utilizados para servir a tamaña empresa (así como la generalización del aluminio, el acero o la electricidad) sirvieron para transformar la realidad y para atreverse a soñar con extraños mecanismos al puro estilo de Julio Verne.

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El Titanic es solo una muestra del afán de superación de este prodigioso momento industrial, tenía en total 46.328 toneladas de peso y dieciséis compartimentos estancos con puertas aislantes cuyos constructores (la compañía germano-inglesa Stone-Lloyd) habían promocionado sus ventas irónicamente con un libro titulado ‘Buques Insumergibles’.

El grosor de la chapa que tenía su casco era de 38 centímetros, 29 calderas con 159 hornos alimentaban el organismo mecánico de buque. Tres hélices lo empujaban y tres chimeneas (la cuarta estaba inutilizada) ventilaban sus entrañas desde la cocina y la sala de calderas.

La gran controversia del Titanic durante su terrible colisión fueron los escasos botes que hicieron perder la vida a centenares de pasajeros de todas las edades y condiciones.

Lo cierto es que las leyes marítimas estaban completamente desfasadas y el buque le llevaba 14 años de delantera a su punto final de redactarse, cuando se promulgaron en 1894 ni un barco sobrepasaba las 10.000 toneladas, el Titanic superaba con creces cuatro veces esa cifra en 1912.

El gigante marítimo

En total había 20 botes salvavidas con 1.178 plazas, además de 3.560 chalecos salvavidas y 48 flotadores. No obstante, el Titanic tenía un espacio para 3.547 pasajeros y tripulación, aunque en el fatídico viaje inaugural fueron solo 2.207 personas. No contar con un bote salvavidas en la fría noche del hundimiento era prácticamente una sentencia de muerte por las gélidas aguas del Atlántico, sería imposible sobrevivir a unas temperaturas tan agresivas. Nadie hubiera imaginado un naufragio tan triste y aterrador en mitad de la nada, en un silencio de los alrededores del océano que solo se rompía por los llantos y los gritos de socorro.

El Titanic no había acaparado tanta atención como su hermano el Olympic, financiados ambos por el canadiense William Pirrie, el británico Bruce Ismay y el norteamericano Piermont Morgan. En su viaje inaugural no hubo banda ni festejos, solo familiares despidiéndose de sus seres queridos.

Los dos transatlánticos eran las joyas de la compañía naviera cuyo lema era ‘Confort, lujo y seguridad’. Su distribución estaba desglosada en tres clases en función del coste que comprara el pasajero. El Titanic tenía claramente divididas las zonas privilegiadas de las más austeras.

La primera clase tenía un gimnasio, restaurantes, cafeterías, un salón-comedor, piscina, baños turcos, una sala de lectura, otra de escritura, una pista de squash, la cubierta para disfrutar de los paseos en un ambiente de auge de la Belle Époque, e incluso una sala de revelado de fotos. La ostentación y el maravilloso estilo artístico engalanaban desde los dormitorios hasta los pasillos de esta clase en contraste con los pasajeros menos pudientes, un reflejo de la desigualdad de los tiempos que se vivían.

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En segunda clase compartían la peluquería con el primer grupo, al igual que la piscina y los baños turcos de manera opcional. Por otra parte, contaban con un salón, una sala de lectura, otra de fumadores y paseos por la cubierta.

En último lugar, la tercera clase, los más pobres del pomposo buque tenían salón, sala de fumadores, de recepción, y limitados paseos por la proa y popa, pero no podían caminar al lado de la segunda y primera clase por la cubierta, parcelando la misma en zonas aisladas, de igual modo tampoco tenían acceso a la zona de los botes salvavidas, toda una declaración de intenciones de quién se podría salvar antes si había algún contratiempo en el viaje.

El primer y último viaje del Titanic

El viaje comenzó ya con sustos, cuando en el puerto de Southampton, el Titanic casi colisionó con el buque New York pasando por su lado.

Después de zarpar de Inglaterra, se haría escala en Cherburgo (Francia) y en Queenstow (Irlanda) para recoger a los últimos pasajeros e ir directamente a Nueva York a través del Océano Atlántico.

Desde el mismo miércoles 10 hasta el domingo 14 de abril, los pasajeros solo pudieron disfrutar de 5 días de tranquilidad hasta el final de un viaje que nunca llegaría a su destino.

El pasado invierno de 1911 había provocado más icebergs de los esperados, que se habían mantenido como enormes islas flotantes de hielo que no avisaban de su presencia a ninguna nave que tuviera la mala estrella de cruzarse con ellos.

Se recibieron avisos de ello, pero los dos radioperadores a cargo de las comunicaciones estaban continuamente atareados emitiendo mensajes de pasajeros de primera clase, quedando constancia de la advertencia, pero relegadas a un segundo plano, ya que aquel domingo, cuando el sol cayó la velocidad media no bajó, sino que aumentó a los 21 nudos, 35 km por hora moviendo un enorme buque de más 46.000 toneladas. A esto se sumaban la falta de botes y los prismáticos que nunca tuvieron los vigías encargados precisamente de otear hielos para esquivarlos.

La temperatura había descendido con la noche hasta los 0 grados en la zona de Grandes Bancos, al sur de Groenlandia, donde ocurrió el trágico accidente.

Aquella noche sin luna, sin olas y la majestuosidad de ingenio humano cruzando aguas tranquilas, con todas las luces encendidas de los camarotes en la oscuridad debió ser un digno espectáculo iluminado tímidamente por las estrellas que hacían de frontera entre el océano y el cielo que apenas se diferenciaban.

Cerca de las 12 de la noche, cuando se divisó el iceberg y se corrió a avisar, el primer oficial Murdoch ya se había anticipado dando la orden de virar a babor para tratar de esquivar aquel desafío surgido de la nada. A la vez mandó dar marcha atrás a toda velocidad, pensando que con suerte podría esquivar por la izquierda aquel hielo para posteriormente retomar el rumbo. Sin embargo, la inercia de la rapidez hacía completamente imposible dejar un margen de maniobra para la enorme nave.

El Titanic arañó el hielo y los remaches no pudieron resistir a la presión. Cinco compartimientos y medio estaban abiertos al mar que entraba con furia.

El Capitán Edward John Smith era de los pocos que sabía que solo tenía botes para 1.178 personas de las 2.207 que tenía bajo su responsabilidad. Pronto la situación y evaluación de daños haría real lo imposible. Apenas en una hora u hora y media la joya de la White Star Line se hundiría 4 km hacia el abismo del océano. Smith era consciente de que tenía que preparar la evacuación inmediata de todos los pasajeros posibles en un tiempo muy restringido.

Mientras la gravedad de la situación y el terror se adueñaban de los mandos, los pasajeros apenas notaron nada, ni una leve vibración, siendo reacios en los primeros momentos de desplazarse junto a los botes salvavidas e incluso de ponerse los chalecos. Se sentían más seguros a bordo del insumergible Titanic antes que en un ridículo bote, más aún dentro del agradable calor del interior que en la fría cubierta.

Los primeros minutos de la desgracia fueron insólitos, nadie creía que se llegaría a hundir el transatlántico. Los tripulantes recibieron la orden de ponerse los chalecos para que los imitaran los incrédulos viajeros.

Según avanzaba el tiempo, el pánico, la ansiedad y el caos se contagiaron entre todos los pasajeros. La orden de arriar los botes y salvar al máximo número de personas posibles estaba acompañada de poner fuera de peligro a las mujeres y los niños primero, una orden que se cumplió prácticamente a rajatabla en babor, mientras que en estribor la suerte para los hombres fue mayor, ya que el primer oficial Murdoch permitió subir a todas las personas posibles. Se calcula que el 80% de los hombres que se pudieron salvar aquella noche le deben la vida a William Murdoch.

El pavor generalizado era un hecho, y poco a poco se iba siendo consciente de la falta de botes y las escasas posibilidades de escapar con vida del agua helada.

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Se enviaron mensajes a los barcos más cercanos para pedir socorro. Incluso se lanzaron cohetes al verse una luz lejana en el horizonte de lo que parecía otro buque que siguió su rumbo sin detenerse. Todavía hoy no se sabe el nombre del misterioso barco que no viró para socorrer al Titanic.

Solo el Carpathia era la única esperanza del Titanic, pero se encontraba a 4 horas de llegada. Cuando llegó de madrugada el panorama era desolador y los rostros de los supervivientes daban fe de la terrible calamidad que acababa de ocurrir. Cuerpos sin vida de ahogados y muertos del frío flotaban alrededor de la dantesca escena. El Capitán Smith falleció del mismo modo en el naufragio.

Cerca de 1.500 personas fallecieron aquella madrugada de domingo. Principalmente miembros de la tripulación que mantuvieron la heroica tarea de organizar la evacuación y la tercera clase, condenada a llegar tarde a los botes y ser tratados con menos derechos que la segunda y primera clase.

A las 4 de la mañana, a toda velocidad y esquivando icebergs en plena noche, el Carpathia llegó para salvar a 712 personas de la flotilla de botes.

Después de patrullar la zona en busca de más botes, se puso rumbo a Nueva York, llegando el 18 de abril a un muelle repleto de personas que se agolpaban para ver a los supervivientes.

Encontrar el pecio del Titanic llevaría 73 años de búsqueda, convirtiéndose en un tesoro contemporáneo hundido al fondo del océano. Se localizaría en 1985 con una expedición franco-americana capitaneada por Jean Jarry.

La historia del naufragio, con su infinidad de testimonios, anécdotas y secretos sigue siendo de un atractivo inusitado para investigadores y curiosos. Un enorme buque, lleno de lujo y vida se hundió a pesar de la firme creencia en que eso jamás podría ocurrir, una metáfora de la pequeñez de la humanidad comparada con la naturaleza y los caprichos de la suerte.

Aquel ‘palacio en medio del mar’ como lo definió la pasajera Duff Gordon de primera clase, sería un episodio más en la historia de esperanzas, tragedias y falta de planificación. Hoy todavía descansa en el fondo del Atlántico un testimonio de los sueños de la humanidad, un navío que nunca llegó a buen puerto.

@hectorbraojos

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