Donde hay agravios no hay celos

La obra de Francisco de Rojas Zorrilla ya es parte del imaginario colectivo español sobre el Siglo de Oro. Un mundo de capa y espada, estamentos, artes, religión, guerra y desnivel del poderío español.

Durante los siglos XVI y XVII, en el reino de España se va a producir todo un florecimiento de las artes que van a generar un fuerte contraste con la decadencia interior que culminará con los gobiernos de los Austrias menores Felipe III, Felipe IV y Carlos II; con la muerte sin descendencia del último que acabará dejando el trono vacío para que se libre una cruenta guerra civil potenciada por reinos extranjeros que elevarán al poder a la dinastía de los Borbones y acabará en gran medida con un declive de la hegemonía española en pos de la inglesa y francesa.

La monarquía hispánica tendrá que volcarse principalmente en sus enormes posesiones allende los mares, repartidas por todo el mundo, en América, Europa, África y Asia. Mientras tanto, en este cosmos del Siglo de Oro, enmarcado en la contrarreforma y el Barroco, se va a desarrollar una crisis demográfica auspiciada por la migración al nuevo mundo, las sucesivas bajas por la infinidad de contiendas militares, la expulsión de los moriscos y las significativas pestes y epidemias. Todo ello hacía del reino de España una gran fachada de esplendor que conquistaba enormes territorios en alarde de un enorme poderío militar que a su vez escondía detrás de esa máscara un reino debilitado en su interior por la astronómica pobreza y una desigualdad creciente e imperante. A su vez, el eje de civilización se acaba desplazando desde el Mediterráneo hasta las regiones noroccidentales donde Francia e Inglaterra especialmente se reparten los cuantiosos beneficios del Nuevo Mundo y el poder económico y político de un comercio en auge.

España se ve acosada por numerosos frentes incluso en su interior, incapaz de mantener tan vasto imperio, el desgaste hace mella en los dominios gobernados a base de conquistas y herencias.

En el interior del reino, la crisis política y económica hace grietas por la falta de respuesta de validos y monarcas ante las proclamas de reformas, las oligarquías no pretenden sumarse al mundo de la fiscalidad, algo que como estamento privilegiado ni siquiera llegan a meditar, lo que facilita la tensión entre las diferencias estamentales de un mundo construido de forma vertical donde el rey es el absoluto ordenador del mundo. Paradójicamente esta decadencia se contrarresta en el mundo de las artes. El mundo católico, temeroso de los frentes impíos de la heterodoxia, los judíos, el islam y los herejes en general, observa en el arte un canal por donde extender las doctrinas ortodoxas y hacerlas llegar a la población, ello hace florecer múltiples expresiones del arte, colándose en esa efervescencia del ingenio humano uno de los más apasionados entretenimientos del Siglo de Oro: el teatro; es tiempo de grandes obras de Cervantes, Calderón de la Barca, Lope de Vega, Góngora, Tirso de Molina, Antonio de Solís o Francisco de Rojas Zorrilla.

Las representaciones se realizan en los llamados corrales de las comedias, a menudo en los patios interiores de una manzana de casas, donde se juntaban en tales acontecimientos diferentes estamentos de la sociedad para contemplar los espectáculos que a menudo recogían diferentes tópicos sobre doncellas, sirvientes chismosos, héroes de honor, duelos de espadas y la religión como trasfondo en dichos y hechos ya que la espiritualidad en la Edad Moderna era algo público y no íntimo.

En todo este trasfondo, sale a la luz una nueva obra del toledano Francisco de Rojas Zorrilla (1607 – 1648),“Donde hay agravios no hay celos” escrita entre 1635 y 1636, representada por primera vez en El Pardo en 1637 por la compañía de Pedro de la Rosa. Siendo una popular obra que se representó en varias temporadas como un clásico, llevada a París, Madrid, Lisboa, Sevilla, Barcelona, Toledo, Valencia, Valladolid y en el Brasil colonial, versionada a su vez en Inglaterra y Francia.

En la obra se pueden observar la complejidad de los versos en castellano antiguo, plagado de hermosas metáforas que en numerosas ocasiones hacen referencia a Dios, los cuerpos celestes y fenómenos naturales, la curiosidad por lo incomprensible, lo alejado de la Tierra a la vez que la pasión por los asuntos mundanos como el amor, el matrimonio y la honra.

La forma ingeniosa de articular estos poemas teatrales retrata el Madrid de la época, representando en cada personaje tópicos como las prioridades de los distintos estamentos tales como la defensa del honor para los poderosos o los placeres corrientes del vino de los criados.

Esta obra de intriga, humor, duelos, amor y situaciones extremas la ha recreado de forma espectacular la Compañía Nacional de Teatro Clásico dirigida por Helena Pimenta. La recreación de la vestimenta, la maravillosa banda sonora sugerida por las notas de acordeón de Vadzim Yukhnevich, la danza y unas luces que juegan con la escena y escenario han hecho por sí solas un lujo que acompaña toda la función, extraordinariamente representada de forma destacada por Marta Poveda (Beatriz) David Llorente (Sancho) y Jesús Noguero (Don Juan de Alvarado).

El texto escrito, en sí mismo leído, aunque parezca algo obvio, nada tiene que ver con la representación en un teatro, las pausas, las recreaciones, los gestos, miradas, expresiones y tonos acompañan el entendimiento del público a un texto de por sí enmarañado de expresiones antiguas difícilmente comprensibles que se deducen con la puesta en escena.

Vemos como Don Juan y Sancho llegan a Madrid en busca de la mujer de la que se ha prendado el señor, viendo como de su balcón baja un desconocido, y aprovechando que Sancho se confunde y envía su retrato en vez del señor para el casamiento, se intercambian los papeles para deshacer ese entuerto y averiguar que pasa en esa casa llena de personajes, actividades, diálogos y monólogos que se han versionado para dar más ritmo a las escenas.

Con este intercambio de papeles, de teatro dentro del teatro, se aprecia la moral de Don Juan, que representa a la aristocracia con sus ganas de quitar la deshonra de su nombre, averiguando tramas que se entrelazan, así como podemos fijarnos en las prioridades de Sancho, el amo criado, que interpreta en su papel de gracioso los atributos del galán. En todo este entramado aparece Doña Inés que, cómicamente para el público, se ve atrapado en un matrimonio por obediencia a su padre de alguien a quien no desea.

La versión de Fernando Sansegundo y Helena Pimenta, entre otras cosas, da prioridad al diálogo antes que al monólogo, especialmente en la tercera jornada, donde los apartados pensamientos de la obra escrita de Francisco de Rojas desaparecen verbalizando los sentimientos, dando un sentido más entendible al gran público de cómo se despliega esta historia de agravios, enredos y amoríos en pleno Siglo de Oro.

Es interesante comprender cómo se relacionan los diferentes estamentos en la obra, incluso entre los diferentes géneros del hombre y la mujer, para dar sentido a esa sociedad que se nos antoja tan lejana en el tiempo. Sin embargo, a pesar de la diferencia estamental, la subordinación de la mujer al hombre es un claro reflejo de la relación entre géneros de la Edad Moderna. Podemos ver en la obra estas relaciones que anteponen los deseos del hombre a la mujer, pasando por todas las etapas de su vida: primero será obediencia al padre y después al marido, ya que la visión de la mujer en el renacimiento y la modernidad es la propia del objetivo final de garantizar descendencia del linaje, una visión promovida desde las élites sociales, siendo caso de estudio conocido como la economía sexual. La lógica de garantizar a la especie a través del cuerpo de la mujer se comprende con la obsesión que hay por la memoria, ya que cuanta más antigua y noble sea la familia más legitimidad y honor tiene.

La servidumbre de Doña Inés a su padre Don Fernando es el más claro ejemplo, que se desenvuelve en la autoridad del pater familias de organizar los casamientos de sus hijas a modo de estrategia, ya que se habla de la herencia de dos mil ducados de herencia de un tío anciano del pretendiente. Esta política de garantizar riquezas con alianzas matrimoniales solo se explican dentro de este marco de autoridad del padre que gestiona su patrimonio y el que está por venir, por encima de los deseos sinceros de su hija, que obediente, aguanta los halagos del amo criado y que llega a tocar la felicidad con sus manos en un momento donde Sancho hace a Don Juan manifestar su amor a doña Inés que queda cautivada sin saber quién es realmente criado y quién señor. Una escena que crea empatía y emoción con el espectador que sabe la verdad de tal engaño.

La obediencia sumisa de Doña Inés a su padre se observa como algo natural, poniéndola en el escenario como una mujer, doncella, propia del tiempo, con algunos toques de fantasía que se contraponen a la realidad que muestran los hombres. La propia situación de la heredera de Don Fernando hace ver también la situación de la mujer en aquellos momentos históricos, siendo la virginidad la mayor virtud y protegiéndola de la calle para no ser seducida por cualquier hombre, reduciendo el espacio natural de la mujer aloikos, al hogar, donde debe encargarse de guardar las formas y virtudes para el matrimonio que quiera llegar a organizar el padre.

Esta integridad ciertamente androcéntrica se confabula en un mundo donde la propia doña Inés acepta ese papel de recogimiento y obediencia ciega en un padre honorable y que por supuesto tiene razón en todo lo que dice por encima de cualquier argumento femenino.

Es complejo cómo parece que Doña Inés, siendo presa de este poder de autoridad de su padre, abusa de su posición estamental sobre su criada, a quién parece dominar sin tapujos en una cara que nada tiene que ver con la que pone a los hombres de dulzura y obediencia.

Sin embargo hay una clara complicidad que se fragua entre ella, su sirvienta Beatriz y con la propia Doña Ana, con quien se emborracha y comparte sus auténticos sentimientos secretos. Se aprecia cómo dentro de la casa, aprovechando la ausencia de los hombres que habitualmente salen a la calle, emergen los cuchicheos y confabulaciones donde las conversaciones de amor y pasión están siempre presentes, fantaseando con ellas desde la sirvienta a las señoras, abandonándose a tales sueños en un halo del estereotipo de la mujer que gira alrededor del amor del hombre, dejando los asuntos más reales o complicados a los varones que se encargan de lo demás.

El enfoque masculino se respira por toda la obra, incluso con órdenes donde se manda a las mujeres callar, tejer, salir de habitaciones y en conclusión a cumplir los deseos masculinos que ellas mismas siguen sin prácticamente reproche alguno, adoptando ese rol de acatamiento. Las mujeres en la obra quedan relegadas de forma clara a un segundo plano, como personajes a la sombra que a veces susurran y hablan pero que ciertamente dejan a merced del hombre sus auténticos deseos.

Para la época y sus intelectuales, generadores de corrientes de opinión, esta división clara entre hombres y mujeres venía dada de forma natural, siendo extendida de la visión de la mujer como un cuerpo con el que tener hijos y a la que hay que dominar. Esta visión misógina arranca desde el Génesis, que en plena Edad Moderna sigue teniendo mucho que ver con ordenar el mundo y comprenderlo al uso religioso que domina la vida social y conyugal en el reino de España. Domina la figura del hombre moralmente inseguro por la caída en el pecado de Adán, echándose la culpa a la mujer, a Eva, de la expulsión del paraíso.

Por tanto la propia religión (que convive la dualidad del odio a Eva pero la devoción por la Virgen María) ya encuadra a la mujer dentro de una culpa nada más nacer, siendo esta un ángel o un demonio en función de la sumisión. Serán asunto de los hombres los aspectos de su formación educativa con la mirada, por supuesto, fijada en el matrimonio y en complacer al hombre, que debe enseñarse desde la más tierna infancia y aplicada aunque sea bajo el miedo o la violencia. Formación en clave femenina ya que difiere de la formación masculina. Además la visión de la mujer encerrada en casa bajo la custodia del padre está perfectamente retratada en la obra.

Todo este telón de fondo del sistema patriarcal se puede apreciar de forma tajante en la obra de Francisco de Rojas, si no a veces de manera explícita si de forma metafórica. El machismo era algo cotidiano e incuestionable.

Estas divisiones tienen que entenderse dentro de un mundo organizado por hombres para hombres, donde la religión, el gobierno y la economía son regidas por varones. Ni que decir tiene que esta injusticia de trato desigual no era ni contemplada ni concebida, sino, que hijos de su tiempo, los hombres dominaban a la mujer y era socialmente admitido;incluso en el teatro del siglo XXI, en plena función, se oyeron fuertes risotadas cuando se manda a la mujer a tejer y dejar de incordiar. ¿Serán ellos también hijos de nuestro tiempo?

Donde hay agravios no hay celos es una magnífica obra de teatro que sirve para dibujar los escapes del mundo terrenal con los que se cautivaban a la sociedad, siendo unos pocos minutos que los hacía olvidar el tormentoso día a día. El retrato de la España decadente y talentosa en el arte se alienta en cada verso, compensando con la pluma lo que no se pudo hacer con la espada.

@hectorbraojos

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