El Motín de los Gatos

El sistema político del Antiguo Régimen en España estaba basado en una explotación continua de unos pocos privilegiados que actuaban en el marco de un estamento social dominante sobre una mayoría social que estaba sumida en la más absoluta pobreza, que carecía de derechos básicos y tenía una economía estancada en la deriva sin rumbo de la escalada de precios, propios de un sistema monetario descontrolado que no se preocupaba del acceso a los alimentos al pueblo llano, ya que primaban los intereses de los estamentos privilegiados por encima de todos los demás.

Todo ello, a pesar de la estructura represiva del despotismo y sus elementos que mantenían la paz social como la religión católica y nacional, hacía en algunas ocasiones saltar por los aires la paz social, especialmente en periodos de escasez por la inflación del pan y el trigo.

El Motín de los Gatos[1], también llamado Motín de Oropesa, fue una de esas situaciones donde la desesperación del pueblo no podía aguantar más presiones del hambre y la miseria.

El 25 de abril de 1699, la población siguió las pautas de los comunes motines de subsistencia del Antiguo Régimen, donde la población hambrienta aseguraba, mediante revueltas e incluso enfrentamientos contra las fuerzas institucionales, el fácil acceso al pan para no morir con los estómagos vacíos.

Estos sucesos cobraban mayor vigencia en los periodos más críticos de la producción alimenticia en el espacio temporal que liquidaba las reservas de alimentos de la cosecha anterior y aún no se había empezado a poner en marcha la siguiente recolección.

El día del motín, el corregidor don Francisco de Vargas se hallaba en un mercado de Madrid,  cuando una mujer se le acercó angustiada por el hambre, quejándose que no tenía alimento que llevar a su marido y sus seis hijos, a quien el corregidor, en tono burlesco y de desprecio contestó: Pues haced castrar a vuestro marido para que no os haga tantos hijos.

Un sacerdote que allí se encontraba, junto a la gente que estaba pendiente de la respuesta por la falta de pan, comenzaron a acosar e insultar al corregidor por su mezquina respuesta, el cual tuvo que refugiarse finalmente en un convento para salvar su vida.

La mecha de la insubordinación se había encendido, volviéndose miles de madrileños hacia la casa del conde de Oropesa, valido del rey a los gritos de ¡Viva el rey! ¡Muera el mal gobierno! o¡Muera, muera el perro que nos ha traído esta miseria!

Estos motines venían precedidos de una serie de conceptos morales para estructurar una sociedad dinámica, en la cual los súbditos del rey entendían el buen gobierno con las cualidades de mantener, entre otras cosas, los precios de una forma accesible para la población. En estos parámetros, las mujeres, que eran las que pasaban más tiempo en el mercado, eran necesarias colaboradoras de estos motines ya que ellas entendían mejor que nadie la escalada indiscriminada de precios y la escasez de  alimentos que dejaban paso a la miseria.

Este tipo de motines en el Antiguo Régimen eran parte de una sociedad conflictiva, más de lo que se cree a pesar de esa noción de paz social en el imaginario colectivo, nada más lejos de la verdad, teniendo en cuenta realidad histórica del gran número de pobres y marginados sociales que se veían obligados a recurrir a la delincuencia para sobrevivir entre robos, asaltos a caminos, asesinatos, contrabando o cualquier método ilegal que les pudiera permitir sobrevivir un día más usando la famosa “picaresca” española.

Los altercados del motín no cuestionaban la estructura del Antiguo Régimen debido a elementos cohesionadores de la sociedad como la moral generalizada, el derecho divino del monarca para reinar, los valores de la iglesia católica, la falta de formación educativa o la represión del mismo sistema hacia los que se atrevían a cuestionarlo. De este modo se señalaba a un chivo expiatorio, un enemigo público que servía para desencadenar toda la ira acumulada por el pueblo como en este caso fue el conde de Oropesa.

Se llegó a asaltar la casa del conde, intentando quemarlo y saquearlo, resultando enfrentamientos mortales entre los defensores y los asaltantes.

Más tarde el propio rey Carlos II tuvo a bien intervenir para calmar los ánimos,  sustituyendo al corregidor por Ronquillo y al conde de Oropesa por el religioso Manuel Arias y Porres.

La presión popular finalmente llegó a conseguir la promesa de una bajada de precios de vino, pan y carne, consiguiendo que se tranquilizara la ira desatada.

Los amotinados volvieron al palacio, donde la reina, entre lágrimas, les dijo que todo lo que demandaban se cumpliría, pero no se apaciguarían hasta que Carlos II salió al balcón.

Entonces las masas enfurecidas pidieron perdón y callaron para ver qué decía el monarca. Fue pues cuando el hechizado, a la vez que se quitaba el sombrero dos veces les dijo: Sí. Os perdono, perdonadme vosotros a mí también porque no sabía de vuestra necesidad y daré órdenes necesarias para remediarlo.

El motín de Oropesa fue un punto de inflexión en la historia de Madrid y marcaría un juego de poderes que ya se venía produciendo siglos atrás con insubordinaciones que envalentonarían al pueblo en situaciones límites como medida de respuesta a los poderes institucionales, creando un patrón de actuación como sucedería de forma notoria más tarde con el favorito de Carlos III en el famoso motín de Esquilache en 1766.

@hectorbraojos


[1] Llamado así porque a los madrileños, desde la conquista por Alfonso VI de la fortaleza musulmana de Magerit en 1083, se les llama gatos en honor a un soldado cristiano, cuyo sobrenombre era Gato, por sus habilidades y agilidad de trepar, que por orden del rey acabó encaramándose a la muralla, tirando una soga al suelo para que treparan los soldados y dejando paso a un ataque sorpresa que dio lugar a la reconquista de Madrid por tropas cristianas. Teniendo este apodo en honor a la valentía de aquel soldado que se convirtió en héroe para el bando que luchaba contra al-Ándalus.

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