Los reyes de Roma, entre la leyenda y la historia

El profesor y catedrático Jorge Martínez-Pinna, de la Universidad de Málaga, comenta en Los Reyes de Roma entre la leyenda y la historia (Gerión 19, 2001, pp. 689-707) acerca de la veracidad de la historia, un debate centrado en el periodo monárquico de Roma, una etapa llena de relatos que mezclan la leyenda y la historia como el origen del mayor imperio de occidente en la Edad Antigua.Quizás fruto de su tiempo, la mitología, de algún modo ha ido conduciendo todo un sentimiento cultural de entender y explicar la propia existencia humana que se ha visto reflejada también en las propias acciones que se han producido, teniendo en muchas ocasiones las crónicas que nos han llegado un contexto mágico de grandes hazañas de los gobernantes o un interés de mantener estas connotaciones para reforzar la identidad de un pueblo o un gobierno del poder a través de leyendas comunes que parten de un origen, como la misma vida, propio de la divinidad. Los primeros reyes de Roma, como no podía ser de otra manera no se escaparon de los conceptos quiméricos para representar una identidad común.

Según la tradición, Roma fue fundada el 21 de abril del año 753 a.C. y perduró su continuidad monárquica hasta el año 509 a.C. cuando se instauró la República. Durante este prolongado espacio temporal se dice que fue gobernada por siete reyes, de los cuales, según apunta Miguel Ángel Novillo López, doctorado por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense de Madrid, cuatro de ellos fueron falsos (Rómulo, Numa Pompilio, Tulo Hostilio y Aneo Marcio,) y tres quedaron como históricos (Tarquino Prisco, Servio Tulio y Tarquino el sobervio). Algo que contrasta con el tiempo tan largo que ocuparon tan pocos monarcas, siendo evidentemente falso, habiendo más de siete gobernantes de manera certificada.

A propósito de ello, el profesor Jorge Martínez-Pinna propone vigilar la conciencia del historiador contra aquellos documentos que requieran más meditación que prisa por su aceptación haciendo uso de una valoración equilibrada, y más teniendo el tema que tratamos de la primera forma de gobierno romano, la monarquía, que viene acompañada de toda una serie de documentos ambiguos y llenos de dudas.

Durante esta etapa, las sombras ocultan la historia y se mezcla en varias ocasiones con la imaginación y las divinidades, algo que no durará eternamente, ya que con la llegada de la República se constatan documentos históricos que aportan algo más de luz y racionalidad a la historia latina, además de otros factores que perfilan la realidad como los análisis de la toponimia religiosa y los protocolos de convivencia civiles encauzados en el derecho.

Martínez-Pinna a su vez analiza las reflexiones del belga Jacques Poucet,  filólogo especialista en la antigua Roma, para discurrir sobre el tema de la veracidad de las fuentes en la antigüedad al que admira y critica de manera cosntructiva.

Poucet insiste en que se confirme antes la veracidad para dar por hecho cualquier acto que promulgar lo que las fuentes escritas encierran para considerarlas como realidades históricas que tal vez no ocurrieron, haciendo un modelo de investigación del mundo antiguo basado en los hechos más que en los adornos que los arropan, lo que supone un problema para confirmar la veracidad del relato tradicional. Por su parte el profesor Martínez-Pinna cavila la idea de dar la vuelta a esta teoría, es decir, que lo primero es la aceptación y luego los intentos de mostrar que eso es falso, desechando todas las dudas que envuelven textos quizás exagerados o sencillamente imaginarios.

Por este camino, expone que la tradición es comprendida de manera global, lo que pone en peligro todas las revisiones que traten de acercarse a la auténtica realidad de los orígenes de Roma, donde en sus fuentes escritas que relatan este acontecimiento podemos encontrar multitud de falsedades pero con tintes de verdades históricas, algo que supondría la consecuencia de las circunstancias de esos tiempos presos de la tradición.

Siguiendo en esta línea propone la paradoja histórica de que nadie niega la existencia de los emperadores Julio-Claudios y sin embargo esto no pasa de la misma manera con los reyes de Roma a quienes solo los últimos se aceptan como personajes reales.

Por otro lado, hay diversas teorías que ponen su centro de atención en la familia dinástica antes que mencionar nombres concretos para explicar la monarquía romana, que también podría ser objetivo del cambio del tiempo de la cronología, recortando la diferencia entre la Monarquía y la República.

Para abordar este tema propone la comparación de fuentes ajenas a la misma como las analizadas por la historiografía massaliota y las menciones de Justino sobre la fundación del reinado de Tarquinio, que abría reinado en Roma en el año 600 a.C. según ambas fuentes totalmente independientes una de la otra. Algo que trata de rescatar para reclamar la consideración que tuvieron no solo los tres últimos reyes, sino todos los monarcas anteriores a excepción de Rómulo, cuya existencia tacha de más que improbable.

Defiende por tanto que los nombres de los reyes que se pierden en la antigüedad, son tan arcaicos que difícilmente hubieran sido pasto de la imaginación, ya que hubieran requerido una intensa labor de investigación, algo que no cabe dentro del proceso de construcción del relato analítico. Lo que lleva a la posición provisional de que todos los reyes, a excepción de Rómulo, han podido ser personajes históricos reales, una tesis muy discutida y contrapuesta en diferentes aspectos de diversos historiadores de la edad antigua. Justifica que rechazar las fuentes analíticas sin motivo es una ligereza metodológica a la hora de investigar todo los orígenes de la monarquía romana.

Son ideas que se contraponen a Poucet, el cual somete a la historia a pruebas de fuego de veracidad constantemente, mientras que él propone poner límites a esos exámenes de la realidad antigua; relacionando asimismo con el mundo romano a los etruscos de los cuales también hay divergencias históricas que se pierden en debates como este de autenticidad.

“¿Acaso la arqueología puede confirmar o negar la historicidad de la actuación que la tradición atribuye a Numa sobre los grandes sacerdocios, las reformas de Tarquinio Prisco o la organización censitaria instituida por Servio Tulio? Y al contrario, ¿puede el texto analístico decirnos algo sobre las condiciones de la producción y del intercambio o de la articulación interna de los poblamientos en época orientalizante?”

                   Es un tema conflictivo que expone varias maneras de entender nuestro pasado como civilización. Lo cierto es que hay lagunas en la historia de profundidades abismales que nunca se van a poder recuperar y por lo tanto solo la interpretación de lo que nos ha llegado puede tener, como defiende Martínez-Pinna, un documento a lo que aferrarnos para enriquecer los debates de la antigüedad, no sin tomar las precauciones pertinentes de no caer fácilmente en que todo es una verdad absoluta, sino dominando la razón argumentada que se apoye en todas las disciplinas posibles y finalmente tomando decisiones provisionales hasta que el azar pueda darnos más información de mediados del siglo VIII, VII, y VI de la península itálica.

La arqueología va a seguir jugando un papel clave para el estudio de la historia, siendo la principal disciplina que más datos suele aportar, pero debemos entender que no todo puede explicarlo como subraya Martínez-Pinna con los ejemplos de Numa, Tarquino Prisco y Servio Tulio.

Sin embargo antes que aceptar los documentos escritos en vez de ponerlos frente a un pelotón de preguntas impasibles, comparaciones esclarecedoras y una base arqueológica fiable es caer en el mismo error que caían en la antigüedad, entrando en la lógica de esto es así porque siempre ha sido así, es decir, claro que hay que poner límites a las pruebas de veracidad de la historia, pero siempre aceptando de forma muy clara antes que lo que se analiza puede ser tan cierto como una mentira que ha llegado hasta nuestros días y que no vamos a poder comprobar al menos hasta que haya pruebas evidentes de lo que se encierre en los antiguos textos; compartiendo esto con el concepto de provisionalidad que expone el profesor de los datos. Hasta que no se demuestre otra cosa que certifique o anule su exactitud, los textos son los que son provisionalmente, pero hay que desmarcarse de pensar que todo es realidad hasta que se demuestre lo contrario.

El problema está en la desconfianza sistemática dice el profesor Martínez-Pinna, quién pone otros ejemplos como el de Tarquino Prisco (616-578 a.C.). Acudiendo a su testimonio arqueológico señala que son importantes las profundas trasformaciones arquitectónicas y urbanísticas, la influyente presencia de material etrusco, además de un descenso cuantitativo de la riqueza de los ajuares funerarios que acompañaban al muerto a su viaje al más allá. Y lanza la pregunta ¿Sirve cualquiera de estos datos para confirmar o negar el relato tradicional sobre Tarquinio Prisco?

La respuesta, difícil de argumentar ya que esconde la trampa de su argumentación, trata de desafiar a la arqueología como verdad absoluta, algo que quizás lleve al límite para exponer sus ideas, pero evidentemente, con investigaciones arqueológicas sí que se podría discutir y comparar todos los relatos tradicionales que se cruzaran con el mundo de la excavación  como la construcción de palacios, templos o planificaciones urbanas para documentar si es cierto o falso.

Sin embargo reconoce una dualidad de realidades que podrían coexistir o incuso contraponerse en la historia como el ejemplo del rey Tulo Hostilo, en el cual conviven dos imágenes totalmente contrapuestas, por un lado, se representa como un buen soberano, interesado en el bienestar general de la ciudad, en la defensa del derecho y la devoción a los dioses, mientras que por otro, se presenta como un monarca bélico y desafiante de las divinidades. Plantea con esto la pregunta de acertar a cuál de las dos imágenes tenemos que aferrarnos; lo que hace reflexionar que a veces la historia no es blanca ni negra, sino grises con matices, no todo conlleva a ser bueno o malo, la dualidad es una de las características del ser humano, una forma de llevar la vida por senderos más luminosos u oscuros, pero caminar por ambos en el gran viaje de la existencia, y la historia, como parte de ella ha tomado el mismo rumbo.

Plantea también el análisis crítico de la tradición literaria, no aferrándose solo al relato que se cuente sino a su mensaje global, contextualizando con la realidad que se viviera en aquel momento, tratando de construir una secuencia coherente, tomando para ello todos los datos posibles, resultando algo que no puede ser comprobado pero que si puede tomarse de base para el análisis y el debate de las ideas.

El profesor Martínez-Pinna hace gala de mezcla de críticas y alabanzas a Poucet que se enzarzan de manera educada y argumentada, tratando de aportar algo de luz a estos debates sobre las tinieblas de la historia.

Desde luego el debate está servido, las reflexiones sobre la opacidad de la historia es un quebradero continuo de cabeza para la interpretación de la misma, especialmente en la Edad Antigua y de menor medida paulatinamente hasta nuestros días en pleno siglo XXI donde también hay oscuras lagunas que no se han aclarado de forma voluntaria o involuntaria, siendo algo tristemente asimilado por la sociedad. En la historia antigua, el problema documental de las fuentes verídicas o falsas es la base para empezar a partir y reconstruir la existencia de nuestro pasado y bien cabe reconocer que poner sobre la mesa la interpretación de la historia es una manera de darnos cuenta de la inmensa cantidad de datos que se han ido perdiendo conforme el tiempo ha ido pasando por todos los siglos y de plantearnos si aquello que identificamos como las tradiciones más arcaicas, o los estereotipos históricos del pasado más reconocidos son realmente verdaderos o se fundamentan en vestigios de la antigüedad que de manera equivocada nos han trasmitido y ello ha dado a confundir la existencia de la humanidad en el mundo arcaico como ha pasado con la monarquía romana.

¿Saldremos de dudas alguna vez de forma clara y precisa sobre la auténtica diferencia entre la realidad y la ficción mitológica o voluntaria para fortalecer la legitimidad de estos monarcas como soberanos? No es imposible, tampoco seguro, solo el tiempo acompañado de posibles nuevos hallazgos, rigurosos estudios arqueológicos e históricos podrá decírnoslo. Tucídides ya apuntó que la historia es un incesante volver a empezar. ¿Por qué creer que no quedan más sorpresas por venir desde la antigüedad?

@hectorbraojos

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