La crisis del Imperio Romano en Hispania

Hispania, una construcción romana

La conquista romana de Hispania, había granjeado gran número de pactos, traiciones, guerras y una decisiva influencia económica, cultural y política que se había conseguido con la espada y la represión contra los pueblos íberos y cartaginenses. Doscientos años de conquistas habían dejado a Hispania situada como una de las joyas más valiosas del Imperio Romano, una tierra  que se había tragado, por la avaricia expansionista, incalculables vidas.

La importancia de esta región daría numerosos frutos a lo largo de los siglos que había servido a Roma, llegando en el siglo II a alcanzar el máximo nivel de esplendor, especialmente en el terreno económico que había experimentado un impulso a través de las ayudas del estado a las producciones de aceite y a la recaudación de minerales. Una gran cantidad de recursos y de dinero se exportan para enriquecer al Imperio.

La cultura romana se expande por toda la Hispania conquistada, el latín se aprende entre la población, los ejércitos son reclutados entre hispanorromanos y la ingeniería tiene un papel importante dentro de la misión exitosa de conectar los núcleos de población hispanos mediante puentes y calzadas que a su vez se ligarán a la red de caminos que unen el Imperio.

La sociedad, cruelmente jerarquizada y basada en un sistema esclavista distingue claramente a dos grupos de la comunidad que a su vez se subdivide en calidad de posesiones e influencias, uno más pequeño y adinerado que no tiene problemas básicos de necesidad y otro mayoritario que tiene que luchar día a día por sobrevivir como lo hacen principalmente en ciudades, además de los esclavos, siendo las urbes la clave del Imperio para controlar a la población e imponerles una serie de normas fiscales que alimentan la gran maquinaria imperial del estado.

Hispania acabó teniendo una fuerte repercusión dentro del Imperio apoyado por la aristocracia de la península que dio como resultado incluso a emperadores como Adriano y Trajano de origen hispalense. La relación entre los Emperadores y las provincias del Imperio están estrechamente relacionadas, Hispania no sería una excepción y no se puede explicar la construcción latina de la Península Ibérica sin analizar los hechos históricos de los grandes dominios romanos. El Imperio, atravesaba una fase a finales del siglo II que tenía un doble reto, solventar los problemas internos, especialmente dentro de las altas esferas de poder donde las intrigas por el control estaban a la orden del día, y por otro lado solucionar las adversidades externas encabezadas por la presión de los pueblos bárbaros que cada vez eran más preocupantes para mantener la integridad política, social y económica de Roma.

A la muerte del Emperador Cómodo comienza una inestabilidad política y una serie de Emperadores efímeros que ascienden y caen de manera vertiginosa inmersos en la guerra civil del año de los cinco emperadores; es entonces cuando finalmente vence Lucio Septimio Severo, que se enfrenta al gobernador de Britania Albino, quién no acepta esta proclamación apoyándose en la aristocracia hispalense de la Bética. El resultado es una represión brutal en Hispania, a cuyo pueblo se le confiscan tierras y se asesinan opositores sin piedad. Aprovechando esta situación bandas armadas del norte de África pasan al sur de la península y saquean todo lo que encuentran a su paso. Hispania está debilitada, su economía empobrecida por estos hechos y por la competitividad ferviente de oriente. El siglo III estará caracterizado por una fuerte crisis que afectará a todo el Imperio.

La economía estará muy debilitada por los asaltos a las rutas comerciales por parte de piratas y asaltantes, además de la devaluación constante de la moneda, que se acuñará cada vez de forma menos frecuente y contendrá menos plata y más plomo. La política estará a merced los golpes internos entre generales que van a descuidar las fronteras, que ya están escuálidas por la indisciplina militar llena de soldados levantiscos de todos los confines del mundo y faltos de líderes cualificados.  Además de ello, la peste causó estragos y se vivió una primera intentona de los pueblos bárbaros de invadir el Imperio. Bajo el gobierno del Emperador Póstumo, los francos y alamanes llegan a invadir parte de la Galia e Hispania, haciéndose con plazas del valle del Ebro, el levante y de la actual Cataluña.

En Roma el general Diocleciano es nombrado Emperador en el año 284, poniendo fin a 50 años de guerras civiles que habían descompuesto el Imperio en varios frentes abiertos. Se produce una tímida recuperación del Imperio que poco a poco va paliando las crisis que había sufrido, dividiendo el Emperador el Imperio en dos partes, lo que llevaría a una mejor administración, recaudación de impuestos y control sobre posibles insubordinaciones persiguiendo a los cristianos que ya se estaba extendiendo de forma fortalecida por Hispania.

A pesar de la división la unidad política está asegurada en Roma. Diocleciano y el prestigioso general Maximiano dirigirán el mundo romano, ayudados por sus sucesores respectivos, que llevaban el título de césar.

Cada 20 años los dos Emperadores tendrían que dejar el cargo y dar paso al césar elegido como figura principesca de sucesión pactada, lo que daría lugar al gobierno de los cuatro o la tetrarquía.

Estas reformas administrativas también afectarían a las fronteras de Hispania[1] que seguía siendo una gran columna que sostenía al Imperio.

Diocleciano abdica a principios del siglo IV con un fracaso final en la estabilización política y pasa a dar un tiempo de guerras civiles entre césares y augustos que buscan un poder de una persona única al frente de todo.

Constantino acabaría venciendo a Magencio en la batalla decisiva del puente Milvio y daría lugar a un tiempo de tolerancia cristiana. En Hispania, se van abandonando las urbes por la falta de empleo que cada vez se encuentra más en el campo. Se consolida el latifundismo, lo que produce una crisis fiscal del férreo control que se tenía en las ciudades y que entonces no se podía ejercer de la misma forma al huir sus habitantes en busca de trabajo fuera de ellas.

Con la muerte del Emperador Hispano Teodosio el Grande, el Imperio se divide definitivamente en dos unidades políticas con sus herederos Honorio y Arcadio.

Honorio, al frente de occidente, vería desintegrarse todos los límites establecidos con los bárbaros y una serie de incursiones y saqueos que pondrían fin definitivamente al Imperio Romano de occidente, a pesar que duraría unos años más hasta el 476 en términos ficticios y más teóricos que prácticos ya que el ejercicio del poder estaba verdaderamente debilitado y los nexos de unión entre la potestad política de Roma y el pueblo, prácticamente destruido por unos nuevos actores que iban a dar mucho que hablar a través de pactos, rebeliones, traiciones y conquistas: los pueblos invasores.

Roma jamás volvería a tener un imperio en occidente y de sus cenizas nacerían nuevas realidades políticas que adoptaron en cierta parte su legado.

Crisis del Imperio en Hispania

Analizar las invasiones bárbaras a finales del siglo IV presenta múltiples factores que son nexos de unión para comprender la realidad que asoló al Imperio Romano de occidente, a veces puestos frente a frente por diversos historiadores sin llegar a un acuerdo, poniéndose el acento en diversos aspectos. Este proceso se ha solido identificar con dos grandes cuestiones. La primera es el transcurso militar de las invasiones y el segundo son los resultados de estos movimientos migratorios que acabaron desestabilizando occidente; siendo este último punto el que más notoriedad tiene y sobre el cual se ha puesto más de manifiesto la lupa de la historia, con más atención ya que acaba con una tradición romana en suelo propio de origen con 12 siglos de antigüedad.

La primera cuestión hay que ligarla con otra serie de claves que hacen comprender todo este proceso, y es que los pueblos invasores habían sofisticado un modelo socioeconómico político y habían tenido contactos con las más altas esferas del poder imperial, algo que habían buscado los dirigentes y las masas populares de los pueblos del norte.

El origen de estas migraciones, que en algunos casos eran beligerantes, mientras que otras buscaban pactos, tiene una explicación que debe buscarse fuera una única respuesta unidireccional.

Por un lado, la debilidad de los invadidos no hacían honor a su nombre siglos a atrás, pues el poderío romano había minado considerablemente por su pobre nivel demográfico, cuantiosas tramas de corrupción que afectaban a las provincias a raíz de una mala administración central y una población cada vez más hastiada de los impuestos y abusos de Roma en localidades como Hispania que realmente quedaban lejos del mundo latino, siendo siempre las distancias un factor fundamental a lo largo de la historia para mantener un Imperio, haciendo de los grandes dominios grandes problemas para controlarlos a todos. Todo ello debió de contribuir a este relevo de poderes.

Estos movimientos de migración no aparecieron como algo realmente novedoso e inaudito ya que habían surgido antes en circunstancias no tan positivas para los invasores. En el siglo I a.C. ya se habían producido primeros intentos para ocupar tierras cercanas al mar Mediterráneo que se contuvieron con las conquistas romanas del limes[2]renano y del Danubio. Más tarde a finales del siglo II y en el III se produjo una gran oleada que afectó más gravemente la estructura estatal. Después de ello se produjo un periodo de tiempo de calma quizás fruto de la reconstrucción de las defensas llevada a cabo por los emperadores ilirios.

Es así cómo llegamos al último tercio del siglo IV, donde se produce el asalto definitivo contra el imperio de los romanos por parte de todas estas tribus.

Las causas son múltiples para entender estas incursiones germanas en territorio imperial y se han barajado no pocas opciones para interpretarlo desde un punto equilibrado y argumentado dentro del rigor histórico.

Se han puesto sobre la mesa distintas teorías como las condiciones climáticas que debieron empeorar, llegando una oleada de frio muy intenso por el norte de Europa. También se ha señalado al aumento demográfico como razón o la presión de estos pueblos por el pillaje y la rapiña de los hunos que procedían de las estepas euroasiáticas. Incluso se ha llegado a plantear la fascinación de estos pueblos nórdicos por el pueblo romano, su cultura, formaciones militares, economía o estructura estatal, algo en lo que podían haber puesto su atención para plantear un desarrollo más complejo de su sociedad con el objetivo de perdurar en el tiempo, una fijación que realmente planteaba imitar a los romanos para ser tan grandes como ellos y su legado imperial.

Sin embargo hay una constancia histórica, a través de documentos literarios y yacimientos arqueológicos que ofrecen una visión de un notable desarrollo de estos pueblos, algo decisivo para la gran gesta de atravesar las fronteras del imperio y buscar un nuevo hogar en condiciones más favorables.

Esto condujo a una unificación social y económica que dio el impulso a una sociedad más ramificada que se apoyaba en un tipo de agricultura propio, denominado por arqueólogos alemanes como Haufendörfer. Además de un entramado de parentesco entre una nueva clase dirigente como eran los señores de la tierra, los cuales, entre aldeas, tenían siempre algún lazo de unión, ya fuera a través de actividades comerciales, parentescos o ayudas que se mantenían de manera recíproca.

Por ello mismo, gracias al estudio de investigadores alemanes como Dannenbauer, Schlesinger o Mayer podemos constatar que estos pueblos ya durante las invasiones del siglo IV tenían una marcada actitud aristocrática que se basaba en un proceso social fundamentado por el paso del tiempo y fortalecido como la identidad de esas tribus.

Las incursiones armadas pueden distinguirse en  varias oleadas. La primera tuvo un carácter muy beligerante y tienen como punto álgido la batalla ganada por los visigodos a los romanos de Adrianópolis en el año 378 y el paso sobre el Rin de los pueblos ósticos en la navidad del año 406; godos, vándalos y burgundios caracterizaron movimientos migratorios de las orillas del mar Negro a la península Ibérica e incluso al Norte de África. La segunda etapa, de una forma más duradera, produjo una oleada de incursiones por francos, alamanes y bávaros en la Galia y en Baviera. De forma contemporánea a estos dos niveles se producía la germanización de Gran Bretaña. Por último, la tercera fase estableció a los lombardos en Italia y a los ávaros, de origen mongol, en las estepas de Europa central y oriental.

Cabe mencionar la articulación social dinámica que se mantenía en estos pueblos para llevar a toda la comunidad en un viaje de largos recorridos y peligrosas circunstancias.

Según el historiador R. Wenskus, estos pueblos germanos tenían como estructura vital una realeza a la cual se le adhería el resto de la población; si estos núcleos de estirpe sobrevivían, muy probablemente el grueso social también lo haría.

Para entender las invasiones del siglo V en la península Ibérica hay que tener en cuenta las relaciones socioeconómicas dadas al principio de siglo con claros referentes sobre el poder imperial, las incidencias de las invasiones en el escenario anterior y la evolución de la estructura imperial ante las nuevas realidades que se estaban produciendo sobre las incursiones.

Los pueblos góticos había viajado desde la isla Scandia hasta el norte del mar Negro en el siglo III donde tuvieron contactos culturales con pueblos iranios (alanos) de los que tomaron referencias culturales, así como con Roma a lo largo del siglo IV, propagándose desde el imperio el cristianismo que les influenció en su vertiente arriana, lo que posteriormente sería un elemento de cohesión en la invasión íbera. A finales del siglo IV cundió el pánico entre los godos al ver como caía el reino ostrogodo por asalto de los hunos, lo que llevo a la división gótica que estableció habitantes en protectorados hunos de los Cárpatos y Moldavia mientras que otros fueron acogidos por el Imperio en Tracia. Roma intentó destruirlos de forma fallida y más tarde incluso recibirían el grado de foederati[3]del Imperio estableciéndose en Mesia. El problema visigodo se extendió por Italia con el saqueo de Roma en el 410, un punto de inflexión de debilitamiento latino; los antiguos aliados del Imperio eran de nuevo un problema incontrolado.

Se extienden por el norte itálico, y al no conseguir Marsella, con Ataulfo viajan hacia Narbona, Toulouse y Burdeos sin acceso a la costa controlada por Roma. La presión romana[4]de corte de suministros hace que busquen en Hispania nuevos territorios donde asentarse, lo que hace huir de la Galia en el 415 e instalarse en Barcino (Barcelona), a los pocos años de que también cruzasen grupos de suevos, alanos y vándalos. Los suevos se establecen en Galicia, los alanos ocupan Lusitania y la cartaginensia mientras que los vándalos se centran en la Bética.

Estas invasiones son favorecidas desde dentro de la propia Hispania por sus habitantes que están hastiados de su relación con Roma a la que deben sumisión, obligaciones tributos y la cual no puede defender sus posesiones del pillaje y ocupación de estos pueblos.

Orosio, presbítero hispano refleja en sus textos esta situación, que deja paso a nuevas realidades políticas en la península Ibérica:

A pesar de todo, los bárbaros, despreciando las armas, se dedicaron a la agricultura y respetan a los romanos que quedaron allí poco menos que como aliados o amigos, de forma que ya entre ellos hay algunos ciudadanos romanos que prefieren soportar libertad con pobreza entre los barbaros que preocupación por tributo entre los romanos.

El segundo sucesor de Ataúlfo, Walia, al no poder cruzar por el estrecho de Gibraltar a África, llega a un acuerdo con el nuevo Emperador Constancio. Se produce un nuevo pacto de foedus, lo que lleva a los visigodos a luchar contra los alanos y vándalos que asolaban Hispania a cambio de que Roma les entregara suministros y un futuro lugar donde asentarse. Hispania estaba descontrolada por Roma, las invasiones habían debilitado enormemente su influencia en la península, gran parte de la aristocracia había huido y los talleres, latifundios, villas, minas y aldeas habían sufrido en cierta parte la misma suerte, dejando al abandono estos centros y a merced de los recién llegados.

La crisis romana en Hispania estaba en su momento más crítico, con la invasión de germanos y aliados no deseados que dejaban en un lugar secundario a Roma hasta cierto punto.  La situación de confusión se expandió con la falta de fuerzas militares romanas organizadas a cargo de las luchas internas del Imperio.

Las cifras siempre van a ser objeto de debate entre los historiadores y el caso de las invasiones germanas no iba a ser diferente. La cifra hipotética que se baraja es de 200.000 invasores entre asdingos, silingos, suevos y alanos. Pero esta cantidad es de hombres, mujeres y niños de los que no deberían salir más de 56.000 guerreros. En el caso visigodo la cifra varía aún más pero se mantiene entre los 150.000 y 200.000 pobladores en total. El número de invasores sigue modificándose según se van encontrando yacimientos arqueológicos y documentos históricos que cambian continuamente el pasado para encontrar en este caso un número exacto que parece imposible perseguir.

En los momentos posteriores de la invasión se habla de una relativa paz y tranquilidad en la península; los recién llegados se dedicaron al cultivo de las tierras y dejaron la rapiña y el saqueo. Este proceso de paz pudo influenciar en la cohesión social con una adaptación paulatina por parte de los pueblos germanos que cada vez llegaron a integrarse mejor entre sus vecinos hispanorromanos, llegando algunos incluso a convertirse al cristianismo nativo hispalense como los vándalos, como consecuencia de un choque religioso entre arrianos y católicos.

Con el pacto firmado entre visigodos y romanos, Walia comenzó su lucha contra los grupos que habían ocupado las regiones más ricas y romanizadas, siendo el objetivo principal de legados senatoriales que habían depositado allí una cuantiosa inversión que les daba múltiples riquezas.

De una manera muy precisa y veloz Walia marchó en fugaces campañas militares entre los años 416 y 417 contra los silingos y alanos. Los visigodos en 2 años acaban expulsando a los alanos y vándalos con la fuerza de las armas, que pasan al norte de África, los suevos en cambio permanecen en Galicia observando los impulsos de los godos ayudados por los romanos. Comenzaba así una alianza entre estos pueblos guerreros y una parte de la aristocracia del mediodía de la Galia e Hispania. La promesa romana acabó cumpliéndose y se renovó de nuevo el tratado que se había mantenido anteriormente, el foedus volvía a utilizarse como elemento jurídico de compromiso entre pueblos. Por ello mismo acabaron recibiendo tierras donde establecerse. Se les suministra regiones en el suroeste galo, esencialmente gran parte de Aquitania Segunda y Novempopulania. La historiografía señala, no sin debate, que esto pudo producirse mediante el principio romano de hospitalitas, por el cual se les donaba una serie de fincas como únicos propietarios de las cuales les correspondían dos tercios. Así como la utilización de los ríos y bosques colindantes para su aprovechamiento de transformación en recursos.

Las fincas sin embargo, eran limitadas. Los monarcas visigodos establecieron en Tolosa sus centros neurológicos de la política administrativa que se ejercía para articular su gobierno y en las ricas tierras del valle del Garona, una región muy óptima para cultivar la tierra.

Los mayores beneficiados fueron sin duda la aristocracia visigoda que se aprovecharía de las estructuras ya existentes y empezarían a formar núcleos de poder más refinados que sus antepasados. Estos centros tomarían contacto con la aristocracia senatorial entrando en un cúmulo de intereses socioeconómicos que tuvieron que aprender rápido para desarrollarse en la nueva realidad social que disfrutaban, concediendo Roma una autonomía a lo que se conoce como el reino visigodo de Tolosa, una entidad que creó recelos entre los más poderosos romanos y nostálgicos del pasado de una fortaleza del imperio que no hubiera permitido tal osadía.

Esta cesión de tierra, por supuesto, era un ultraje para la moral romana, pero el orgullo era un lujo que no podían permitirse viéndose como estaban en continuas maniobras para esquivar los duros golpes de las invasiones que estaban asentando embestidas a los cimientos sobre los que consolidaba el Imperio. Los centros comerciales se paralizaron, algunos abandonados presos del pánico, otros destruidos por el saqueo y las rutas dejaron de ser lo poco seguras que ya eran. El impacto económico de las invasiones tuvo una gran importancia que llevarían al colapso a Roma y por tanto a sus posesiones de ultramar en las colonias que habían abastecido a un aparato estatal que devoraba continuamente impuestos que muchas veces eran utilizados de la forma más corrupta e inmoral posible.

Aun así, los romanos que estaban debilitados, vieron en sus aliados no deseados una ventaja en la cesión de suelo que ofrecía protección contra posibles nuevas oleadas de pueblos que buscaban inhóspitas tierras donde asentarse. La poderosa aristocracia de la Galia utilizó a los visigodos con una doble función, ser como aliados menores la primera fuerza de choque contra cualquier intento de invasión y proteger el interior de sus tierras y aledaños de las constantes bagaudas.

Estos fenómenos sociales se produjeron durante los siglos IV y V por toda Hispania y la Galia; las baugadas, fueron procesos de pillaje y subsistencia violenta inmediata por parte de los campesinos que abandonaban los campos y saqueaban poblaciones vecinas o las revolvían contra su señor para acabar dando rienda libre a la rapiña, se llegaron a asediar incluso ciudades por las baugadas. Esta situación fue provocada por la desesperación de las clases populares que lidiaban con la supervivencia continua, luchando por vivir un día más en aquellos tiempos de violencia desmesurada, grandes propietarios que acumulaban riquezas y un sistema social que las llenaban de impuestos que los mantenían en la más absoluta miseria en comparación con las grandes cúspides del poder romano.

El momento de auge de estos movimientos campesinos tiene lugar a la vez que se producen las invasiones germánicas del siglo V. Las revueltas galas se trasladan al territorio vascón y a la Terraconensa, en un escenario envuelto de crisis y difícil porvenir. Las revueltas llegaron a enfrentarse a ejércitos romanos organizados y a ganarlos batallas y refriegas. En Hispania esta revolución campesina tuvo lugar de forma muy significativa en el alto y medio valle del Ebro. Llegaron a ser un problema social para las autoridades romanas, llegando a asesinar al obispo de Tarazona, saquear Lérida y conquistar Zaragoza con el apoyo de los suevos. La derrota final de este proceso violento llegaría con una represión que acabaría en el año 454 con estos movimientos armados. Salviano de Marsella, autor latino cristiano del siglo V nos reproduce con sus palabras el testimonio escrito en una frase muy relevante sobre las baugadas:

Prefirieron vivir libremente con el nombre de esclavos, que ser esclavos manteniendo sólo el nombre de libres.

Por otra parte, en el reino visigodo de Tolosa necesitan de un cuerpo  que afiance su sociedad de forma legítima y controle su fuerza. Es así como por mano del rey Eurico, aceptan el Código de Eurico Codex Euricianus con claras influencias romanas del concepto del derecho, del cual se inspiró el código.

Los visigodos, cada vez con mayor autonomía y capacidad para resolver los problemas sin la supervisión romana, tenían en la cabeza la expansión de territorios e influencias. Es así como deciden adueñarse de algunas partes de la Península Ibérica como Zaragoza, Tarragona o Pamplona que caen en manos del rey Eurico y fulmina cualquier insubordinación, representando una brutal represión que culminó con asesinatos y torturas ante los que no aceptaran su poder como legítimo señor.

El reino de Tolosa de los visigodos parecía imparable como una nueva realidad política que se había aprovechado de las alianzas romanas para finalmente establecerse en Hispania y parte de la Galia.

Pero se produce el traslado visigodo de Tolosa a Toledo, que tiene como trasfondo la Batalla de Vouillé de la primavera del 507.

Esta lucha tiene tras de sí el futuro visigodo en la Galia que le será negado por las armas galas. Clodoveo I, rey de los francos, igual que los godos, trata de extender su gloria y asentar su poder político a través de la conquista y el uso del poder con una monopolización de la violencia. Trata de imitar a los romanos unificando el norte y el este de la Galia. Para ello tuvo que vencer en primer lugar al patricio galorromano Siagrio en Soisson, que había desafiado su poder con el establecimiento de un reino entre el rio Sena y el Loira. Esta época está plagada de autoritarismos y una sed insaciable de poder en todas las tribus que estaban envalentonadas por las numerosas derrotas romanas, debilitando su Imperio que pasó de ser una fuerza hegemónica a un legado que perduró en oriente con Constantinopla. Occidente fue pasto de las incursiones.

Clodoveo también viajó hacia el norte extendiendo sus dominios y luchando contra los alamanes, a quienes venció en la batalla de Tolbiac. Una de sus fuerzas clave para cohesionar la sociedad fue su conversión al cristianismo, una promesa cumplida para su esposa. Con ello se protegía de tener como enemigos a la aristocracia galorromana que ahora le veían con otros ojos tras aceptar la cristiandad, además del apoyo popular de las comunidades cristianas repartidas por toda la Galia.

Esta dualidad de cristianos y arrianos (que negaban a Cristo como dios aunque lo aceptaban como hijo de él) permaneció como una constante histórica para entrelazar las diversas culturas que se extendían por el sur de la Galia y por Hispania.

La posición cristiana de Clodoveo le dio ventaja sobre sus enemigos arrianos con un respaldo social más amplio pero no único. En el año 500 conquistó a los burgundios Dijon y volvió su mirada hacia el Reino visigodo de Tolosa, que era la llave del sur estable si se poseía, por la barrera natural de los Pirineos. Sin embargo, los visigodos no estaban solos y contaban con el apoyo de los ostrogodos al haberse casado el rey Alarico II con una hija de su pariente el rey ostrogodo Teodorico el Grande. Una política de matrimonios que tendría un papel fundamental en la asociación de familias aristocráticas godas para crear más poder y riquezas.

Las tensiones entre los dos reinos aparecen incluso cuando la diplomacia trata de buscar la solución del rio Loira como frontera natural. Esta tregua que en principio es respetada duraría poco tiempo, un espacio temporal que Alarico II trataría de aprovechar para reforzar vínculos con los católicos, a los cuales se les había perseguido desde los tiempos de su padre de forma sistemática, sin embargo la tolerancia llegó demasiado tiempo; la población católica ya estaba condicionada contra el poder arriano a raíz de sus persecuciones y clandestinidad, que incluso tuvieron como objetivo asesinatos de obispos como los de Tours y Bearn.

Previamente al conflicto, las condiciones de los ejércitos eran muy diferentes entre ambos bandos, mientras que los visigodos se habían limitado a tareas militares muy escasas de esfuerzo como acorralar a los suevos en Galicia y en el norte portugués o destruir rebeliones campesinas, los francos habían desarrollado un poder belicoso fraguado en las batallas de los alamanes, burgundios y galorromanos. Una decisiva instrucción guerrera que acabaría por dar al traste con todas las aspiraciones visigodas de mantener la dualidad de poderes tanto en la Galia como en Hispania de forma unitaria.

En la primavera del año 507, el ejército franco ya tiene todos los preparativos de la contienda listos y se lanzan contra los visigodos cruzando el Loira hacia Poitiers. Alarico II y sus tropas marchan al norte a su encuentro, con la esperanza de ver en el horizonte los aliados ostrogodos para ayudarles en su lucha. La batalla es sangrienta y desequilibrada, los visigodos, a pesar de tener más hombres sufren las embestidas de los galos que están más familiarizados con las grandes batallas, teniendo una experiencia que les hace avanzar hasta llegar a matar al rey Alarico.

La caída del rey visigodo provoca el caos entre las tropas que caen en desbandada al ver a su caudillo muerto. Como suele ocurrir en las batallas en campo abierto, la persecución de ejércitos que huyen suele ser frecuentemente la principal causa de bajas entre los vencidos, más que si se hubieran plantado a seguir guerreando, pero la moral se había venido abajo y solo con la ayuda de los aliados ostrogodos en un momento extremo del desenlace pudieron permitir huir a las hordas del rey muerto hacia Hispania, dejando atrás todas sus posesiones que pasaron a manos de los francos.

Toulouse, la capital visigoda cae en manos enemigas junto a los territorios que pertenecieron a Alarico en el sur galo excepto la Septimania.

Los visigodos jamás regresarían a recuperar sus dominios perdidos y se centrarían en la península para recobrar su poder en un territorio que hasta el momento había tenido una importancia secundaria. Los Pirineos quedaban como frontera natural entre los dos pueblos y sellarían un terreno geográfico de separación que daría lugar a la inmediata misión de recomponer el poder perdido con Alarico II.

Se produce entonces un proceso de intensificación de la germanización en la península ibérica como modo cultural y se acaba finalmente con los suevos del norte, dando paso a una Hispania construida como unidad política completamente independiente del yugo romano por primera vez en varios siglos.

La Hispania visigoda sería uno de los resultados de las profundas crisis que sufrió el Imperio como consecuencia, quizás, de una identidad cultural como pueblo más guerrero que administrativo. El colapso dio lugar a nuevos reinos independientes que fraguaron el origen de la Europa monárquica.

El nuevo horizonte visigodo

Los visigodos se establecerían en Hispania tras el largo viaje emprendido para encontrar un hogar. Años de sacrificios dieron por fin un lugar en el mundo para este pueblo guerrero que se fortaleció políticamente en la península, instalando su capital en Toledo.

La monarquía goda, que es electiva entre las grandes familias aristocráticas encierran auténticas luchas por el control total del poder, una ambición que llevará a actos y sublevaciones en parte enmarcados en luchas de religión principalmente entre arrianos y católicos, a pesar de los intentos de hermanar a las dos corrientes cristianas.

Los reyes suelen durar un breve espacio de tiempo, ya que serán asesinados con frecuencia en una sociedad que es violenta, esclavista, jerarquizada y articulada desde los intereses principales de la aristocracia frente a los intereses generales de un pueblo acostumbrado a servir con resignación.

La cohesión de la sociedad será la principal preocupación de los monarcas para afianzar su poder en la comunidad visigoda. Para ello se llevarán a cabo medidas de control absoluto de la península ibérica y una serie de derechos jurídicos que trataran de limar asperezas entre la población goda y los hispanorromanos, aprobando por fin los matrimonios mixtos de manera oficial, aunque se llevaban practicando desde el inicio de las invasiones en mayor o menor medida, un principio clave para la integración y normalización de la nueva situación política de Hispania.

El nuevo porvenir godo pasaría por una etapa de asentamiento, pero las rencillas internas por el poder absoluto encauzarían de nuevo la fragmentación de la paz, aunque a pesar de ello la cultura también tuvo su espacio en la sociedad, especialmente en manos de la iglesia, la cual acabó influyendo en la conversión católica del pueblo visigodo.

El futuro de los pueblos godos pasaría por el juego de alianzas macabro que caracterizó a la política de estos siglos a caballo entre la Edad Media y la Edad Antigua. Un periodo convulso que dio lugar a un nuevo orden mundial en occidente, siendo estos pueblos invasores los herederos de la misión de continuar la labor organizativa de la sociedad que habían sofisticado los romanos. Los cimientos de las naciones europeas germinarían con los pueblos invasores que conformaron estados y se valdrían de la huella romana para ello.

@hectorbraojos


[1]Se reconoce para empezar una realidad geográfica interrelacionada de Hispania con la creación de la figura administrativa del Vicario y se divide en diócesis sus territorios (Galicia, Terraconense, Lusitania, Cartaginense, Betica) con transformaciones fronterizas, a lo que se le añade una nueva diócesis, la Mauritania Tingitana con capital en Tingis (Tánger)

[2]El limes eran los límites fronterizos del Imperio romano. Se ubicó en Europa a lo largo de los ríos Danubio y Rin, aprovechando el cauce tan caudaloso como una frontera natural. Además de ello los soldados construyeron estructuras militares como murallas y puestos de guardia para vigilar las posibles invasiones que cada vez arremetían con más fuerza y eran más complicadas de detener su avance. En el siglo II sufren una transformación más sofisticada, añadiéndose a una distancia prudencial centros militares como torres para una mayor eficacia de vigilancia y defensa. Estos puestos atraían a comerciantes y personas de tal modo que posteriormente algunos acabaron convirtiéndose en núcleos de población.

[3]La palabra latina foederatus (en plural foederati) era la que se utilizaba para designar a un pueblo que mediante un pacto (foedus) estaba al servicio de Roma para subvencionar tropas militares a cambio de que el Imperio les suministrara recursos de todo tipo. Al principio Roma daba alimentos y dinero, pero en las crisis del siglo IV y V los impuestos disminuyeron de forma alarmante, de modo que se donaban territorios en forma de tributos, lo que con el tiempo acabó convirtiéndose en el emplazamiento en territorio romano. Tenían notable autonomía y juegan el papel de los aliados de los que desconfía Roma, lo que llevará a un perverso juego de alianzas y traiciones con estos tratados en función de los acontecimientos con estos pactos.

[4]Esta presión surge aparte de la historia beligerante que comparten ambas culturas. Se produce cuando el rey Ataúlfo se casa con Gala Placidia, hija del emperador romano Teodosio I y de su segunda esposa Gala, emperatriz consorte de Constancio III, emperador del Imperio Romano de Occidente y madre de Valentiniano III, emperador de Occidente. Además de ello, era por tanto pariente de los emperadores Honorio y Arcadio. Ello produce un ataque directo a la moral romana que pone en jaque al ejército godo.

Bibliografía

Hispania: Romanos y Visigodos Arturo Pérez. Editorial Anaya Infantil y Juvenil.

Atlas Histórico Mundial. De los orígenes a nuestros días Hermann Kinder, Werner Hilgemann y Manfre Hergt. Editorial Akal.

Breve Historia de Roma Miguel Ángel Novillo López. Editorial Nowtilus.

Breve Historia de la antigua Roma. El Imperio Bárbara Pastor. Editorial Nowtilus.

Breve historia de Grecia y Roma Pedro Barceló. Editorial Alianza.

Historia de la Edad Media S. Claramunt, E. Portela, M. González y E. Miltre. Editorial Ariel.

Historia de España. Romanismo y Germanismo. El despertar de los pueblos Hispánicos Volumen 2 de la colección Historia de España. Dirigida por Manuel Tuñón de Lara. Editorial Labor.

Historia Universal. Roma Volumen 6 de la colección Historia Universal Coordinación y producción editorial Alicia Pérez y Marta Vidal. Editorial Salvat.

Bárbaros y romanos en Hispania Javier Arce. Editorial Marcial Pons Historia.

La aventura de los godos Juan Antonio Cebrián Zúñiga Editorial La esfera de los libros

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