La peste según Bocaccio

El texto que nos ocupa para acercarnos a ese periodo tremendo donde la muerte destrozaba Europa, está escrito por Giovanni Boccaccio (1313 –1375) que fue un importante escritor y humanista nacido en Italia, considerado como uno de los grandes autores de la literatura.

La composición trata de las 10 primeras páginas del libro Decamerón, que comprende parte de la titulada Primera Jornada. El libro se terminó en 1351 y trata sobre el relato, la peste que asoló la ciudad de Florencia en 1348. Pasa así Boccaccio por una descripción de una manera lo más amenamente posible entendiendo la gravedad del asunto por la grandísima mortandad que sufrió Europa y lo terrible que debió de ser padecer la situación.

En el texto del Decamerón,  Giovanni Boccaccio advierte de las tremendas calamidades que está ejerciendo la peste en Florencia, donde los habitantes están completamente atemorizados y lo que empezó como los síntomas de una serie de ampollas (algunas tan grandes como una manzana y llamadas “bubas” por el pueblo, según describe el autor) bajo las ingles o axilas junto con una serie de manchas negras a lo largo del cuerpo, se convirtió pronto en una pesadilla al morir entre los dos y tres días después de ser infectados.

Entiende Boccaccio este acontecimiento literalmente como “la justa ira de Dios” contemplando el hecho de que a pesar de los rezos de los más devotos no sirven para aplacar un castigo divino enviado desde oriente extendiéndose hasta occidente.

Ante los primeros síntomas y primeras conclusiones de ser una muerte segura empiezan a proliferar varios médicos de los cuales muchos de ellos jamás han tenido contacto alguno con las ciencias medicinales, es decir, que cabe imaginar a partir de las palabras del autor una serie de personas que intentaban combatir la enfermedad con remedios caseros que nada tienen que ver con el verdadero problema de la peste durante el siglo XIV, por lo que debieron combinar toda clase de lo que ellos consideraron “medicamentos” con oraciones y rezos.

La muerte y desesperación cunde aún más cuando ya ni siquiera pueden tocar las ropas de los infectados o cualquier otra cosa que haya usado el enfermo, de tal modo afecta a todas sus pertenencias e incluso la peste se propaga entre animales de unos a otros y mueren en un brevísimo espacio de tiempo.

Relata verdaderamente bien y de una manera amena y comprensible, a mi gusto, las complejidades de esos tiempos donde observa la desventura de los más pobres que no tenían recursos para sobrevivir y las reacciones de los habitantes que evita a los enfermos y se abandonan unos a otros, siempre desde un punto de vista analítico, donde por ejemplo observa a la sociedad en esos momentos donde había grandes grupos que reflejaban su modo de vida frente a la enfermedad y la muerte. Los hubo desde los que ridiculizaban a los enfermos, pasando por los que no tomaban medicación alguna o los que directamente escaparon de Florencia.

Algunos viven al día, tratando casi de forma paranoica la peste como si no pasara nada, comiendo abundantemente y caminando ebrios por las calles sin privarse de ningún tipo de lujo que se puedan permitir, sin temor a la vida creyendo firmemente que viviendo así, sin miedo, puede ser la única forma de sobrevivir.

Este número de personas, no lo dice el autor, pero imagino que no debió ser muy mayoritario ya que ver continuamente como se moría la gente alrededor, todos los días, temiendo ser infectados por prendas de ropa o alimentos desalentaría cualquier moral que intentara vivir al límite desafiando a la propia muerte. Lo que intuyo es que este grupo se concentró especialmente en el principio de la catástrofe, pero cuando se sucedieron los días y los meses, no se seguiría tanto su ejemplo.

Otro grupo fue el de las personas que se aislaban en sus casas, por recomendaciones de los médicos que alentaban a todo el mundo a no salir de casa el mayor tiempo posible para no correr riesgo de contraer la infección en la calle. Lo que hacía que las personas se aprovisionaran como si de una guerra se tratara para no salir y guarecerse con sus familias tapando ventanas y puertas, excluyéndose del mundo exterior e incluso dejando de lado, como relata Boccaccio, a los seres queridos, que ya no se visitaban completa o parcialmente por temor a contagios. Impacta este tema a Boccaccio destacando como los padres abandonaban hijos y se abandonaban hermanos, amigos y primos, de manera que la amistad y la familia quedaban relegadas a un segundo plano manteniendo por encima de todo la posibilidad de ser islas humanas vivas en un mar de personas enfermas y moribundas.

Sin embargo, un tercer grupo disponía un camino diferente que conformaba los dos aspectos anteriores, salían lo necesario y justo pero salían a la calle.

Otros en cambio decidieron huir, lo más lejos posible, a un destino incierto ya que las autoridades establecían cordones sanitarios prohibiendo entradas a las ciudades a personas que provinieran de partes infectadas. Lo que imagino que debió ser terrible ya que no todo el mundo estaba infectado solo porque hubiera un brote en una ciudad sin embargo, en aquella época tampoco existían los medios científicos y medicinales que tenemos hoy en día, por lo que era prácticamente imposible conocer quien podría introducir la peste en sus ropas, en su organismo o en los alimentos que portaran para tan largo e imprevisto viaje.

De este modo, y entendiendo el fenómeno de la peste como algo imparable, a las personas solo les quedaba los amigos y la avaricia de los sirviente. Quiero detenerme en este punto (teniendo en cuenta la escasez de amigos que uno pudiese encontrar) para destacar el hecho de este nuevo grupo laboral que emerge de una manera singular.

Debido a la mortandad, los más carentes encontraron en la peste una nueva forma de ganarse la vida, aprovechando la servidumbre como un trabajo prácticamente de lujo a las órdenes de los más pudientes económicamente, por lo que engrosando vistosamente sus salarios a cambio de servir a sus señores, se jugaban la vida al producirse una infección, porque sus principales demandas de empleo provenían de estas altas capas sociales que podían permitírselo.

Imagino que fue tal la desesperación de la gente para arriesgar su vida en unos años donde también se debió concebir una crisis económica ya que el ganado moría, la gente no acudía al trabajo y de este modo los mercados tampoco tendrían mucho alimento que ofrecer a los ciudadanos ya que las propias cosechas se abandonaban y eran sometidas a un estrepitoso fracaso de producción. En este terrible ambiente debemos movernos para entender otra cara de la peste, la realidad de la Florencia pobre que moría de hambre y de la propia enfermedad de una manera mucho más rápida que aquel que al menos con este o aquel medicamente pagado paliase los efectos del contagio al menos de una manera inmediata, para retrasar así la muerte y albergar la esperanza de la vida.

El panorama era terrible y las Iglesias no daban abasto para recoger a los muertos y enterrarlos dignamente ya que la muerte estaba a la orden del día y era habitual ver pasar los carros por las noches donde recogían a las personas que habían fallecido sin ni siquiera llegar a estar en una habitación sino tirados por las calles o acurrucados en rincones y soportales.

Según los estratos sociales y la importancia del fallecido allí acudía el clero acompañado de ceremonias a las puertas y dentro de sus casas en un primer principio, sin embargo según aumenta la ferocidad del contagio y la muerte, estas ceremonias son casi reducidas a su mínima expresión, de modo que también sufre una serie de cambios empezando por una disminución de la cantidad de personas que lloraban, llevaban y rezaban al muerto. Estos puestos vacantes se suplieron con otro tipo de personas. De los más barrios bajos empiezan a surgir los “faquines” que eran una especie de sepultureros formados esencialmente por pobres.

El terror era tal que los vecinos sabían de las muertes de unos y otros por el olor a quienes sacaban con ayuda de acarreadores de las casas (según entiende Boccaccio) más que por el amor al muerto, por el hedor que desprendía y el temor a más focos de corrupción de cuerpos e infecciones inminentes.

Pero también era muy grande el número de personas que caían en la vía pública y se amontonaban entre las callejuelas y las esquinas de la ciudad, retratando un paisaje dantesco.

La mortandad se disparó de una forma muy alarmante y la sociedad no  estaba preparada para ello de modo que sus propias estructuras que atendían los asuntos de la muerte, es decir el clero, tuvo una sobrexplotación que no pudo aguantar y en vez de dar sepultura individual y con todos los honores correspondientes a cada persona que fallecía se decidieron abrir enormes fosas de escasa profundidad para albergar a los centenares que llegaban de distintos puntos para recibir un santo sepulcro correspondiente con el catolicismo como religión oficial y extendida a todos y cada uno de los ámbitos sociales.

  El texto nos va guiando a través de la ciudad hasta llegar al campo, donde la situación no fue mejor que en la urbe, allí murieron “como bestias” según afirma Boccaccio una gran inmensidad de labradores que jamás pudieron aspirar a contraer un sistema médico y que caían día y noche junto a sus animales y sobre sus campos.

Un triste escenario que hace palpable lo insignificante que era la vida en esos tiempos donde ver muertos por las calles era normal y donde infectarse era más fácil que sobrevivir.

La peste fue devastadora y no solo fue causa de muerte directa sino de modo indirecto que es el aspecto que más me interesa, ese tejido social del sector de servicios, (en el sentido de los que sirven a otros con labores sociales como curas, enterradores o médicos y con labores alimentarias como agricultores, ganaderos y mercaderes) que al ser prácticamente destruido y abandonado deja al resto de la población huérfana de suministros y servicios hacia destino incierto de un futuro poco esperanzador. Por lo que la organización social se derrumba y la falta de coordinación para mantener a la población se hace latente de una manera angustiosa que retrata uno de los episodios más espantosos de nuestra historia que acabó con la destrucción total de tres quintas partes de la población.

La epidemia se contagió rápidamente entre todas las partes de la población dando a entender un trauma a absolutamente toda la sociedad porque a pesar de las precauciones o los medicamentos que pudieran pagarse las clases superiores, estos solo retrasaban la muerte y pocos casos salieron adelante por lo que fue todo un acontecimiento singular donde una catástrofe afecta de manera casi igual a todo el conjunto de la organización de las comunidades.

Así nos lo hace ver Boccaccio, relatando de una manera muy coherente y argumentada la situación histórica de aquel momento, que parece de una fidelidad bastante fiable, y que empieza la obra concibiendo aquella epidemia como una especie de montaña, no como un hecho terrible en el que se regodee, sino cómo hay que entender el conflicto desde el punto de vista que es una montaña que ha costado subir o superar pero que tras ella se encuentra una llanura agradable, la calma después de la tempestad, lo que a mi parecer hace una visión muy peculiar de lo que ocurrió, describiéndolo como un hecho que ha pasado y que ha costado superar pero dejando una puerta abierta a la esperanza y al progreso.

 

@hectorbraojos

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