Machismo, mujer e historia

Las mujeres y las religiones occidentales siempre han tenido una relación peculiar de injusticia; de desigualdad en comparación al protagonismo del hombre; la mujer suele aparecer en un estado subordinado a los deseos del hombre, ciertamente hay relatos que “justifican” con toda una suerte de narraciones mitológicas o divinas esta discordancia entre ambos seres humanos desde lo más profundo de la historia.

Podríamos remontarnos a las explicaciones del mundo cedidas por las religiones para darnos cuenta de cómo desde la propia espiritualidad se ordena el mundo y las relaciones de jerarquía que obran para sencillamente legitimar el poder. Un poder que han solido ostentar los hombres y que por supuesto guardan un espacio privilegiado en el mundo ordenado en un esquema donde el patriarcado juega a favor claramente del hombre frente a la mujer; es la propia religión por ejemplo, en este caso es el Antiguo Testamento y la mitología que cuenta el poeta Hesíodo en la antigua Grecia, la que institucionaliza la desigualdad, la que criminaliza a la mujer o pone en su cargo terribles responsabilidades como ser la culpable de la expulsión del paraíso en la tradición bíblica o la que reparte el mal como Pandora, la primera mujer creada por el dios superior y varón Zeus. Esto podría ser el primer síntoma de achacar culpabilidad a la propia existencia de la mujer, que en el caso de Hesíodo relata cómo se forma, dotada por los dioses con las gracias de “las labores de las mujeres y tejer la tela”, la belleza, el deseo o la sensualidad así como la impudicia, es decir, la deshonestidad, falta de recato, pudor, añadiendo a esto un ánimo falaz cargado de embustes y mentiras. Es la descripción de la óptica del hombre de “un bello mal”. Casi un canto de sirenas donde se sabe de antemano la supuesta maldad que esconden la belleza y la atracción. Todo un planteamiento machista pero que en la historia antigua estaba establecido como una tradición bajo la premisa en muchos casos de que como está escrito es verdad, atribuyendo a la historia o la mitología un vehículo de comunidad que estaba tan asentado que era imposible quitar esas connotaciones de maldad de la mujer en el imaginario colectivo de la sociedad.

Ser la responsable de las miserias del mundo no es poco agravio, es una carga original impuesta a la mujer nada más nacer, Pandora fue otra excusa más por la que organizar las sociedades en torno al hombre y la belicosidad del mismo. Fue otro claro discurso de la memoria colectiva para legitimar el poder del hombre frente a la mujer. Antes de esta creación de Zeus, el hombre vivía alejado de los males y enfermedades, en un pomposo sueño que aguardaba un segundo personaje del que culpar de todos los males. Del mismo modo la tradición bíblica nos habla de la culpa de la mujer, un elemento importante en la evolución histórica de la misma, siendo un estigma del que regodearse el hombre al ser víctima de ella y su “debilidad” al ser engañada por la serpiente encarnando al Diablo. Ello quizás podría ser otro segundo síntoma de culpabilidad, esa supuesta debilidad innata que hace de la mujer por la Biblia un flanco débil por el que el mal ataca a la humanidad. La flaqueza de fuerzas de la mujer frente a la fuerza del hombre y su heroicidad parece un esquema burdamente falseado, hecho por hombres para hombres, para situar a los suyos en la cúspide del poder absoluto cuando hablamos de estos mundos terrenales y divinos que a veces se entremezclan.

La supuesta debilidad no es casualidad sino voluntad divina en el Génesis, dice el Señor “No está bien que el hombre esté solo: voy a hacerle el auxiliar que le corresponde”. No se habla de un compañero o compañera igualado, ni de una creación divina que pueda mirar de igual a igual a los ojos del hombre. Cuenta el sagrado texto que requiere un auxiliar, algo que termine de completar al hombre pero de forma sustitutiva, en un claro segundo plano. Con estas premisas se puede entender el mito de la creación de la mujer en el Antiguo Testamento. Crear a partir de la costilla del hombre a la mujer solo podría ocurrir en una sociedad regida por hombres que en la Edad Antigua ni vislumbran ni llegan a comprender la injusticia de la desigualdad, es una mentalidad que poco tiene que ver con el siglo XXI aunque evidentemente el concepto patriarcal sigue completamente vigente aún con las enormes conquistas de la mujer en el terreno de la igualdad. Han tenido que pasar miles de años para hablar claramente de una rebelión a este tipo de cuestiones, que de forma tan evidente se muestran en las religiones, que son en la Edad Antigua las que rigen el mundo. Más allá de esto, toda una serie de factores distintos a la religión, como la política, la guerra, la presión social, o la cultura han apuntalado la supremacía del hombre frente a la subordinación de la mujer, la propia historia ha jugado un papel relevante para falsear el pasado y dar a entender que “no se recuerda” otro gobierno que no sea el del hombre (con las pocas excepciones de mujeres con poder absoluto que a su vez se enmarcaban en esta lógica de sumisión). Todo ello ha ido marcando la evolución de la mujer en la historia de la humanidad como la excusa perfecta sobre la que descargar la ira del hombre, avalado por una sociedad patriarcal que tiene raíces profundas en la historia occidental, por ejemplo en la Edad Antigua serían Pandora o Eva, en la Edad Media y Moderna las brujas y herejes perseguidas, en la contemporánea estos clichés se abandonarían parcialmente pero la herencia de esta historia caló profundamente en las sociedades que normalmente se han regido por caudillos varones militares que aglutinaban poder político, militar y a veces religioso, organizando las comunidades bajo una óptica masculina subordinando a la mujer. Esta herencia de la historia en la Edad Contemporánea tiene todavía mucho que ver con la forma actual de las relaciones entre hombres y mujeres. Será a partir del siglo XX cuando las mujeres empiecen verdaderamente a dar la batalla por conquistar con victorias espacios públicos o romper con esquemas del trabajo diferenciados por el sexo de forma contundente. Aun así, lo común, como decía el ensayista Eduardo Haro Tecglen, es la división implantada desde arriba, cuidándose mucho que no se divida la sociedad en clases sociales con la influencia marxista de ese análisis, sino que las divisiones sociales ahora tienen que ver con minucias casi inventadas, como los equipos de fútbol, las comunidades autónomas, edades, idiomas y cómo no, los sexos, estableciendo una división clara entre el hombre  y la mujer que por ejemplo se ve desde la infancia con la vestimenta de colores azul o rosa e incluso los juguetes dirigidos a chicos o a chicas, una división tan contundente a veces expuesta desde el cine, los juegos, las costumbres, la música, que nos hace diferenciarnos de forma tajante. Siguiendo en esta tesitura, la rivalidad no tarda en emerger con desprecio que alimenta un machismo claramente establecido y que impregna todo tipo de detalles que afectan a la cotidianidad, como el lenguaje sexista (“esto es un coñazo”), los chistes (“van dos rubias y…”), los insultos (“nenaza” “puta”) o los estereotipos (“esa es una zorra”) por ejemplo. Son claros síntomas de una sociedad que ha cultivado un odio visceral y un sentimiento de dominación sobre otro ser humano diferente pero igual que el hombre moralmente en derechos, esencia y libertades.

La propia actualidad, que sigue siendo historia aunque lo denominemos presente, suele establecer, como bien apunta Eduardo Haro, la unidad económica en la familia, en un hombre y una mujer con descendencia, esa es la forma más aceptada, cuando empieza a faltar el hombre, algunos sectores sociales estigmatizan esas familias que pueden ser entre dos chicas homosexuales o madres solteras, pasando por supuesto por el odio en general a la comunidad gay tanto femenina como masculina.

Afortunadamente en pleno siglo XXI se siguen asaltando cada día espacios por la lucha feminista que es la lucha de la igualdad, sin embargo podemos seguir viendo por ejemplo en famosas series americanas cómo es el hombre el que trabaja y el que trae dinero a casa, estableciendo un patrón de convivencia, mientas que la mujer se hace cargo de la casa y la familia. Siendo la TV una de las principales vías de comunicación de la actualidad, no es desdeñable este tipo de cuestiones que generan una gama de roles que se importan desde series o películas a la realidad, incluso adoptados por mujeres que desconocen que están siendo víctimas de un sistema patriarcal que establece determinadas funciones entre el hombre y la mujer.

Eduardo Haro pone sobre la mesa la cuestión de la división artificial en donde sobre todo entran en escena los grandes medios de comunicación. Produciendo en esa clara división entre hombres y mujeres una rivalidad que no lleva más que al enfrentamiento y a la nada.

Rescatar los valores feministas de la igualdad no es algo baladí en tiempos donde, por ejemplo las mujeres ganan un 16% menos que los hombres en la Unión Europea, o donde mueren decenas de mujeres en nuestro país cada año, llevando este 2014 46 asesinatos machistas a manos de hombres. El machismo mata y va más allá de un lenguaje o comportamiento centrado en el hombre y la historia, es un nuevo desafío que puede solucionarse con firmeza y determinación.

Sin embargo las buenas voluntades de las personas decentes que apuestan por un respeto e igualdad mutua no pueden cargar sobre sus hombros toda una lucha que arranca desde lo más profundo de la historia. Hacen falta, para empezar, evidentes políticas de prevención con educación feminista a las nuevas generaciones así como endurecimientos del código penal para todo tipo de violencia machista pasando desde el acoso, el maltrato o el asesinato.

Conquistar una lucha que lleva fraguándose desde tiempos inmemoriales es una tarea cuya complicación es sabida, pero tirar al basurero de la historia la reyerta de la igualdad de la mujer junto al hombre es algo que no dejaría tranquila a la conciencia de la humanidad. No sería algo de lo que enorgullecernos como especie, desde luego.

Aprender todos los días de este tipo de luchas ya seamos más o menos jóvenes nos dará la oportunidad de quitarnos la venda de los ojos ante un sistema monopolizado por el hombre en general y ayudarnos a nosotros mismos como humanidad a desarrollar los valores de respeto, empatía, tolerancia, igualdad y fraternidad que bien por seguro son más convenientes en los tiempos que corren antes que recordar  con nostalgia viejas leyendas de costillas y cajas mitológicas.

@hectorbraojos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s