El concepto de nación en el ciclo de la Revolución Francesa

Emmanuel-Joseph Sieyès (1748 – 1836) escribe en “Qu’est-ce que le tiers état?” (¿Qué es el tercer estado?) de 1789 sobre cuestiones trascendentales para la teoría política de Francia acerca de su proceso puesto en marcha de pasar del Antiguo Régimen a una nación[1] que requería de un respaldo ideológico que el intelectual trata de dotar al momento histórico que estaba ocurriendo.

La Corona Francesa estaba en bancarrota en buena parte por consecuencia de apoyar a los revolucionarios de las Trece Colonias a rebelarse contra el rey de Inglaterra Jorge III, aprovechando la situación para recuperar los territorios perdidos tras el final de la Guerra de los Siete años en 1763. Ello obligó al monarca a buscar nuevos ingresos entre la nobleza, que se saldó con la decisión del Parlamento de París de reservar cualquier reforma fiscal a los Estados Generales, asamblea de origen medieval que no se reunía desde 1614 y que servía para recaudar impuestos extraordinarios en momentos de gravedad. En este contexto, el ministro de estado Jacques Necker anima a los instruidos franceses a dar su opinión sobre la cuestión del fisco, lo que permite al eclesiástico y ensayista Sieyès publicar “Qu’est-ce que le tiers état?”, ahondando en los males de Francia al ser totalmente contrario a las desigualdades que se producían en el reino. La potestad de las ideas reflexivas de Sieyès expresadas de formas tan comprometidas con los menos favorecidos del reino le catapultaría a la primera línea política e intelectual siendo uno de los padres de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano y de la Constitución surgida tras la revolución en 1791.

La monarquía absoluta francesa del Antiguo Régimen se caracterizaba por su despotismo y su apoyo en privilegios estamentales que concedía al clero y la nobleza vivir a costa del trabajo del Tercer Estado o Estado llano de forma rentista (participando de la renta pero no del trabajo que la genera), además de ser un sistema clasista que paralizaba cualquier promoción social limitada si no se basaba en la riqueza para el que no fuera bellator u orator. Este orden social, que permanecía con tímidas evoluciones desde la Edad Media, ahogaba las ambiciones de la burguesía liberal de ascenso social y control político para reorganizar el estado a través de una Constitución.

De cara a la convocatoria de los Estados Generales, Sieyès profundizó sobre estas desigualdades privilegiadas alimentando teóricamente la supresión de las mismas, algo que rápidamente empoderaría al pueblo llano francés al cuestionar este orden establecido, poniéndose de lado del cambio abstracto que aún estaba por venir con la revolución de forma concreta.

Emmanuel-Joseph Sieyès traslada la demanda creciente de las ideas liberales a la reunión que se va a producir con su panfleto revolucionario y desafiante al mundo feudal que representaba el rey y su red clientelar de privilegiados que lo apoyaban sabiéndose conocedores de que al defender el Antiguo Régimen, se defendían a ellos mismos.

El eclesiástico francés hace gala de ideas estructurales y pedagógicas que parecen querer enseñar al lector sus reivindicaciones racionales. Su metáfora sobre el Tercer Estado dota al texto incluso de un bagaje literario que refuerza sus posiciones de forma clara al hablar de él como un hombre fuerte y robusto que tiene aún un brazo encadenado, es decir, que no es libre pero que es consciente de su cadena que representa la nobleza y el clero, que a finales del siglo XVIII en Francia viven muy por encima de la mayoría social pobre que paga impuestos sacando el dinero de su trabajo y con el que financia esta organización que los coloca claramente en la base inferior de la pirámide estatal sin igualdad ante la ley y sin prebendas fiscales de ningún tipo.

El autor escenifica esta parcelación de la comunidad y lo señala como un mal para el país que lo daña y debilita, calificándolo incluso de desorden al ser el Tercer Estado absolutamente todo. Es aquí cuando aparece quizás la idea más revolucionaria de su escrito, y es que resalta una evidencia estructural de las monarquías absolutas que regían Europa en la Edad Moderna: sin el Estado llano nada funcionaría, no se cultivarían las cosechas, ni llegarían mercancías a las ciudades, todo el país estallaría sin el trabajo y los impuestos que tienen ligados a su existencia por ser quiénes son. Muy al contrario, sus condiciones mejorarían sin los otros estamentos privilegiados o al menos con la desaparición de sus privilegios, pasando los estamentos de esta forma a ser una única masa, descendiendo a ser ciudadanos y los oprimidos ascendiendo hasta conseguir el mismo título en una base ideológica de estar todos regidos bajo una ley común a todos ellos, acabando con las desigualdades. Este pensamiento tendría distintos valores de adhesión con gradual intensidad pero triunfaría finalmente con la revolución en el mismo año de publicación del texto, 1789.

Sieyès define la nación como un cuerpo de asociados que vive bajo una ley común, estableciendo con el concepto asociativo uno de los grandes pilares del concepto racionalista francés de la época que se fortificó históricamente con los valores de la libertad, la propiedad, la seguridad jurídica y la igualdad ante la ley, focalizando la ideología en el individuo y con unas incipientes, patriarcales[2] y tímidas premisas democráticas.

En ¿Qué es el tercer estado? se revela la evidencia de que la nobleza tiene privilegios que el hombre corriente no disfruta, porque en definitiva, para que alguien esté arriba, otros deben estar abajo, es precisamente esto con lo que se trata de romper, los derechos y las dispensas de los estamentos favorecidos chocan frontalmente contra una ley que sea igual para todos los ciudadanos.

Es importante el calificativo del autor de ciudadanos y no vasallos, súbditos o siervos para distinguir la idea que ya se manejaba de dejar atrás el tradicionalismo de la Edad Moderna de la ideología feudal que se mantenía a finales del siglo XVIII. Es una idea que refleja las aspiraciones de ser categorizados de iguales y no de estar por debajo de nadie en derechos y libertades.

Es por ello que el concepto de nación francés en el ciclo revolucionario parte de la idea de acabar con este imperium in imperio que representa el clero y la nobleza con sus protecciones jurídicas, exenciones fiscales o su importancia por encima de los vasallos en el orden social. No puede haber nación en el concepto racionalista sin una igualdad plena.

Critica Sieyès que los representantes de estos estamentos, ajenos a la vida cotidiana del francés medio, se reúnen a parte con una representación que les diferencia de los simples ciudadanos, siendo ajena a la nación por su propio origen, ya que su poder no emana del pueblo sino de poderes heredados por un sistema absolutista. Que el poder emane del pueblo y no del monarca era una idea completamente revolucionaria y desafiante a los intereses de las élites que veían con temor todas estas ideas que se popularizaban cada día más y que constituían una amenaza directa no solo a todos los beneficios que reportaba el Antiguo Régimen a sus estamentos protegidos sino a toda una tradición histórica de valores morales que representaba un ideal caballeresco de lealtad al rey que era elegido por Dios para gobernar sin rendir cuentas a nadie salvo al creador en la hora del final, enmarcado todo ello en la religión católica de Francia.

Todo ese pensamiento que sostenía a la monarquía, al clero, a la nobleza, a las relaciones de poder, a la misma esencia de Francia, se desmoronaba por el avance de las ideas liberales que recorrían el país y que no podían evitar criticar la opulencia de los privilegiados mientras se pasaba miseria y hambre al mantener guerras extranjeras y este sistema que ahogaba con impuestos cualquier esperanza de ahorro, progreso o igualdad para el Estado llano.

Emmanuel-Joseph Sieyès puso por escrito la realidad de un país que estaba agotado en su sistema organizativo. El triunfo de su análisis y recomendaciones para paliar las desigualdades fue evidente y se sumó a otros puntos de vista más revolucionarios durante el cambio forzado del estado hacia una nueva realidad.

Su trabajo político y reflexivo le convirtió en una destacada figura de la República francesa, sin cuyos trabajos, sería más complicado entender el proceso histórico del país a finales del XVIII y comienzos del XIX. El concepto racionalista francés se revela de forma viva en sus pensamientos pasados a escrito y son una base ideológica que vigorizó los deseos revolucionarios de cambio del Antiguo Régimen y que hacen imprescindible su protagonismo dentro del campo intelectual, promoviendo ideas liberales ineludiblemente hijas del momento histórico que vivió.

@hectorbraojos


[1] Parte de la burguesía liberal francesa había iniciado un camino transformador de la sociedad para luchar por un lado contra los privilegios estamentales y por otro contra el absolutismo monárquico de Luis XVI, un ideal que se fue extendiendo especialmente después de la convocatoria de los Estados Generales en su sentido más revolucionario.

[2] El liberalismo francés del XVIII, incluida su vertiente más radicalizada, era profundamente discriminatorio con las mujeres, a las que se les negaban los derechos jurídicos y políticos que habían conseguido con la revolución los varones, fruto de un patriarcado normalizado en la sociedad. El asesinato de la revolucionaria feminista Olympe de Gouges bajo el mandato jacobino del Comité de Salvación Pública en 1793 fue el simbolismo del continuismo del pensamiento de dominación del hombre hacia a la mujer que era cotidiano en el Antiguo Régimen y que no sería diferente bajo el nuevo orden liberal de la joven nación francesa.

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