La vida de Juana de Arco

La historia de Francia tiene mucho que deberle a la doncella de  Domrémy. La existencia de Juana de Arco será una vida llena de incógnitas y de valores divinos que harán de Francia una resistencia realmente poderosa ante el bando inglés.La pequeña Juana nació en Domrémy-la-Pucelle, Lorena, en Francia. Sobre su fecha hay varios debates, ya que ni ella misma lo supo con seguridad en los procesos judiciales, por lo que la estimación de los jueces, familiares, amigos y conocidos es una suposición que en ningún momento se ha podido acreditar con certeza y su certificado de nacimiento tampoco se ha encontrado, probablemente porque nunca existió al venir la niña de una familia campesina ya que esa práctica tardaría un poco más para extenderse por toda la sociedad estamental. De todas maneras, varios historiadores han señalado el 6 de enero de 1412 para marcar una fecha aproximada.

Juana creció en medio de la llamada Guerra de los Cien años, que realmente se mantuvo hasta los 116. En este ambiente bélico, la infancia de la niña se ve truncada por una serie de fenómenos que le acompañarán a lo largo de su vida.

Unas voces en su cabeza empezarán a perseguirla en su mente, para en un primer lugar llevarla a las conexiones de Dios en la Tierra, las iglesias católicas que en el siglo XV seguían llenas de devotos y fieles.

Juana identifica a estas voces unas veces como a Santa Margarita de Antioquía y Santa Catalina de Alejandría, ambas mujeres divinas muy veneradas dentro del mundo de la adoración católica esos momentos. También aseguró que las voces fueron de San Miguel, el Jefe de los Ejércitos de Dios, del cual decía que todas las palabras pertenecían a él, del padre de los cielos.

La infancia de Juana está rodeada por el misticismo y por la divinidad. Las sombras y las luces se mezclan de tal manera que es muy difícil separar la leyenda de la historia, de la cual tampoco hay muchas referencias seguras.

Sin embargo la confesión de las voces en el la cabeza de Juana, que fueron reconocidas por los fieles como obra de Dios, empezaron a lidiar en su mente una idea que parecía a todas luces descabelladas. Juana creía que su destino en esta Tierra era liderar al ejército francés hacia la victoria contra el enemigo inglés. También las visiones de los pasos que tuvo que seguir se sucedieron para guiarla en los pasos que iba marcando el camino de Dios.

Con una motivación divina, viaja hasta Vaucouleurs al norte de su ciudad natal, para unirse en 1428 a las tropas del príncipe Carlos, pero no es admitida y sus planes se frustran, intenta levantar el sitio de la ciudad de Orleans.

Desde allí pide a Robert de Baudricourt, comandante de las tropas repartidas en Vaucouleurs, una escolta para que pueda viajar a ver al Delfín y darle un mensaje secreto que solo ella y las voces de Dios conocían.

En Chinon, el futuro Carlos VII del reino de Francia, se resguardaba del mundo, rodeado de su corte, viéndose trasladado por la delicada situación del asedio de Orleans. Tras una peligrosa travesía por territorios enemigos anglo-borgoñeses, Juana, después de esperar casi un año la escolta para viajar por decisión de Baudricourt, llega a instancias del príncipe.

La desconfianza del Delfín se palpa en toda la corte al esconderse entre ella para poner a un sirviente suyo en el trono, tratando de despistar a Juana, sin embargo, la Pucelle, guiada por las voces divinas, acaba encontrando a Carlos.

Finalmente  se concede una audiencia privada con Juana, donde le revela los secretos que le guiarán a la liberación de Orleans y le coronarán como Carlos VII en Reims.

El rey la examina atentamente y hace que sus teólogos, orientadores espirituales y la corte pongan los ojos sobre ella buscando cualquier información relevante para la causa francesa en un examen continuo.

La entrevista privada, según relata Juan II, Duque de Alençon, fue un encuentro donde Juana de Arco le reveló los secretos que tenía en la cabeza. Una cita que quedará en secreto para la historia en su verdadero diálogo y que será definitiva para que el Delfín deponga su confianza en la doncella para llevar a los ejércitos de Francia sobre el enemigo inglés hacia la victoria.

A todo esto, los augurios, las interpretaciones, las leyendas y lo sobrenatural, a pesar de nacer y permanecer con fuerza en el estamento no privilegiado, también hicieron su mella en la nobleza y la aristocracia que acabaron viendo en Juana la salvación que ella afirmaba ser para el reino francés.

El Delfín ofreció confiarla el mando de una tropa de cinco mil soldados, con los que Juana de Arco liberó la ciudad de Orleans del cerco inglés el 8 de mayo de 1429.

La euforia francesa consiguió además capturar enclaves concretos estratégicos que declinó la guerra en favor de Francia con una recuperación de emplazamientos y de moral.

Juana advirtió al rey que hasta que no fuera coronado en Reims no lo dejaría de llamar Delfín, y tras una travesía de ambiente bélico y negociaciones con ciudades de paso a la ciudad, finalmente Carlos fue coronado como el rey de Francia con el nombre de Carlos VII el 17 de julio de 1429.

Esta nueva coronación sería un símbolo de legitimidad, control y autoridad sobre el reino de Francia que en esos momentos se vieron ebrios de victoria, y teniendo mucha culpa de esto Juana, ya que se hizo famosa en todo el reino y los reinos vecinos, rindiéndose plazas sin oponer resistencia alguna e incluso sumando soldado a su hueste, que no por fama siempre tuvo suerte ya que el escenario de la guerra estaba presente continuamente en todos los estamentos sociales.

Tras la coronación de Carlos VII, Juana aseguró dar por finalizada su misión ya que al parecer, ni siquiera las voces le habían vuelto a dar ninguna otra señal a la campesina guerrera.

Sin embargo la necesidad de autoridad basada en una sociedad que necesitaba líderes continuos, hizo que continuara en el nombre de Francia llevando la guerra al inglés.

En la lógica estamental, la retirada de Juana, a pesar del machismo imperante, acabaría viéndose como una derrota y un abandono. Especialmente dentro del ejército francés la sensación de quedarse huérfanos sin Juana era una posibilidad que no le resultaba conveniente en ese momento, ya que la fama francesa, en muchas ocasiones era acompañada de un temor ante el poder de los ejércitos comandados por una campesina que mantiene un contacto directo con Dios y que dice hacer lo que hace en su nombre.

El objetivo era ahora París para reestablecer todo el control a Carlos VII. Pero en septiembre de 1429 las aspiraciones de Francia se quedarían en agua de borrajas.

Unos meses más tarde en el asedio de Compiègne, el 24 de mayo de 1430, Juana sería capturada por los borgoñones que entregarían tan preciada prisionera a los ingleses.

Fue llevada a Ruán donde se la juzgó mediante un tribunal del clero con graves acusaciones de ser una bruja, siendo sus voces las que la guiaba desde los infiernos en vez del cielo, acusada de ser una pieza del demonio antes que del Señor Celestial.

El proceso inquisitorial se llegó a alargar durante tres meses, y a pesar de que Juana siempre defendió su honradez y su origen divino de la misión de las campañas francesas que había realizado, se la declaró finalmente culpable de hechicera de los hombres y de hereje ante los ojos de Dios.

Juana llegaría a rectificar que todo lo había hecho por mandato del creador, por lo que el tribunal eclesiástico conmutó la pena de muerte por una cadena perpetua.

Sin embargo días después, se arrepintió de mentir al tribunal y renegar de las voces que se comunicaban con ella. Al hacerse público su reafirmación de haber luchado en nombre de Dios, las autoridades inglesas, en una orgía de propaganda para vincular a Francia con el diablo y quitarse a una peligrosa enemiga del tablero del juego de la guerra, decide quemarla viva el 30 de mayo de 1431 en la plaza del mercado de la ciudad de Ruán.

Juana finalmente fue beatificada en 1909 y canonizada en 1920, año en el cual, Francia, la proclamó su patrona y protectora, quedando un mito para la historia.

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