La revolución de 1848: Manifiesto a Europa

El manifiesto a Europa del 4 de marzo de 1848 escrito por  Alphonse de Lamartine, Ministro de Relaciones Exteriores, escritor y político nos relata la naturaleza de la Segunda República francesa.

El tono diplomático y conciliador se reconoce en este manifiesto que habla en todo momento de los valores más arraigados en Francia de la revolución de 1789, igualdad, libertad y fraternidad.

Los precedentes de la revolución de 1848 en Francia, vinieron acompañadas de una desastrosa política económica que hizo aumentar el sentimiento socialista y republicano frente a las desafortunadas decisiones de del rey Luis Felipe I.

La crisis convulsionó y colapsó los sectores industriales y financieros, haciendo una mella mucho más sangrante en las clases bajas que sufrían especialmente todas políticas del rey ancladas en el pasado sin dejar paso al progreso humano.

Las frustraciones de las políticas sociales eran una y otra vez rechazadas sin ser aprobadas, mientras que por otro lado las reformas del gobierno no daban lugar a frutos evidentes que hicieran señales de que se estaba saliendo de la absoluta quiebra.

La revolución de 1848 se transforma en un levantamiento del pueblo francés que logra que el rey Luis Felipe I  abdique y deje paso al nuevo proyecto nacional que da lugar como nombre a la Segunda República Francesa.

Esta República apenas tendrá posibilidades de salir adelante, ya que durará oficialmente hasta 1852.

El Primer Presidente elegido por un sufragio de voto masculino, Luís Napoleón Bonaparte (sobrino del Emperador Napoleón Bonaparte que sometió a Europa antes de perder la guerra en los principios del siglo XIX) da un golpe de Estado ya que intenta ser reelegido pero la Constitución no permite los mandatos de más de 4 años sin posible reelección.

Los sueños de la joven Segunda República Francesa, se verán truncados por el despotismo y la crueldad de Napoleón III quién acabará con ella e instaurará el Segundo Imperio.

El Manifiesto a Europa habla con total claridad de su naturaleza soberana en el pueblo francés que no necesita ser reconocida para dar legitimidad al nuevo estado que se intenta construir.

La Segunda República se polarizó en dos bandos, el de los socialistas, republicanos y radicales contra el absolutismo, el bando conservador y también la presencia de grupos radicales autoritarios.

Las medidas iniciales  de carácter progresista levantaron recelos en la más antigua ideología del Viejo Régimen que acabó tomando el poder, reprimiendo duramente a sus adversarios y provocando el final de cualquier intento liberal de la época.

La nueva Francia, en el manifiesto, señala que quiere entrar en la familia de los gobiernos siendo una potencia normal, deseando no perturbar la paz social en Europa, lo que muestra la intención de no ser intervenida por potencias extranjeras como se hacía habitualmente para establecer el tablero político de una u otra manera, especialmente a favor de las causas más conservadoras y anacrónicas.

El manifiesto es la explicación a las naciones de la aparición del nuevo orden francés. Habla de su naturaleza pacífica y de su legitimidad como cualquier otro pueblo que se constituya en cualquier sociedad debido al grado de madurez de los pueblos.

Hace especial hincapié en que la guerra no es el principio de la República Francesa, mencionando a la proclamación de la Primera República en 1792 tras las jornadas revolucionarias de 1789 que desestabilizaron profundamente el país como consecuencia de un masivo levantamiento popular que quería acabar con la miseria y el hambre frente al lujo y la ostentación de la burguesía más enriquecida y la aristocracia.

Retrata los principios democráticos y republicanos como la esencia de una libertad que es ya normalizada poco a poco a través de la palabra y las formas.

A pesar de la moderación de la que se habla en todo momento, se considera, en una actitud de orgullo nacional, feliz Francia si se le declara la guerra ya que se verá obligada a defenderse y por lo tanto a hacerse más grande, fuerte y vigorosa. Pero por el lado contrario  habla de una responsabilidad terrible si es Francia la que lleva la guerra a cualquier parte del mundo sin ser provocada.

Posteriormente reconoce que los tratados de 1815 que se retrataron en el Congreso de Viena no son legales y por lo tanto no tienen cabida en el nuevo estado. Por otro lado, dejando las cuestiones políticas y económicas que se exigieron y que a partir de ahora no se iban a cumplir, se reconocen los límites fronterizos por contrapartida para generar un símbolo diplomático de buena voluntad, aparcando el pasado y mirando al horizonte de los nuevos vientos políticos que soplaban en Europa.

El nacionalismo, el liberalismo y la organización del movimiento obrero, harán temblar a los cimientos de los poderes más rancios y absolutistas que detienen continuamente los derechos que se exigen no teniendo ningún inconveniente en aplastar por la fuerza de forma sangrienta cualquier atisbo de renovación del régimen.

La revolución iniciada en Francia en 1848 marcará un antes y un después en la política Europea que acabará con el dominio absoluto de La Restauración impuesta desde el Congreso de Viena y que sometía a las naciones al despotismo más arcaico.

El levantamiento francés se extendió rápidamente por gran parte del centro de Europa, en Alemania, Hungría, Italia y Austria. El desarrollo tecnológico de las comunicaciones, especialmente del telégrafo y del ferrocarril, hicieron posible expandir de forma sencillamente imparable todas las noticias y los ideales franceses que se había puesto en pie para echar a su rey legítimo y construir el destino de su nación con todas sus sombras y sus luces.

Por esto mismo, el manifiesto, también menciona de forma clara y contundente que (siendo consciente de su importancia hegemónica en Europa) en caso de verse amenazada su tradicional aliada Suiza, o los Estados Independientes Italianos, advierte de su derecho natural de armarse para establecer una protección a los movimientos del crecer de las naciones, basado en el nacionalismo.

De este modo intenta persuadir al resto de naciones de promover una paz beneficiosa para los movimientos más liberales intentando evitar la intervención militar tan normalizada en el siglo XIX para pasar por las armas cualquier organización dispuesta a cambiar las naciones de su viejo orden del poder de las monarquías absolutas que poco a poco irían perdiendo sus apoyos como nunca antes en la historia, desarrollándose en el siglo XX y XXI modelos muy diferentes en tan solo dos siglos de cómo organizar sociedades en torno a una eclosión de nuevas ideas y valores que se iban entremezclando y formando perfiles políticos en toda Europa.

La República Francesa asegura haber dejado atrás las prospcripciones y las dictaduras, y declara posicionarse a favor de la libertad en el interior de su país y a garantizar sus valores democráticos en el escenario internacional.

Esta decisión de proteger los movimientos nacionalistas románticos con valores democráticos es una clara muestra de cómo las relaciones de los países estaban legitimadas por los intereses de las ideas y los beneficios. Lo cual supuso que emergiera una Europa que continuaba dividida en este tercer ciclo revolucionario de 1848 tras los de 1820 y 1830.

Los valores democráticos y de los derechos humanos serán impulsados por un movimiento obrero cada vez más organizado e inspirado en las asociaciones de trabajadores ingleses y las ideas se extendían como la pólvora de los escritos de personajes muy influyentes que perfilaron el socialismo utópico hacia el socialismo científico como Engels y Marx.

Estos movimientos sociales de organización obrera, como en la revolución de 1848 elegirán una participación activa de las masas en las decisiones políticas que rijan el país hacia una u otra dirección política, es el caso francés que a pesar de no cuestionar el capitalismo, sí que quiere una redistribución justa de su riqueza entre las clases sociales más indefensas y débiles que eran campesinos y obreros en esta mitad del siglo XIX.

@hectorbraojos

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