La enigmática historia de la princesa de Éboli

La España de la princesa de Éboli

El reinado de Felipe II el Prudente (1556 – 1598) entronca directamente con la vida de la princesa de Éboli. A pesar de que ella naciera en 1540, en pleno dominio del padre de Felipe, Carlos I de España y V de Alemania, será en el periodo de su heredero donde destacará su astronómica influencia para caer después en desgracia entre distintas leyendas negras, celos, rumorología, acusaciones de asesinatos, conspiraciones e intrigas palaciegas.

La España del siglo XVI que conoció la princesa de Éboli fue la de una etapa imperial de monarcas absolutistas, fraguada en guerras para mantener territorios de ultramar, en Asia, África y América además de en Europa. A su vez el mundo occidental religioso y político se tambaleaba en mitad de una reforma de la iglesia que asumían pueblos del norte de Europa contra el centralismo romano y a favor de las nuevas tesis protestantes de la iglesia, abanderadas entre otros, por Lutero y Calvino. Las contiendas militares fueron continuas tanto dentro como fuera de la península Ibérica.

En el territorio nacional, las turbulencias políticas venían desde Carlos I con los conflictos de las germanías y las comunidades, así como con Felipe II con la rebelión de las Alpujarras, siendo en ambos reinados la constante de una sociedad organizada en estamentos, cuyos dos pilares fundamentales, la nobleza y el clero, vivían a costa del trabajo, la pobreza y la enorme presión fiscal que se ejercía contra los laboratores o el pueblo llano, generándose siempre como telón de fondo una desigualdad creciente y una tensión constante que se agravaba con las hambrunas y epidemias. Por otra parte, el endeudamiento enorme de Carlos I hizo que recayera en su hijo Felipe II (también aficionado a las costosas guerras y vida lujosa) las quiebras del imperio, concibiendo la suspensión de pagos de la deuda pública, y dejando este a su hijo Felipe III una deuda cinco veces mayor de la que había heredado de su padre, llevando a otras dos bancarrotas.

Parecía que en el imperio español, detrás de esa máscara de poder, florecer de las artes, la contrarreforma y conquista de extensos territorios, aparecía una monarquía con enormes problemas de impagos, de pobreza estructural y de acoso por enormes frentes de los enemigos de la corona. La princesa de Éboli nació en estos momentos, en el seno de un estamento privilegiado, viviendo la dualidad de una época de esplendor y decadencia.

Infancia y ascenso de la princesa

Doña Ana Mendoza y de la Cerda nace en Cifuentes, Guadalajara. En la iglesia de San Salvador fue bautizada el 29 de julio de 1540. Nació en el seno de una familia noble y poderosa. Su padre fue don Diego de Hurtado Mendoza, segundo conde de Mélito y su madre doña Catalina de Silva, hija de los condes de Cifuentes.

Su padre será nombrado Presidente del Consejo de las Órdenes Militares, un cargo que por necesidad tenía que desempeñarse en la corte, siempre cerca del rey Carlos I, que en el momento en que nace la pequeña Ana tiene que viajar a reprimir la rebelión de la villa de Gante en los Pises Bajos, dejando en Madrid al cardenal Tavera como Regente del reino.[1]

No obstante, la condesa de Mélito, doña Catalina, cuando tiene que dar a luz no permanece en la corte y acude en busca de protección materna al castillo de Cifuentes donde residía su madre, siendo comprensible por la encrucijada de este momento en la vida de toda mujer en el siglo XVI, donde en especial las madres primerizas podían fallecer al traer al mundo a su retoño. Quizás fuera este el motivo de que doña Ana de Mendoza naciera allí en vez de en Madrid según apunta el historiador Manuel Fernández Álvarez.

De la infancia de la princesa sabemos pocos datos aparte de su desahogo cuando se libra de la autoridad paterna, sin embargo los misterios ya comienzan desde su acta bautismal que reza así:

“Hoy, día del señor San Pedro de junio, fue bautizada la hija del conde de Mélito. Llámose doña Juana de Silva”[2]

En primer lugar, los historiadores señalan de este hecho de llamarla Juana en vez de Ana un error del cura o sacristán encargado, siendo en cambio el apellido intencionado, pues el conde de Mélito reservaba su apellido para otro hijo varón que aún esperaba y que nunca llegó, siendo finalmente doña Ana hija única.

En cualquier caso, doña Ana nació protegida por los condes de Cifuentes por vía materna (lo que implicaba el parentesco directo con don Juan de Silva, noble de confianza de Carlos I) y los Mendoza por vía paterna, una familia noble que hundía sus raíces en el cardenal Mendoza, (influyente amigo de Enrique IV, el papa Sixto IV y los Reyes Católicos) y más allá en el tiempo, como antigua familia nobiliaria de cristianos viejos de Álava que pasó a entrar en el reino de Castilla durante el reinado de Alfonso XI con fueros propios. La influencia y pomposidad de estas antiguas y orgullosas casas supo propiciar a la heredera única un futuro en la corte del rey que tocara, como no podía ser de otra forma; y ese fue Felipe II, el cual concertó cuando todavía era príncipe el matrimonio de Ruy Gómez de Silva con Ana Mendoza cuando esta tenía doce años. Los matrimonios en la Edad Moderna en las familias nobiliarias obedecían más a la estrategia que al amor, y por tanto era habitual que los padres o los hombres de poder como en este caso, decidieran por sus hijas o mujeres en estas cuestiones para acaudalar más poder, favores, territorios o riquezas. Era común que los matrimonios se concertaran bajo esta sumisión de la mujer a la voluntad de los varones, en un periodo donde, sobre todo en la nobleza, la mujer era vista como un instrumento para componer la descendencia del linaje, que era su principal objetivo, ya que los asuntos importantes o de gobierno eran reservados a los hombres. La visión de la mujer como un cuerpo, como un objeto que estaba de forma natural concebida solamente para traer hijos al mundo era parte de lo habitual en esta España del siglo XVI, siendo organizada la sociedad con más diferencias que las estamentales y estas eran las de la subordinación de la mujer frente al hombre en cualquier estamento.

El marido de Ana Mendoza, Ruy Gómez era apodado “el portugués” en la corte, pues era el nieto del paje que la Emperatriz Isabel, madre de Felipe, se trajo de Portugal. Era también heredero de señoríos menores en Portugal, de  Ulme y de Chamusca. Además fue compañero de juegos del propio príncipe Felipe lo que les hizo amigos y confidentes durante la infancia y madurez.

Este matrimonio del amigo de la infancia de Felipe no fue el primero, sino el segundo intento, ya que en su misión de buscar un matrimonio con alguna heredera de  la alta nobleza castellana, Felipe, primero dispuso acuerdo con doña Teresa de Toledo, hermana del marqués de Velada, pero esta decidió emprender el camino de la fe e ingresó como monja en la iglesia, imposibilitando el matrimonio.

Fue entonces cuando, insostenible el acuerdo, se busca al conde de Mélito y su heredera doña Ana, siendo intermediario de las nupcias el tío de doña Ana, don Juan de Silva.

Las capitulaciones matrimoniales de 1553 estaban bendecidas por el propio príncipe Felipe, el único, junto a su padre, capaz de autorizar y fomentar dicha unión, ya que era inconcebible en la alta nobleza castellana concertar un matrimonio con alguien de un linaje menor, y encima extranjero. Solo la mano del príncipe hace explicable este hecho para inclinar la balanza en favor de don Ruy.

En el documento se fijan los aspectos económicos indispensables para entender esta lógica de alianzas matrimoniales que practicaban los nobles. En las capitulaciones se muestran de forma clara la dote de Ana Mendoza que llevaba al matrimonio y las arras del novio, que era considerado un premio a la virginidad que se le suponía a la prometida. Estos pactos económicos, donde la riqueza y la propiedad eran los puntos fuertes, eran parte importante de un ritual para institucionalizar la unión de hombre y mujer además de las condiciones de la misma, consagrándose el acuerdo de matrimonio.

Es curioso que en el documento del casamiento no sea Ruy Gómez quien capitula con los padres de la novia, sino que es el mismísimo príncipe Felipe actuando de forma paternalista. Lo que evidencia la amistad que le profesa a Ruy, que sabiendo el futuro monarca de su humilde dinastía (ni siquiera recibe el trato de don) en comparación con doña Ana dice:

“Item, que Su Alteza, por razón del dicho casamiento, dará seis mil ducados de renta de los Reinos de la Corona de Castilla al dicho Ruy Gomes de Silva y a la dicha doña Ana de Mendoza para ellos y después de sus días para sus hijos y descendientes legítimos para que los tengan como bienes de mayorazgo”

Podemos apreciar los elementos clave de este matrimonio como son la intervención real, las arras de Ruy Gómez e incluso seis mil ducados de la corona. Acordando así el príncipe y los padres de la novia el matrimonio de don Ruy y doña Ana, siendo práctica frecuente que los novios fueran solamente peones en un tablero nobiliario de poder y riquezas.

A partir de este momento doña Ana tendrá dos años para asimilar que va a casarse. Dos años en los que el propio príncipe viajará en 1554 acompañado de Ruy Gómez a Inglaterra para consumar la boda con María Tudor. De Ruy se suponía que no volvería hasta que lo hiciera su amo en el verano de 1559, pero hay documentado un viaje relámpago en 1557 con misión de hablar con Carlos V, siendo probado la estancia de Ruy en Toledo o Valladolid, pero además hay otra prueba de que sacó tiempo para ver a su amada: el primogénito Diego, que nacería a finales de 1557 o principios de 1558, felicitando la condesa de Zafra a doña Ana el 13 de enero por una carta custodiada por el Archivo de Simancas[3]. De este modo doña Ana consumó el matrimonio en 1557, siendo en 1559 cuando por fin vuelve el monarca y Ruy, el privado del Rey, el hombre más influyente de corte.

Comienza para el matrimonio Mendoza una nueva etapa en la corte del rey Prudente, ella pasa de la custodia de su padre a la de su marido, en un mundo dominado por los hombres, donde el espacio de la mujer era francamente reducido.

La propia sociedad, en el siglo XVI,  estaba organizada en torno a ideas patriarcales que dejaban las profesiones más humildes a las mujeres como las costureras, lavanderas o hilanderas. Es este sometimiento de humillación lo que agrandaba el orgullo del hombre, que veía en las mujeres poco menos que sujetos a los que debían dominar, pues ellas no se podían controlar de sus maldades, intrigas y pecados. La figura de Eva del Génesis está muy presente en la sociedad, siendo el desprecio a la mujer normalizado, recordando su desventura en el Jardín del Edén. Esto se reunía con una visión de adoración de la mujer en memoria a la Virgen María, pero bien por seguro habría pocas islas de marías en un mar de evas, ya que el menosprecio a la mujer era parte del día a día. Sin embargo esta regla obedecía en mayor medida al estamento del pueblo, ya que en la nobleza, sobre todo a partir del gótico tardío, a pesar de una evidente discriminación claramente machista, se aprecia la figura de la mujer en la corte, como una doncella llena de cualidades, siendo el resultado de los libros que se leían en la época de caballerías donde la mujer era rescatada y enamorada por valerosos caballeros. Este imaginario colectivo que se crea, también se construía en la corte, fomentándose incluso el amor imposible, el amor cortés, que era propio de la más refinada y valerosa nobleza.

También en la corte era apreciada la mujer prudente, humilde, de bravo corazón, capaz de administrar patrimonio en ausencias del marido (las guerras eran principales motivos) tal y como la duquesa de Alba, por ejemplo, gestionaba sus dominios cuando su marido luchaba en Flandes en el siglo XVI. Eran muchas las exigencias de la mujer, quizás aún más en la corte que entre los laboratores, debía ser grácil, atractiva, piadosa, culta, capaz, fiel, religiosa, valiente en ausencia del marido, frágil cuando él esté en casa, obediente, ejemplar  y además hermosa en torno a los cánones de la época donde la mujeres rubias, de cutis blanco y menudas en proporciones tenían ventaja real sobre las demás. Además debía ser una mujer que fuera resuelta en la paz del oikos, y es que en el hogar se tendría que reducir su espacio social principalmente, siendo buena ama de la casa aunque fuera delegando tareas que no fueran acorde con su estatus a criadas.

Esta visión profundamente machista era lo periódico, y bajo estas profundas presiones Ana de Mendoza tuvo que desempeñar su papel de mujer ejemplar.

El matrimonio Gómez de Silva permanece siempre fiel a Felipe II y este, en agradecimiento, y acostumbrado ayudar a su viejo amigo Ruy, les concede el título de príncipes de Éboli y más tarde son nombrados duques de Pastrana. Los rumores llegaron incluso a apuntar que este encumbramiento de Ruy por el rey era para permitir que tuviera relaciones con doña Ana, llegando a hablarse incluso de algún bastardo del rey entre los diez hijos de la princesa. La historiadora Carmen Iglesias asegura que esas leyendas forman parte de un rumor muy posterior, apostando por una amistad sincera entre el rey y Ruy. Manuel Fernández Álvarez señala que el rey tenía varias amantes entre la corte, y que por lo tanto no se puede negar esta posible relación pero que no es demostrable a día de hoy.

Doña Ana llegó a ser íntima de la tercera esposa de Felipe II, Isabel de Valois. Su relación en la corte era desenvuelta y parte de una rutina en años de paz a excepción del enemigo turco en aguas mediterráneas. Las excursiones al campo, los juegos o las fiestas son pasatiempos que practica la corte, especialmente el género femenino. Podemos comprobar por tanto un periodo de estabilidad y firmeza de la princesa junto a su marido, con contactos directos con las fuentes más absolutas de poder, siendo de personalidad fuerte doña Ana y formando parte directa de esos hervideros de rumores y cuchicheos que era la corte donde los duques de Alba conspiraban contra los Éboli, aspirando a ocupar sus puestos. Esta rivalidad entre facciones será una constante en el reinado de Felipe II.

Por otra, parte la expresión religiosa del matrimonio Gómez de Silva se manifestó con la fundación en su ducado de tres conventos, uno de religiosas carmelitas cerca de su palacio, y a extramuros, dos dedicados a frailes. Viendo en estos proyectos la megalomanía de la propia Ana de Mendoza más que un acto desinteresado por la fe. Serían los últimos años de un equilibrio en la corte.

La princesa monja

Hacia 1566 los Éboli abandonan la corte, en un periodo donde el rey, preocupado por las amenazas militares a la corona dentro y fuera de sus fronteras, empezaba a distanciarse de la corte con habituales retiradas en conventos que le proporcionaban paz y un grato ambiente de meditación además de acercarse a las posiciones beligerantes del Duque de Alba y Don Juan de Austria. Hay quien apunta que esta actitud se debía a la personalidad de su hijo el príncipe Don Carlos, que preso de una naturaleza enfermiza y desequilibrada a menudo se rebelaba contra su padre, llegando a contactar con los rebeldes en Flandes a espaldas de su progenitor, lo que supuso, junto a otras intrigas, el confinamiento en una prisión hasta su muerte en 1568.

Por su parte los príncipes de Éboli se centraron en su ducado de Pastrana. Se repoblaron grandes extensiones de árboles frutales, se crearon fábricas de tapices y brocados, además de plantarse moreras para facilitar la industria de la seda. Pero no solo la economía se revitalizó, sino que los tres conventos fundados fueron motivos del acercamiento a la fe de los duques.

Los príncipes llamaron la mismísima Teresa de Jesús, siendo santa después, para garantizar el éxito de la fundación. Sin embargo Teresa de Jesús y la princesa de Éboli chocaron por sus fuertes personalidades, mientras, Ruy de Gómez mediaba en el conflicto para apaciguar las tensiones.

Teresa de Jesús llega a escribir sobre este conflicto:

“Estaría allí tres meses, a donde se pasaron hartos trabajos por pedirme algunas cosas la Princesa que no convenía a nuestra religión”
Las tensiones entre cómo llevar la vida del convento se enfrentaban entre la visión de la princesa y la santa de Ávila. 
Pero parecían calmarse con la intervención de Ruy. Sin embargo la muerte repentina de Ruy Gómez de Silva en 1573 precipitó los afanes religiosos de su viuda, que en el ambiente místico de la época era perfectamente comprensible. Hay que recordar que, como bien apunta la historiadora Esther Alegre Carvajal, la casa de los Mendoza eran partidarios de los movimientos religiosos más reformistas que defendían una práctica espiritual más vivencial y poco formalista, buscando resolver las inquietudes piadosas en una práctica más interiorista y personal, postulándose dentro de las corrientes erasmistas. Así formaban parte ideológica del partido primeramente llamado humanista y posteriormente ebolistaque además daban cobijo a los focos de alumbrados en Pastrana. De este modo se oponían a la ortodoxia representada por el partido imperial o albista capitaneados por los Alba, defensores de una integridad férrea y una enorme intransigencia política. La propia Teresa de Jesús acabaría abandonando el seno de los Éboli para optar finalmente por los Alba.

Entre todas estas corrientes ideológicas y religiosas, la princesa decide convertirse en una monja descalza a la muerte de su marido. Algo que algunos celebraron y otros muchos (dentro de los muros del convento) temieron, ya que desde un principio, la arrogancia y prepotencia de la princesa se hicieron evidentes, que tomaba el convento como suyo ya que ella lo había financiado. No iba a ser una novicia más sumisa a las órdenes de la priora. Su madre, la condesa doña Catalina de Silva también ingresó, además de tener criadas dentro del convento, algo que chocaba con la regla de allí. Por primera vez doña Ana no tenía que rendirle cuentas ni a su padre ni a su marido, no iba a hacerlo ahora a una orden que ella misma había financiado.

La priora, armándose de valor, junto a otras dos monjas se atreve a decir que si no cesa la actitud de Ana de la Madre de Dios[4] la propia madre fundadora Teresa de Jesús la acabará echando del convento, y es que la acostumbrada vida palaciega chocaba con la vida religiosa, a pesar de que la princesa tratara de introducir un pedacito de la vida nobiliaria en el convento (vestidos, criadas, acceso a la calle, etc…) el rechazo dentro de los muros del santo lugar fue firme.

Ante esto la propia princesa llega a montar en cólera y por fin acaba abandonando tan hostil ambiente, retirándose a unas ermitas vecinas que había en la huerta del monasterio.

La brecha de enfrentamiento fue tal que, declarada pues la guerra abierta, la duquesa llegó a retirar el apoyo económico del convento, que siendo el principal ingreso de la orden en la región, hizo pasar penurias y necesidades a las monjas, interviniendo distintas personalidades, eclesiásticas y políticas para que cesara este asedio que había emprendido contra su antigua santa morada.

Santa Teresa de Jesús, que calificaba la situación de peligrosa era consciente de las enemistades y la tiranía de la princesa, por lo que empezó a buscar un lugar para que las monjas se trasladaran, encontrándolo en el convento carmelitano de Segovia, que como quedaba en tierras de realengo estaba fuera de la jurisdicción de doña Ana.

El plan de la Santa era delicado, ya que pretendía sacar a las monjas sin que la princesa se enterara, a tal modo llegó esta contienda entre la princesa y la monja. Los ejecutores de la trama serían Julián de Ávila y Antonio Gaitán, ambos hidalgos y vecinos de Segovia, que tuvieron que sacar a las quince o dieciséis monjas[5]a media noche en cinco carros donde se llevaron algunas preciadas posesiones. Esto no escapó al conocimiento de la princesa, quién mandó a su mayordomo para impedir la huida, no obstante, entre la defensa de las monjas de un fraile carmelitano[6]y el alboroto creado en la discusión, los hidalgos consiguen escapar.

Estos asuntos llegan a la corte, donde Felipe II, antes del desastre, se compromete sin ninguna objeción al cuidado de sus hijos de la princesa, un posible primer síntoma de paternidad según el historiador Manuel Fernández Álvarez. El rey, de forma natural acepta el cuidado de los hijos de doña Ana de forma normalizada, lo que hace resucitar la teoría de la paternidad de alguno de los hijos de doña Ana que eran diez y en 1573 cuando muere Ruy, quedaban seis. Especialmente se apunta a Rodrigo, nacido en 1562 siendo su cabello rubio el apuntalamiento de tales teorías. Lo cierto es que esto sigue siendo un misterio de la historia de la princesa.

El propio rey, después de la promesa de hacerse cargo de sus hijos la insta a abandonar el convento, algo de lo que la princesa se queja en cartas, exponiendo que su camino de la fe le era necesario, pero la doble presión de la autoridad real y las eclesiásticas de abandonar el monasterio hacen que la princesa se retire aproximadamente hacia 1574.[7]

Comenzaba entonces una nueva fase en la vida de la princesa, alejada de las normas del convento y dejando su nombre místico por el nobiliario. Empezaba de nuevo su vida política alejada del luto, siendo acusada por historiadores como Marañón (1960) de locura tras la muerte de su marido, propiciando los rumores de supuestas intrigas palaciegas que la harían hundirse.

El crimen de Juan de Escobedo

Tras abandonar el convento fue acusada de dilapidar su fortuna; en la boda de su hija mayor con el duque de Medina Sidonia, negociada personalmente, doña Ana no escatimó regalos, además vendió casas en Madrid y ofreció el convento vacío a las monjas de la concepción franciscana de Toledo. El padre de la princesa, preocupado por estos asuntos, escribió al rey para que la hiciera volver a la corte, algo que no sería del agrado de Felipe II. El padre, el viejo conde de Mélito, se había casado de nuevo tras enviudar y la mujer había quedado prontamente embarazada con la esperanza frustrada de traer al mundo un hijo varón que fuera el heredero antes que su hija Ana, además la hacienda de doña Ana necesitaba dinero, llegando incluso a rumorearse de que Antonio Pérez la prometería ayuda para animarla a ir a la capital.

Ana de Mendoza por fin abandona Pastrana y marcha a Madrid a pesar de la actitud reacia del monarca en 1576.

Como señala Carmen Iglesias, vuelven los días de la corte, de intrigas, tráficos de influencias, corrupciones económicas y cercanías al círculo de poder; donde a pesar de no tener el antiguo aprecio del rey como indica Manuel Fernández, si lo encuentra en su hombre de confianza, el Secretario del Consejo de Estado, Antonio Pérez (1540 – 1611),con quien comienza una alianza de poder. Para el miembro de la Real Academia de la Historia no hay dudas de que la princesa, teniendo 33 años ofrece sus encantos y seduce al Secretario aunque no hay pruebas de ello. Es la única solución que encuentra para en encontrar el qué podría ofrecer a Antonio Pérez la recién llegada a la corte de nuevo: el romance, ya sin la vigilancia de su padre y su marido. El atractivo de la princesa era evidente y reflejado en las crónicas a pesar de llevar un parche que hizo su rostro aún más conocido, y es que sobre este episodio también hay neblinas, algunos acusan de este hecho a un accidente en alguna clase de esgrima mientras que también hay teorías que apuntan a que lo llevaba porque realmente tenía un ojo que padecía estrabismo y que desalineaba su grácil rostro. Como en tantos sucesos en la vida de esta noble del siglo XVI quedará como misterio para siempre.

En su estancia en la corte no necesitó hacerse hueco de nuevo sino que los propios cortesanos acudían a verla, incluso el hermanastro del rey, Don Juan de Austria que en ese verano apareció de forma inesperada en Madrid antes de tomar el control en los Países Bajos.

Entre los muchos influyentes personajes que acuden a presentar respetos, noticias y negocios, acude el privado de Felipe II, Antonio Pérez, quien era hijo del antiguo Secretario Gonzalo Pérez que había tenido mucha relación con Ruy Gómez de Silva en los mejores momentos de apogeo del ministro portugués.

Esta visita, en un primer momento normal, empezó a ser costumbre, y día tras día las llegadas de Antonio Pérez a las reuniones con la princesa de Éboli eran ya muy frecuentes hasta extremos en que la multitud empezó a murmurar, en un mundo donde los rumores eran habituales; incluso en el pueblo llano, la vida organizada en torno a la plaza hacía que la congregación de gentes para conversar fuera tradición, llamándose a estos lugares mentideros por los cuchicheos y maledicencias que se generan.

La vida de Antonio Pérez, estaba llena de lujos y pronto sería bien conocido en Madrid que si uno quería que prosperasen los negocios en la corte se debía presentar un suculento regalo al Secretario, la corrupción estaba enquistada en la más alta administración y la propia princesa era cercana a estos núcleos de poder e información. Si bien no podía acercarse al poder por la influencia de su marido ya que había fallecido, ni por el contacto con el rey que ya era distante a la amistad con doña Ana, acercarse a tejer alianzas con Antonio Pérez era la posibilidad más real y acertada de la princesa para volver de nuevo a estar muy cerca de esas esferas de poder en la que siempre se había desenvuelto con sutil maestría. El acercamiento a Antonio Pérez, se le supone por parte de historiadores a la princesa por su afán de participar de forma protagonista en estos asuntos de estado. Otros apuntan a que directamente el Secretario y la princesa fueron amantes, además de otras teorías que juntan ambas cosas o incluso niegan todas.

Gregorio Marañón la calificaría de mujer fatal que seduciría al Secretario, mientras que la historiadora Carmen Iglesias apunta a intereses comunes, donde el amor era simplemente una leyenda, solo un reflejo de una sociedad donde estos rumores estaban a la orden del día, con numerosas leyendas de bastardos, relaciones sexuales, infidelidades y otros chismorreos que daban dinamismo en la aburrida vida palaciega y en las ajetreadas plazas del pueblo llano.

El regreso de Éboli fue mal visto por Mateo Vázquez, abierto rival de Antonio Pérez, pero el rey dotaba al supuesto amante de la princesa su más absoluta confianza, llegando incluso a revisar el correo privado del monarca.

Es posible que el Secretario revelara secretos de estado a la duquesa de Pastrana, fue quizás conocedora de las intrigas que había con el gobierno en Flandes y más en concreto con don Juan de Austria. Detrás de una máscara popular de un rey amante de la princesa y un secretario amante de la misma quizás se escondía una trama de tráfico de información y traición por revelar secretos de la corona que utilizaban ambos personajes para lucrarse o crear intrigas y negocios prósperos.

Gregorio Marañón apunta el dicho (quizás falso) de un supuesto testigo de una discusión en la que doña Ana amenaza a Juan de Escobedo:

Haced lo que queráis, Escobedo, que más quiero al trasero de Antonio Pérez que al Rey.[8]

Sin embargo esto se llega a atribuir a una subida de tono brava contra alguien con el que discutía. Antonio Pérez en un primer momento tampoco desmiente su relación amorosa con la princesa.

Juan de Escobedo (1530 – 1578), secretario personal del hermanastro de Felipe II, don Juan de Austria entra en escena. El Secretario Antonio Pérez, con el consentimiento del rey habla mal del monarca al secretario de Don Juan para ganarse su confianza y obtener informaciones delicadas sobre él, el hermanastro y Flandes, que pasarían posteriormente a manos de Felipe II. Este juego de doble espía a su vez hundía sus raíces en la guerra de facciones que había dentro de la corte con el asunto de Flandes desde los tiempos de Ruy Gómez. Aunque la última decisión siempre la toma el rey, no se ejerce sin escuchar las recomendaciones de sus consejeros como le había instruido su padre Carlos I, en ese contexto continúan existiendo los ebolistas (pacifistas aunque con orden militar) frente a los albistas(intransigentes y beligerantes).

Además el propio Antonio Pérez alimenta la idea de rebelión de su hermanastro, haciendo creer al rey que pronto estará fuera de control, incluso que llegará a desembarcar en la península para derrocar a su hermano o que se coronará rey inglés con una invasión sin aviso previo a Madrid. Tales historias fueron rumoreadas a pesar de la lealtad de don Juan. Antonio Pérez, influido por la princesa de Éboli, de este modo animaba al monarca a no enviar nuevos soldados ni dineros a Flandes por temor de una posible rebelión enmarcándose dentro de una posición cercana a los ebolistas. Antonio Pérez que había recibido una exquisita educación se desenvolvía bien en estos juegos del poder.

El contrapeso de tensiones entre Don Juan y Felipe II se agudizó, de modo que incluso se mostraba la impaciencia del hermanastro, que hubiera deseado o bien una contundente respuesta militar en Flandes con riquezas y hombres que ayudaran en su causa o un lugar en la corte donde pudiera actuar como alter ego del rey para ayudarlo en los asuntos de estado, no obteniendo ni una cosa ni la otra.

Juan de Escobedo, llamado el verdinegro por su mal carácter, confía en Antonio Pérez, desconociendo su labor de espionaje para la corona y le confía su desprecio por el tratamiento regio. Llegando incluso a alimentarse la idea de que Escobedo es quien instiga a Don Juan a rebelarse, siendo la causa de los males levantiscos de Flandes.

Juan de Escobedo, que había sido antiguo criado de la casa de doña Ana estaba en la obligación de visitarla, y fuera lo que fuera que allí descubrió (tanto documentos de secretos de estados con los que se lucraban Antonio Pérez y la princesa de Éboli como una posible relación sexual) firmó su sentencia de muerte.

Antonio Pérez confiesa él mismo el crimen en sus escritos que algunos historiadores han descalificado por la corrupción y posible manipulación del Secretario, mientras que Felipe II mandó quemar documentos y el silencio era parte de la respuesta al crimen. La información veraz aquí se muestra muy ambigua y ciertamente solo tenemos la versión de Antonio Pérez.

El rey convoca una junta para tratar este peligroso asunto, a la que asiste el marqués de los Vélez, proponiendo un bocado para Escobedo, es decir, un envenenamiento. El rey se quitaba por tanto un estorbo que alimentaba el ego de su hermanastro en Flandes y sus ambiciones de poder mientras que Antonio Pérez despejaba el camino de un intruso que había descubierto quizás tramas de tráfico de información, el doble juego de espionaje del Secretario o incluso un posible romance con doña Ana, siguiendo en esta lógica que hubiera sido a la vez amante del rey, reaccionando Pérez con el asesinato antes de que se enterara su anterior amante, preso del pánico de que un ataque de celos del monarca acabara con su vida o la de ambos. La información histórica real es completamente confusa en estos aspectos, el silencio y la ambigüedad son patria de este entuerto.

El libro de Relaciones de Antonio Pérez es el único documento que ofrece algo de luz a esta historia pero siempre con la sospecha de  si es cierto o no lo que en él se escribe.

Antonio Pérez habla claramente de consejos secretos orquestados por el rey para primero intentar envenenar a Escobedo, teniendo que hacerlo en varias ocasiones ya que no consiguen arrebatarle la vida en ninguna, en la última ocasión que deja grave al secretario de don Juan, se llega a ejecutar a una criada morisca acusada como culpable del crimen, pero Escobedo ya teme que algo más grande esté detrás de aquella infeliz muchacha que será ahorcada de forma injusta para tener algún culpable con el que sofocar la ira de Escobedo.

La documentación acerca de estos sucesos de Antonio Pérez hay que decir que son extensos y documentados, más no por ello pruebas de que sean verdad. El Secretario escribe:

“…es de saber que el Rey Católico por causas mayores, y forzosas y muy cumplidas al servicio y Corona, resolvió que el secretario Juan de Escobedo muriese, sin proceder prisión ni juicio ordinario”

Gregorio Marañón señala que lo más probable es que se descubriera el papel de doble juego espía de Antonio Pérez, lo que aceleró a Antonio Pérez a urdir la trama de que don Juan preparaba, alentado por Escobedo, la más infame de las rebeliones para derrocar a su hermanastro.

La estrategia del asesinato, después de que fallaran los intentos del veneno, usados en al menos, dos ocasiones, dejó paso a una muerte más violenta. Se contratan entonces a matones o valientes, empleando la terminología de la época. De esta forma, se suman a los conspiradores conocidos en el plan del veneno (Diego Martínez, Antonio Enríquez y Juan Rubio) los nombres de Juan de Mesa, Miguel Bosque y el más peligroso de todos, un sicario llamado Insausti.

Consiguen abrirse paso entre los criados de Escobedo y logran asestarle una estocada mortal, llegando a huir de la escena del crimen, a pesar de que algunos de los malhechores son reconocidos. El plan funcionó esta vez, Juan de Escobedo era asesinado en 1578 en las oscuras calles de Madrid.

Prisión y castigo

El crimen cometido al amparo de la noche escandalizó en la corte. Según Antonio Pérez, comenzó entonces un doble juego tanto del Secretario como del monarca de por un lado ser la encarnación de la justicia, aparentando investigación en busca de la verdad mientras que a la vez amparaban a los conspiradores para darles salida rápida de Madrid o esconderlos hasta que pasara la tormenta.

La noticia le llega a Felipe II en el Escorial, y no son las únicas nuevas que llegan al extraordinario monasterio-palacio-panteón: la familia de Escobedo clama justicia y venganza. Como se ha anotado anteriormente distintos historiadores culpan a Felipe II de saber estos asuntos y otros culpan únicamente a Antonio Pérez.

Mensajes recogidos por el propio Marañón señalan la intervención directa del rey que incluso aconsejaba a los matarifes no moverse ni causar atención. En esta línea sigue Manuel Fernández, que se asombra de que el monarca diera instrucciones a los implicados mientras, como Escobedo, ponía caras de consternación a la viuda. Por contra, Carmen Iglesias exime de toda responsabilidad al rey. El historiador Joseph Pérez pone seriamente en duda que el rey diera expresamente la orden de asesinar a Escobedo, a pesar de poder estar molesto con el engaño de Antonio Pérez al hacerle creer que el secretario de don Juan tenía una gran influencia sobre el hermanastro de Felipe II y que sus políticas en Flandes estaban orientadas en contra de las órdenes y deseos del rey Prudente.

En cualquier caso los misteriosos asesinos de la trampa a Escobedo acabaron apareciendo muertos o desaparecidos, quizás a causa de chantajear al propio Antonio Pérez con todo lo que sabían o por esa mano sin rostro que iba moviendo todos estos acontecimientos.

Mientras tanto, en 1578, el mismo año de la muerte de Escobedo, en la batalla de Alcazarquivir (Marruecos) muere Don Sebastián, el único heredero directo al trono de Portugal. Felipe II reclama el trono portugués al que también aspiraba la casa de Braganza. La duquesa Catalina de Braganza y el rey tenían los mismos derechos, pues ambos eran descendientes del rey don Manuel. Hay historiadores que señalan que la princesa de Éboli pudo conspirar en este asunto al intentar casar a una de sus hijas con el heredero de la casa de Braganza, poniendo al servicio de esta familia de la alta nobleza toda la información que disponía gracias a los negocios con Antonio Pérez.

Lo cierto es que las informaciones son tan escasas como inválidas de atestiguar verdad segura. La princesa de Éboli fue también salpicada en toda la trama de Escobedo. Los rumores y fábulas ya no se distinguen entre mito o realidad y es complicado afirmar nada de forma fiable.

A pesar de ello, la familia de Escobedo acusó sin reparo a doña Ana y Antonio Pérez, ya que según registran los documentos, parece ser que en el seno familiar algo habría comentado Escobedo acerca de las corruptelas de ambos personajes de la corte. Por ello de forma decidida, doña Constanza, viuda de Escobedo, lanza tales acusaciones de forma segura y contundente.  Sobre el tema del romance no hay pruebas concluyentes, aunque si algunos indicios delatores que podrían ser verdad o quizás no. Las visitas frecuentes de Antonio Pérez a la princesa eran de dominio público y sabidas en toda la corte.

Utilizando todo este río revuelto para sus propios fines, el secretario real Mateo Vázquez empezó una maniobra de propaganda negativa contra la princesa y contra su viejo rival Antonio Pérez al que quería desbancar como hombre de confianza del rey, lo que hizo provocar todo tipo de rumores a cada cual más siniestro y obsceno, de los cuales la corte y el pueblo llano se harían cargo de extender y manipularlos aún más.

Las acusaciones de la viuda contra la princesa, de cualquier modo, solo eran meras sospechas de las revelaciones que le había confesado su marido por lo que no encontramos pruebas contundentes contra ella. En cuanto a Felipe II, en 1579, al recibir toda la documentación de su fallecido hermanastro comprueba que realmente era leal y no un traidor, y de su implicación con el crimen no se sabe nada.

Cuando el monarca decidió encerrarla en la Torre de Pinto tras el arresto domiciliario, no se pronunciaba abiertamente sobre este asunto, dejando que las dudas camparan a sus anchas en torno a esta teatral investigación de la justicia. Allí permaneció varios meses hasta llegar a Santorcaz donde pudo disfrutar de una mejora de condiciones al poder recibir a sus hijos a pesar de la expresa prohibición de cualquier contacto con Antonio Pérez.

En 1581 cuando Felipe II se hizo con la corona de Portugal permitió volver a la princesa a su finca de Pastrana, aflojando aún más la condena de la que no sabía de qué se la acusaba. En su ducado, su actitud y vitalidad pareció mejorar.

Hasta 1585 no se dicta auto de prisión contra Antonio Pérez a pesar de todo lo que había ocurrido. Pasará su condena en varias prisiones donde recibirá un trato con ventajas respecto a otros reclusos.

Sus importantes contactos harán que se escape de prisión en 1590 cuando su acusación se vuelve delicada para él. Antonio Pérez utiliza su origen aragonés para escapar allí y refugiarse en sus fueros, lejos de la justicia del rey, que intentó utilizar a la Inquisición para llevárselo por la fuerza sin contar con que el pueblo aragonés se levantaría para impedir este acto. El castigo de la rebelión fue duramente reprimido posteriormente por el monarca con ejecuciones públicas. La emocionante huida de Antonio Pérez no acaba aquí y por fin acaba escapando a Francia ayudando a extender la leyenda negra de Felipe II en el extranjero.

La cólera del rey se descarga contra la princesa de Éboli, extremando las precauciones de que no pudiera escapar y manteniendo un castigo mucho más duro que al ex Secretario a pesar de no ser jamás acusada del asesinato de Escobedo. Felipe II acabó ordenando que se levantara un muro en la salida de su habitación para que ella no pudiera escapar y a forma de castigo para que no pudiera pasearse por el resto del hogar. La emparedada solo se comunicaba con el exterior mediante un torno por donde podían llevarle alimento. Su salud se fue deteriorando y la clemencia de Felipe II no legaba. Llegó a pedir que no le siguieran aplicando sangrías para tratar su enfermedad y en 1592 acabó muriendo, en su prisión de Pastrana que antes fue su hogar. Sola, emparedada, olvidada y despreciada acabó sus tristes días con cincuenta y dos años.

En la última carta a su hijo Diego de Silva y Mendoza, en 1592 o finales de 1591 escribe claramente como inocente, que es como ella se consideraría hasta su fallecimiento.

“En lo que mendigar justicia como culpada y delincuente, eso no, que no he hecho por qué ni conoceré jamás culpa”

En esta fascinante historia de intrigas palaciegas, asesinatos en la noche de Madrid, espionajes, informaciones sensibles y castigos incomprensibles surgen un millar de dudas que jamás se podrán dilucidar. ¿Por qué castigó antes y más severamente Felipe II a la duquesa? ¿Su acusación era de celos del rey o de traición a la corona? ¿Traición por las conspiraciones portuguesas o las que supuestamente mantenía con el Secretario del rey? ¿Mentía Antonio Pérez al involucrar directamente al rey? ¿Quién o quiénes ganaban con el asesinato de Escobedo? ¿Por qué jamás hubo juicio ninguno? ¿Quiénes asesinaron a esos matarifes que acabaron con Escobedo? ¿Por qué? ¿Qué tenía que ocultar o proteger el rey para que no se llevara a cabo una investigación seria sino una condena directa? ¿Por qué jamás se pronunció sobre este asunto el rey Prudente?

Me temo que solo un enorme golpe de suerte que revele documentos inéditos podría arrojar algo de luz a estas cuestiones, pero lo más probable es que jamás lleguemos a saber la auténtica verdad sobre la vida de la enigmática princesa de Éboli.

El castigo a la duquesa fue tajante y olvidado por el resto de sus amigos en la corte. Apartada del mundo, de la calle, de su familia porque en el fondo ¿a quién podía importarle la verdad de una mujer? La discriminación patriarcal contra la mujer se puede respirar en la biografía de doña Ana de Mendoza y de la Cerda. Las numerosas acusaciones de todo tipo de extravagantes leyendas se cernieron sobre ella sin importarle a nadie hacer justicia. Al fin y al cabo había caído en desgracia y si el rey la mantenía presa ¿quién iba a atreverse a contradecir al monarca absoluto?

Las leyendas de amoríos, romances infieles, bastardos y tiranías de la princesa, que además fue tachada de histérica, manipuladora y loca solo han obedecido a las habladurías populares. Siendo honestos, hay indicios de ciertos actos pero ninguno probables de forma cortante y veraz.

La vida de doña Ana fue presa de las habladurías, los castigos y las acusaciones, pero también pudo disfrutar el poder en sus más altas expresiones, codeándose con la flor y nata del reino de España, además de complacerse en una vida de auténtico lujo, de felicidad junto a su familia, e incluso de aventuras místicas que ella misma decidió emprender. Esta trayectoria de deleite desde luego que no era lo común en un imperio donde la pobreza estaba a la orden del día. Tuvo por tanto una astronómica carrera que lo llevó a lo más alto del poder en España para caer después fulminantemente en desgracia con una leyenda oscura que no es probada salvo en crónicas y rumores.

La princesa de Éboli fue una mujer que estremecía porque no rendía cuentas a ningún hombre en un mundo regido por hombres. Desafiando todo ese universo para participar de ese poder que a tantas mujeres negaron.

@hectorbraojos


– Trevor J. Dadson y Helen H. Reed. Epistolario e historia documental de na de Mendoza y de la Cerda, princesa de Éboli. Editorial Iberoamericana Vervuert. 2013.

– Nacho Ares. Éboli: Secretos de la vida de Ana de Mendoza. Editorial Algaba. 2005.

– Helen Nader. Power and gender in renaissance spain: eight women of the Mendoza family. 1450 – 1650. Editorial European Press Service. 2004.

– Esther Alegre Carvajal. Damas de la Casa Mendoza: Historias, leyendas y olvidos. Editorial Polifemo. 2014.

– Manuel Fernández Álvarez. La princesa de Éboli. Editorial Espasa. 2009.

Recursos electrónicos:

– Esther Alegre Carvajal El encuentro y la ruptura entre Teresa de Jesús y la Princesa de Éboli: ¿Una cuestión de enfrentamiento personal o un asunto de estrategia política? UNED

(http://www.ehumanista.ucsb.edu/volumes/volume_24/Regular/ehum24.alegre.pdf)

– Mujeres en la Historia: La princesa de Éboli http://www.rtve.es/alacarta/videos/mujeres-en-la-historia/mujeres-historia-princesa-eboli/513005/

– Web de Nacho Ares: princesadeeboli.com


[1]Corpus Documental de Carlos V, donde se recogen las Instrucciones dejadas por el Emperador a Tavera, firmadas en Madrid, a 10 de noviembre de 1539.

[2]El acta recogida en la obra de Gaspar Muro: Vida de la princesa de Éboli. Madrid 1887.

[3] Condesa de Zafra a doña Ana de Mendoza (Zafra, enero de 1558) dándole la enhorabuena por el parto de su hijo (AGS, P.R., leg. 92).

[4] Llega a cambiar su nombre original por este mientras emprende esta etapa mística, reflejado así en sus cartas, hasta que vuelva a firmar de nuevo, orgullosa, como la princesa doña Ana.

[5]Así mismo las cuenta el propio Julián de Ávila.

[6]Fray Gabriel.

[7]Sabiéndose esta fecha aproximada debido a la mención de la marcha de la princesa por Santa Teresa en una carta dirigida al padre Domingo Báñez en 1574, donde se muestra liberada de aquella pesadumbre del conflicto abierto. “La monja de la princesa Éboli era de llorar” Santa Teresa: Epistolario (Obras completas).

[8] Cit. por Marañón: Antonio Pérez. Ob. cit. pág 202

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