Visión, de la vida de Hildegard de Bingen

La directora alemana Margarethe von Trotta nos transporta en su film titulado “Visión. De la vida de Hildegard de Bingen” al siglo XII, en la Baja Edad Media, un periodo convulso donde la religión ordena el mundo, jerarquizado por los estamentos que imitan la triplicidad de la Santísima Trinidad: los oratores, que defienden y practican la espiritualidad (el clero) los bellatores que amparan la tierra con las armas (los nobles) y los laboratores, hombres que trabajan para mantener a los otros dos estamentos (en su esencia campesinos).

Justificado este mapa conceptual por el agustinismo político y el auge del cristianismo, la película toca un tema esencial para comprender los derroteros de la Edad Media: la religión, que es un eje central de coordinación de las poblaciones.Ejercitada de manera pública, la espiritualidad no queda reservada a la vida privada, es parte de la rutina diaria en la Edad Media y presentada en algunos casos como motor de prestigio social especialmente para los segundos hijos privados de herencia o las mujeres evitando pagar las dotes, obligados ambos en muchas ocasiones a transitar esta vida religiosa por decisión familiar.

La vida del clero regular, es decir, sujetos a las reglas del convento, se reproduce en el film de von Trotta de forma espectacular, la devoción a Cristo va más allá de antiguas escrituras y se fanatiza allende las flagelaciones, los votos, los castigos, el ayuno, la misericordia, el miedo al diablo, el milenarismo o las experiencias místicas.

El mundo occidental solo entiende este modo de vida en torno a Dios, Cristo y el Espíritu Santo; las instituciones veneran y financian este orden, los gobernados lo imitan y obedecen. Las dimensiones sobrenaturales de la santidad se fraguan junto al mundo terrenal, dando lugar a numerosos seguidores de las doctrinas de la Iglesia, que a veces van más allá de la comprensión lógica que solo es explicable mediante este esquema de temor y amor a Dios. Es así como prolifera un mundo iluminado por la religión, generándose las cruzadas en Tierra Santa, los conventos, las corrientes religiosas o la persecución de los herejes; institucionalizando con ello las desigualdades, favoreciendo a una casta sacerdotal, que junto a la nobleza, disfrutan de cuantiosos beneficios que gozan por la explotación directa de los laboratores. Estas cuestiones aparecen en la película de von Trotta como telón de fondo con magníficas pinceladas históricas reflejadas en el guion que nos sitúan en el mundo medieval y que envuelven a su vez la historia principal.

En “Visión. De la vida de Hildegard de Bingen” nos sitúan especialmente en ese pequeño mundo ignorado de la mujer en la Edad Media. La organización patriarcal subordina claramente a la mujer frente al hombre y ello es reiterado en los tres grandes estamentos que conforman el mundo. En este caso von Trotta nos centra en el privilegiado campo de la vida monástica, un universo amarrado fuertemente por la autoridad del varón, que es precisamente donde choca la enorme personalidad de nuestra protagonista, Hildegard de Bingen, declarada santa y doctora de la Iglesia.

La pequeña Hildegard nace en 1098 en el Sacro Imperio Romano Germánico en el seno de una familia nobiliaria alemana, entregada como oblata y obsequio a Dios a la vida monacal, para ser instruida y consagrada a Jesucristo en una vida de humildad e inocencia en el regazo de la orden benedictina.

El tránsito de la infancia de Hildegard muestra en el largometraje los valores de la vida en el monasterio donde las enseñanzas de Cristo se aplican con rectitud encarnada en votos, reglas y penitencias. La vida tranquila y alejada de los problemas mundanos engulle la infancia de Hildegard en un pequeño cosmos de aprendizaje y doctrina.

El tiempo transcurre formando a Hildegard, una mujer con carisma, curiosidad, despierta y atenta a todo lo que ocurre a su alrededor, llegando a la madurez con una clara pasión por el conocimiento, que solo podía desarrollar en el mundo religioso como guardianes del mismo que se consideraban, el analfabetismo era prácticamente total en el mundo real fuera del convento más allá de los oratores y la nobleza, siendo estos centros religiosos un refugio de los saberes, un escenario propicio para desplegar en todo su potencial el ansia de aprendizaje de Hildegard, contradiciendo esa imagen arquetípica de la mujer sumisa y ajena a la intelectualidad en plena Edad Media.

Acaba convirtiéndose en Madre Superiora con la elección de sus hermanas en el monasterio mixto, alcanzando más prestigio que complementa por su pasión por el mundo natural, que en el esquema religioso del siglo XII es la obra de Dios; la apasiona la medicina, la historia, que está emparejada necesariamente con la religión, la teología y la música. Sus numerosos códices reflejan una necesidad obvia de absorber conocimientos, aplicar racionamientos y compartir sus pensamientos. Es una mujer extraordinaria que supera en brillantez en muchos casos a intelectuales varones de la época, pero es relegada a un segundo plano en la historia, siendo rescatada en pleno siglo XXI por Margarethe von Trotta, que desde la óptica cinematográfica hace un claro homenaje a su figura y a la historia, concretamente al pasado medieval alemán.

Sin embargo, Hildegard guarda un secreto durante toda su estancia en el monasterio. Desde pequeña convive con un mundo paralelo, asegura ser agraciada con visiones que solo sus ojos y oídos interiores pueden ver y escuchar, manifestaciones sobrenaturales que relaciona directamente con Dios, permitiendo avanzar desde la reflexión “de lo visible y temporal a lo invisible y eterno” como revelan sus visiones sobre la creación del todo.

El  rico mundo interior se refleja en Hildegard de forma desbordante. Sus visiones tienen episodios que permiten conectar directamente con Dios, las visiones de escenas, luces, colores, sentidos, música y voces la acompañarán toda su vida, llegando a un punto en el que el mismo Señor la ordena compartir lo que ve y oye, necesita revelar su palabra, no obstante es reticente a hacer público su secreto mejor guardado de forma libre.

La etapa medieval profundiza en el control dominante del hombre, una construcción cultural desprestigia a la mujer que son poco menos que tratadas como mercancía con la que hacer hijos, ejercer políticas matrimoniales o un sujeto que debe obedecer a ciegas los caprichos de los varones. La propia religión tiene un doble rasero que margina a la mujer de los grandes cargos de responsabilidad y la criminaliza, con el recuerdo siempre acechando de Eva y su culpa de la expulsión del paraíso de la humanidad, a la vez que se venera a la Virgen María.

En esta encrucijada Hildegard es consciente de su posición de mujer y por tanto de inferioridad en el mundo eclesiástico a la vez que sabe el riesgo que corre de ser declarada hereje. En este dilema reflejado de forma extraordinaria en la película se cartea y concierta reuniones con superiores varones que al final acaban creyendo en su gracia divina, llegando a escribir al mismo Bernardo de Claraval,  influyente teórico y personaje de gran notoriedad involucrado en la doctrina teológica, la expansión de la orden del císter y las cruzadas. La aprobación del Abad de Claraval desata en Hildegard la dicha de confesar todo lo que arde en su interior. La sospecha de que finge alucinaciones siempre estará presente en sus detractores, especialmente de los grandes cargos varones de la Iglesia. La supremacía del hombre frente a la mujer apuntalan estas cuestiones entre sus enemigos. Esta rivalidad se comprueba entre las mismas tensiones dentro del monasterio entre los hombres y mujeres a los cuales castigan y desprecian de forma desigual por el incumplimiento de votos, siendo las mujeres blanco del odio más primitivo y deshumanizado de aquellos hombres que no ven a las mujeres como sus iguales sino como sus complementos, con toda una construcción negativa acerca del carácter natural de la mujer para el hombre medieval, que encierra entre otras cosas un sentir de envidia, seducción y pecado. Las escenas sobre la cuestión de la castidad atestiguan estos prejuicios que mantiene el hombre sobre la mujer.

La marcha de Hildegard, guiada por Dios, a un nuevo monasterio exclusivamente femenino donde se convierte en abadesa aparece casi como una forma de liberación, en pleno auge de su fama como visionaria, el cual la granjea de todo tipo de donaciones por parte de los nobles y protecciones eclesiásticas. La admiración a su obra trasciende más allá de las paredes de su particular templo, adquiriendo fama notoria en un mundo fanatizado por la religión, deseosos de conocer la voluntad de Dios. Llegando a relacionarse con grandes personalidades de la época como el Emperador Federico I Barbarroja y otras magnas autoridades políticas y religiosas en el ámbito internacional. El ascenso meteórico de su reconocimiento llevó consigo la lucha del respeto a la mujer frente a los arquetipos y a la excepción frente a la general visión de la mujer como ser inferior. La voluntad de Dios de comunicarse con ella en vez de con otros hombres así lo justificaba.

No hay que olvidar el contexto místico y religioso de toda la sociedad que pudieran avalar este tipo de comportamientos. Las visiones se quedaron reflejadas en sus predicaciones y numerosos volúmenes que no solo hablan de los comunicados del Pantocrátor sino de medicina, doctrina y música. La maravillosa rara avis de Hildegard en un mundo subyugado a la voluntad masculina refleja una historia de liberación de la mujer a través del credo, la oración y la confluencia del mundo divino con lo terrenal.

El film de Margarethe von Trotta no solo trata este aspecto místico de forma central, sino que la faceta humana está presente en todo momento, el amor por su discípula Ricardis de Stade que parece lindar algunas veces con un peculiar deseo es muestra de ello, no en vano se repite continuamente que el amor es el poder más grande que Dios otorga a la humanidad. Las relaciones con sus hermanas de convento, su actividad religiosa, la inquietud literaria, el ansia de conocimiento, la desbordante imaginación musical o sus contactos con las grandes esferas del poder medieval resumen una vida que parece en el fondo desear una liberación espiritual en la Tierra, algo que la oprime el corazón y lleva a desbordar su talento en el monasterio.

La acción cinematográfica alemana retrata de forma insinuada la evolución de aquella pequeña niña entregada a los oratores. Es precisamente  este progreso de su interior en lo que se centra el film. Su tránsito de aprendizaje culmina con una etapa de predicación por el Sacro Imperio Romano Germánico en cuatro viajes hasta que al final muere, pero ello tan solo se sugiere en esta obra del séptimo arte.

La vida de Hildegard trasciende a sus hermanas y su obra se conserva manteniendo viva su memoria junto a otros códices que hablan sobre su vida. Sus reliquias fueron protegidas siendo motivo de adoración, llegando la leyenda a superar la realidad, atribuyéndola milagros y santas obras que trascendían el mundo terrenal. Sus visiones y mensajes de Dios reforzaban estas teorías aceptadas de forma natural durante siglos en una población fuertemente impregnada de espiritualidad y misterio sobre los inescrutables caminos de Dios.

La obra de Hildegard nos habla de una mujer con un carácter pasional y estricto que tuvo que enfrentarse a un mundo religioso abiertamente controlado por hombres para hacerse un hueco en el que predicar su mensaje que orbitaba alrededor de valores como el amor, la veneración, la reforma del clero, la oposición a los cátaros o la duras críticas a la corrupción que habitaba en el seno de la Iglesia entre otros temas que combinaba con los mensajes que decía recibir de Dios, encarnado en una luz cálida y bienaventurada que recorría su cuerpo, colmándola de paz y gracia.

La música es otro de los grandes temas que aparecen en su vida, mencionándose en el film el poder curativo de esta, aliviando el alma para poder calmar el cuerpo después. Las melodías acompañan a Hildegard durante su vida, practicándola, creándola e imaginando su combinación perfecta.

Las piezas musicales que se interpretan en la película son una auténtica delicia siendo trascendentales. La música como arma contra los pesares del espíritu y el cuerpo son una pieza clave que se reflejan en una increíble banda sonora de voces femeninas principalmente que realmente aíslan del resto del mundo que se desarrolla fuera del convento, metiéndonos de lleno en la obra de Margarethe von Trotta, que pone énfasis en la evolución interior del personaje también manifestado en la música.

Por otra parte, las actuaciones de Barbara Sukowa como Hildegard y Heino Ferch como su amigo Volmar se precipitan a involucrarnos en la historia de forma muy profesional y trabajada. El ritmo del film de tan difícil historia de contar en la gran pantalla es pausado pero bien hilado, completado con algún que otro zoom descarado donde resaltan los ojos de escenas importantes que a veces chocan con el resto de planos, sin embargo el rodaje de la historia sigue adelante por sí solo. A su vez el decorado, el atrezzo, las vestimentas y la ambientación histórica es inmejorable, todo ello envuelto como he citado con una banda sonora que nos eleva al misticismo que trasmite la protagonista.

Contar la vida de Hildegard nos aventura a descubrir que realmente hubo mujeres excepcionales en tiempos sombríos, que pese a la dominación masculina llegaron a recibir respetos y honores por encima de los hombres acostumbrados a ellos. Mujeres apartadas de los libros de historia y relegadas al olvido. Siendo en este caso la cristiandad una herramienta de liberación a pesar de las contradicciones de la protagonista como escapar ella de las reglas a la vez que las impone a sus hermanas y con todas las críticas que pueda haber hacia estos modelos de vida estamentales que se observan desde el siglo XXI con cierto reparo y pudor, siendo conocedores de las penurias del pueblo llano que sostenían estas jerarquías a costa de su miseria.

Es por ello una película donde se nota el avance del camino con triunfos y trompicones que recorre desde el más absoluto anonimato como mercancía entregada al monasterio sin poder de decisión hasta la cumbre de su vida, respetada por reyes, teólogos, intelectuales y creyentes, siendo dotada además de un aurea mística, que hacía de sus palabras y visiones revelaciones que ansiaban escuchar en todo el Sacro Imperio.

La vida y homenaje a Hildegard de Margarethe von Trotta es una muestra más de cómo las mujeres han sido apartadas de la historia como actrices secundarias, personajes de escasa relevancia atrapadas en su locuras y pasiones personales bajo una óptica patriarcal. Valga este film alemán y estas palabras para recordar cuántas veces nos habremos equivocado si nos hemos mantenido en ese pensamiento y cuántas historias de mujeres increíbles aún guardan polvo en viejos documentos esperando a que alguien las rescate y las devuelvan de lo invisible y temporal a lo visible y eterno.

@hectorbraojos

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