El judaísmo y la España de la Edad Moderna

Los acontecimientos más virulentos del reinado de la monarquía hispánica con los judíos se producen, por encima de todo como un factor crucial, en una auténtica guerra de fronteras y territorios con los reinos taifas musulmanes, que se han visto reducidos al reino de Granada.

Es aquí, en este panorama, donde en 1391 se produce el primer altercado con una gran violencia y radicalidad hacia la comunidad judía que produce un auténtico baño de sangre y un sentimiento de odio expandido a todos los niveles de la sociedad católica, hacia todo lo que fuera el resto de religiones, con una intolerancia obsesiva.

Los disturbios marcan nuevos caminos de la iglesia para convertir a los que pudieron sobrevivir, con sermones predicadores de la fe, debates populares generados por la Disputa de Tortosa, y el arrinconamiento jurídico de los Reyes Católicos que marginaba la comunidad judía de la vida social normal, de modo que separaba a dos sociedades que se distinguían de forma forzosa, anulando cualquier tipo de relación entre ellas por órdenes jurídicas que se sumaban al odio generalizado de la población.

El rencor hacia los judíos llegó hasta tal punto de sospechar de los cristianos nuevos (antiguos judíos convertidos al cristianismo) y producirse sangrientas algaradas. La tensión fue tal que finalmente en 1492, se expulsa finalmente a los judíos tras la instauración de la Inquisición en 1478 por los Reyes Católicos que provocaron decenas de miles de perjudicados entre represaliados y asesinados por el Santo Oficio.

La mentalidad cristiana respondía a un temor por lo diferente y lo desconocido, tratando de apartar núcleos judíos desde un primer momento y un firme rechazo posterior a la figura del judeoconverso o cristiano nuevo.

Entre 50.000 y 400.000 judíos se expulsaron de la Península Ibérica con un ciego temor a que pudieran influir a los judeoconversos, los cuales se veían tentados de practicar el judaísmo en la intimidad, de predicar a la población e incluso organizar rebeliones según los argumentos católicos a finales del siglo XV en el contexto internacional de intolerancia.

Sin embargo las persecuciones continuarían hasta principios del siglo XVIII donde la Inquisición jugará un papel fundamental para enfrentar estos procesos judiciales y religiosos que acabarán por instaurar un rechazo a los judíos arraigado en todos los niveles de la población que se ve reflejado en las leyes discriminatorias y en las ejecuciones masivas, que contaban con el beneplácito de la monarquía y los altos ejes del poder, donde podemos encontrar a la nobleza y altos cargos del clero hispánico.

Este radicalismo responde sin duda a la esencia común de lo que hoy es España en cierta parte en cuanto a un desconocimiento absoluto hacia el resto de religiones, y una firme posición católica en general. España, su historia y sus secretos guardan mucha relación con este período miserable donde ser católico era sinónimo de ser del bando bueno y ser cualquier otra cosa era sinónimo de ser malo, es decir, había un dualismo brutal que responde a una manera simple de reducir la religión a las mentalidades más sencillas, que muy probablemente tiene que ver con el contexto de la inexistente alfabetización del pueblo llano y el escenario internacional de intolerancia y de represión de la iglesia católica a lo largo y ancho de Europa durante siglos.

Sin embargo, la figura del judeoconverso fue despreciada incluso después de la expulsión de 1492, implantándose un antisemitismo voraz que reflejaba el problema que tuvo España con las conversiones masivas, lo que produjo una vigilancia intolerante por parte de toda la sociedad.

La  actividad contra los judíos acabó cayendo en el olvido, generando los mitos que se producen en ambo lados de una fractura social y en un recuerdo histórico donde más tarde, después de legislaciones y asesinatos, el estado y la Iglesia se centrarán más en canalizar el combate hacia la herejía de las posiciones reformistas del catolicismo y hacia los judeoconversos portugueses, dejando poco a poco y vagamente en el olvido el odio religioso de manera violenta, reduciéndose a la pasividad, el desprecio o la indiferencia.

Las vivencias de la historia del judaísmo en la Península Ibérica, se pueden resumir en persecuciones continuas y desagradables injusticias. Una principal etapa de asesinatos y linchamientos colectivos y otra más pasiva donde las instituciones eran las principales protagonistas de la violencia, ejemplarizando a toda la sociedad con sus prácticas de la más desgarrada intolerancia.

La práctica de los dirigentes del estado en los últimos vestigios de la represión, predicaban el odio de forma gradual por todos los niveles de arriba a abajo de forma piramidal, basándose en el odio que probablemente surgió de abajo a arriba.

La religión era algo oficial y público, nada que ver con las prácticas privadas que a nadie le tuvieran que importar, era una confesión pública, donde el culto de la monarquía era el culto del pueblo, que en el caso de la Península Ibérica se había instaurado en un catolicismo a ultranza. De este modo, señalar a sospechosos de practicar el judaísmo era algo habitual, siendo frecuente que cualquier súbdito se mostrase por presión social como un buen cristiano al gentío, quien sabe si influido por el miedo a una represión en un ambiente de terror al Santo Oficio, o por puras convicciones antisemitas o simplemente católicas.

El clero destacará por infundir principalmente ese odio desde cada iglesia urbana y rural a lo diferente y lo ajeno, teniendo como resultado esa visión difusa y oscura del judaísmo que degenerará en un catolicismo radical. Posteriormente, se dejará esa obsesión por el judío, pero seguirán apareciendo cabezas de turco para canalizar desde el poder político las angustias sociales, centrándose en el Antiguo Régimen, con la dinastía Borbón, en criminalizar a los gitanos (llamados castellanos nuevos) y a las clases populares de los pobres, produciéndose redadas que acababan por destinar a los nuevos represaliados a galeras, el ejército de Su Majestad o presidios africanos entre otros futuros no tan agraciados.

La historia cristiana en la Península Ibérica estuvo ligada a este tipo de ataques y lo tomará como esencia a lo largo de su construcción cultural, emergiendo así un catolicismo extremista consolidado que refuerza la legitimidad de su poder, envolviendo a la monarquía como aliada e inculcando valores interesados a la sociedad, ejerciendo como factor de cohesión y presión para que no estallaran por los aires las tensiones entre los estamentos, fruto de una organización claramente jerarquizada.

@hectorbraojos

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