El concepto de nación en el Romanticismo alemán

La nación alemana a comienzos del siglo XIX, su concepto y el respaldo teórico que la elevó a una popularidad notable, está acompañada de una influencia arraigada profundamente a la política internacional que ha cambiado el mundo del Antiguo Régimen para siempre: la Revolución Francesa y la era del Imperio napoleónico.

Dominados por los acontecimientos históricos de Francia, el concepto alemán de nación recupera unos valores propios frente al imperialismo de París, la lengua, la etnia, la cultura y la tradición se antepone al nuevo estado revolucionario, naciendo de este modo un nacionalismo con claros tintes de francofobia, a pesar de una admiración hacia la salida del Antiguo Régimen constituyendo una idea nacional.

No obstante el afrancesamiento de los príncipes alemanes fue interpretado bajo una idea de debilidad, de complejo frente a lo extranjero, lo que daría a fin de cuentas una actitud de imitación impotente que reniega de su propia esencia, que es justo lo que exalta el nacionalismo alemán: ahondar en el alma nacional, en las lenguas germánicas que habla el pueblo llano, la cultura común que comparten y la proyección hacia el futuro que todo ello podría conseguir materializándose en una nueva realidad político-estatal; de tal modo que se va construyendo un relato nacional metafísico que no existe pero que se pretende crear desde la derrota que supone la supremacía de Napoleón tras la batalla de Austerlitz en 1805 y el vasallaje de la Confederación del Rin.

Se funda por tanto el nacionalismo alemán incipiente que pone en valor la cultura regional pasando desde las leyendas populares hasta el folclore más anciano en el tiempo. Todo ello en el marco de la agresión francesa contra las monarquías absolutas y el hambre de poder que tenía el Emperador en el continente europeo.

Padres de estos sentimientos nacionales son Johann Gottlieb Fichte (1762 – 1814) y Johann Gottfried Herder (1744 – 1803) ambos intelectuales y cultos filósofos considerados determinantes para la extensión del pensamiento nacionalista alemán y su concepto organicista.

Sus reflexiones prerromanticistas, quizás adelantadas a su tiempo, hacen gala del movimiento de las nacionalidades que se derramaría por toda Europa y que apuntalaría un nacionalismo que a finales del mismo siglo XIX pasaría de la mayoría liberal a una división en su mismo seno completamente autoritaria.

Para Fichte el idioma es una base imprescindible para el devenir nacional, ya que acompaña al individuo en sus pensamientos y las profundidades de su ser, dotando al lenguaje de un aura casi mística que hacia diferenciar claramente pueblos entre sí, como un único lazo que ata el mundo terrenal y el de los espíritus, como él mismo describe.

Los conceptos nacionales del habla alemana tienen connotaciones altamente sentimentales e interpretativas que escapan de la racionalidad, es un criterio diferenciador de otras naciones, algo que hace único a una comunidad, un lenguaje originario diferencia una verdadera nación de otra que pueda tomar prestada un dialecto de otro país extranjero según su lógica.

Herder sigue en esta línea de análisis preocupándose del idioma, usando la educación como herramienta primordial para canalizar el espíritu nacional y el volkgeist, el espíritu del pueblo que es un concepto inmutable ligado a cada nación que se expresa en el mundo con una cultura, tradición y mentalidad propia, que se desarrolla por las características territoriales de donde esta nace, que se relacionan con los rasgos raciales, las ocupaciones preferidas o el sistema de vida que se haya adoptado. La diferenciación racial de las naciones ya pone de antemano una peligrosa teoría de la exaltación racial y nacional, pudiendo usarse, como de hecho más tarde se usó, para legitimar invasiones a razas “inferiores” en el siglo XX. El producto racial de la historia, que tiene que ver con el desarrollo del pueblo pone como pilar fundamental la Historia, que es el ADN de la nación, el núcleo de las instrucciones genéticas del estado-nación que ha configurado su porvenir. Todo ello va perfilando la ideología nacional que amanece en el comienzo del siglo XIX, con teorías diferenciadoras claras entre unas naciones y otras, siendo la nación la unión de un modus vivendi que proviene de una misma red de factores que conectan una nacionalidad en concreto desde sus hazañas heroicas más lejanas en el tiempo relacionadas con la historia y que busca unirla, no de modo asociativo como el racionalismo francés, sino por una naturaleza de comunidad que busca agrupar a todos los miembros de la misma familia nacional.

Para Herder la naturalidad es un pueblo con carácter nacional que se preocupe de su origen y proteja sus tradiciones frente a las influencias ajenas a su propio ser. Asimila estos conceptos del pueblo común como una gran familia, con la metáfora de un planta con muchos ramajes que comparten un tronco común, pudiendo decirse que en cuyas raíces (la historia compartida) hace brotar la realidad natural de la nación.

Todas estas premisas integrantes del concepto nación, al resaltar los valores tradicionales, se oponen claramente al vanguardismo que supone la revolución francesa, conteniendo unos valores monárquicos y conservadores legitimistas de las sociedades del Antiguo Régimen, a pesar de que pronto avanzarían en corrientes liberales-constitucionalistas y más tarde en un autoritarismo liderado por Prusia.

Herder no cree en un universalismo multicultural con una “mezcla incontrolada de estirpes” como él mismo describe. El concepto de nación alemán en el romanticismo tiene que ver con adaptar las fronteras a la comunidad nacional que comparta la misma lengua, cultura y tradición. La lógica nacional desecha la idea de un expansionismo incontrolado gobernando distintas regiones que nada tienen que ver entre ellas, al contrario, señala que la composición nacional tiene que compartir lazos de unidad.

Estas bases del nacionalismo, exaltación nacional y de la gloria del pueblo, sus guerras, su tradición y su lengua tiene la peligrosidad de pasar la delgada línea del amor a la tierra por el de la superioridad nacional frente al resto de naciones que se puedan considerar inferiores y por tanto, desechables, infravaloradas, despreciadas u objeto de conquista y reparto de sus recursos naturales para engrandecer a la nación que se defienda partiendo de este planteamiento.

Los peligros del nacionalismo se fueron rearmando ideológica y militarmente en todo el siglo XIX, estallando en la Primera Guerra Mundial como consecuencia del extremismo llevado por estas ideas llevadas prácticamente al radicalismo y la desconfianza del otro, del adversario, de lo desconocido. Es más, no hay posibilidad de construcción nacional sin la figura del otro, no se puede organizar un sentimiento nacional sin que en frente haya un pueblo diferente que pueda hacer surgir todo este pensamiento, es lo que ocurrió con los estados alemanes frente a la Francia napoleónica.

Para el político alemán Adam Heinrich Müller (1779 – 1829) la influencia del otro, hizo en este caso potenciar la idea nacional de un pueblo sublime encadenado por generaciones pasadas y futuras, unidas por un vínculo grandioso. Su exaltación del pueblo alemán era reconducido con ideas liberales de leyes comunes sin dejar de lado las costumbres y de nuevo, tan importante para el joven nacionalismo, la importancia del idioma común.

Desprecia el concepto racionalista francés del que se burla, preguntándose qué tipo de pueblo es ese: “Un montón de seres efímeros con cabeza, manos y pies, que en este momento desdichado campan por sus respetos, con todos los síntomas exteriores de la vida, en este trozo de tierra que se llama Francia”.

Para él no tiene sentido una asociación voluntaria al estado sin que este no comparta unos valores profundos históricos que exalta por encima de otras naciones, como en este caso Francia, haciendo gala de ese odio visceral de revanchismo hacia lo francés.

Las ideas nacionalistas que fueron surgiendo en territorio alemán no se correspondían en absoluto con la realidad política del centro de Europa, sin embargo dejaron sentadas unas bases que se utilizarían después.

La feudalización del Sacro Imperio Romano Germánico, regido por un Emperador electivo[1] propició una fragmentación política que hacía imposible considerar todas estas doctrinas nacionales.

Al acabar el reparto napoleónico del territorio germánico con la Confederación del Rin, llegando la Confederación Germánica tras el Congreso de Viena en 1815, todavía agrupaban 41 estados soberanos. No obstante la instalación del Zollverein con Prusia como base, permitió una necesaria unión aduanera que sentaría la bases de una mínima reunión económica como inicio sobre el que trabajar en las tesis nacionales, creando posteriormente, tras la revolución de 1848 y el fracaso de la asamblea de Franckfurt, quedaba patente que la unificación soñada no la haría el pueblo de forma unilateral, sino de forma institucional en torno a una federación encabezada por Prusia, que encarnaba la mayor potencia de la Alemania del norte.

@hectorbraojos


[1] Aunque desde 1438 siempre se elegía un miembro de la casa de Habsburgo

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